No es casual que en muchos de los países que tienen los mejores índices educativos y estándares Socioeconómicos en el mundo vean en la dirección escolar, no solo un elemento más de la institución, sino un detonante que tiene el potencial para generar un cambio estructural en todo el sistema educativo.
La dirección escolar como tal, a pesar de que en nuestro sistema educativo (que no en todos) aparece vinculado a la carrera docente, no significa que las competencias que se aprenden y ejercitan en la carrera de formación profesional, sirvan de alguna manera para el ejercicio de una dirección escolar, especialmente si se desea que se oriente hacia el aprendizaje.
Diferentes estudios internacionales, muestran que el liderazgo escolar representa hasta un 25 por ciento de la varianza del aprendizaje de los estudiantes de los centros escolares, por la implicación que tienen sus decisiones en el impulso de diferentes factores que motivan o dificultan el clima del aula, el cual es el principal factor de aprendizaje para cualquier Estudiante.
En este sentido, cuando alguien obtiene una plaza de dirección escolar, pareciera que, en automático, debería de conocer todas las respuestas acordes al desempeño de su función, sin embargo, valdría la pena preguntarnos cómo alguien que llega a dicha función podría conocer de herramientas de negociación, acompañamiento pedagógico, trabajo en equipo, liderazgo, finanzas, leyes, planificación, organización escolar entre muchas otra si no cuenta con los antecedentes de formación que le permitan obtener dichas competencias para el ejercicio de su puesto al interior del centro escolar.
Así, el ejercicio de la función directiva es un elemento no sólo crucial, como imprescindible a la hora de buscar general transformaciones reales en el sistema educativo, promover ambientes centrados en la educación y favorecer un clima organizacional que permita el crecimiento de un nuevo entorno centrado en el aprendizaje organizacional y por supuesto de sus estudiantes.
Se hace necesario pues, establecer no solamente buenas intenciones en la normatividad que establezcan buenas intenciones con respecto al ejercicio de la labor directiva, se trata de una formación profesional que exige un proceso de seguimiento, tutoría, reflexión, participación en conjunto, así como elementos en donde el Estado, tome la responsabilidad para la formación de uno de los actores de donde se desprende la posibilidad de entender la mejora continua de la educación en nuestro país.
El no actuar en consecuencia representa una grave irresponsabilidad para con el futuro de la educación de millones de futuros ciudadanos que pasarán por la escuela en los próximos años y desde donde deberán aprender el camino para convertirse en personas de bien para nuestra comunidad.
Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann
Doctor en Gerencia Pública y Política Social