“El poder simbólico es un poder invisible que solo puede ejercerse con la complicidad de quienes no quieren saber que lo padecen o incluso que lo ejercen.” – Pierre Bourdieu
La presentación de Bad Bunny en el medio tiempo del Super Bowl debe leerse como un acontecimiento cultural con densidad política y geopolítica, particularmente relevante en el contexto interno de Estados Unidos. No fue solo un espectáculo musical, sino una intervención simbólica en el ritual televisivo más poderoso del país, un espacio históricamente utilizado para reforzar una narrativa nacional homogénea. La centralidad del español, de códigos estéticos caribeños y de una identidad latina afirmada sin traducción ni concesiones desplazó el eje de “lo americano” hacia una pluralidad que ya no aparece como excepción, sino como rasgo constitutivo del presente estadounidense.
Este desplazamiento adquiere mayor relevancia al situarse en el marco de las elecciones de medio término de noviembre, con Donald Trump aún ocupando la presidencia. En ese escenario, el voto latino se consolida como variable estratégica para la definición del equilibrio legislativo. No se trata únicamente de un bloque demográfico, sino de un electorado cuya movilización está estrechamente ligada a la percepción de reconocimiento, dignidad y pertenencia. Cuando el mayor evento deportivo del país valida una narrativa latina en horario estelar, se produce un efecto de legitimación simbólica que, sin dictar preferencias partidistas, sí incide en la disposición a participar políticamente y a interpretar la contienda electoral como un asunto propio.
Desde la perspectiva de la geopolítica blanda, el evento opera como una señal de reposicionamiento. Estados Unidos proyecta hacia el exterior una imagen de apertura cultural capaz de integrar narrativas no anglocéntricas sin perder centralidad mediática, mientras que hacia el interior reordena jerarquías simbólicas en torno a lengua, identidad y poder cultural. Esta doble dirección es clave en un contexto de competencia global por influencia cultural y de tensiones internas por migración y diversidad. La cultura popular, en este caso, funciona como vector de soft power y como espejo de disputas domésticas que tienen implicaciones internacionales.
La lectura política se refuerza al considerar las expresiones previas del propio artista en espacios de alto impacto como los Premios Grammy, donde Bad Bunny había manifestado de forma explícita su postura frente a la política migratoria y la dignidad de las personas migrantes. Su consigna “Fuera ICE”, dirigida a U.S. Immigration and Customs Enforcement, no aparece como un gesto aislado, sino como parte de una narrativa coherente que conecta música, identidad y derechos. En términos de comunicación política, esta coherencia amplifica la credibilidad del mensaje entre audiencias que viven cotidianamente los efectos de dichas políticas y convierte al artista en un actor simbólico con capacidad de interpelación cívica.
La polarización que siguió al espectáculo no es un accidente, sino un indicador de impacto. Las reacciones encontradas —aplausos y rechazo— evidencian que el medio tiempo tocó fibras estructurales relacionadas con nación, idioma y futuro político. En un año electoral, esa polarización alimenta la conversación pública y contribuye a la movilización, al instalar temas identitarios en la agenda cotidiana. La cultura, así, no sustituye a la política institucional, pero sí prepara el terreno emocional y simbólico en el que se toman decisiones electorales.
En este sentido, la convergencia entre el medio tiempo del Super Bowl, el ciclo electoral de medio término y las declaraciones del artista en los Grammy configura un mismo arco analítico: la cultura de masas como actor político blando con efectos reales. La visibilidad de una identidad latina afirmada en el corazón del ritual deportivo estadounidense, en un momento de alta disputa política, reordena el marco de discusión sobre pertenencia y poder. No resuelve las tensiones de fondo, pero sí desplaza los términos del debate y evidencia que, en el Estados Unidos contemporáneo, la geopolítica interna se juega también en escenarios culturales capaces de influir, movilizar y redefinir el sentido de lo nacional. orque comprender la realidad es el primer paso para decidir con responsabilidad…














