«La educación se convierte en práctica de la libertad cuando permite leer críticamente la realidad.» Fuente: Freire, P. (1970). Pedagogía del oprimido.
El inicio de un ciclo escolar suele presentarse como una escena de esperanza: niñas, niños y adolescentes regresan a las aulas, las familias reorganizan sus rutinas, el magisterio prepara diagnósticos, planeaciones y materiales, y las autoridades anuncian calendarios, programas y prioridades. Sin embargo, detrás de esa imagen de normalidad persiste una pregunta incómoda: ¿en qué condiciones reales están recibiendo las escuelas públicas a sus estudiantes? La información difundida por el Instituto Mexicano para la Competitividad, con base en datos de la Secretaría de Educación Pública, permite abrir una discusión urgente: una parte significativa de los planteles de educación básica en México no cuenta con servicios, infraestructura ni equipamiento suficientes para garantizar una experiencia educativa digna, segura e incluyente.
De acuerdo con los datos retomados del análisis del IMCO y de las cifras oficiales de la SEP, solo 69.9% de las escuelas públicas de educación básica cuenta con agua potable; 80.3% tiene electricidad; 35.5% dispone de conexión a internet; 38.6% cuenta con computadora; 21.3% tiene infraestructura adaptada para discapacidad; 76.9% dispone de sanitarios independientes y 74.2% cuenta con lavado de manos. Visto desde la vida cotidiana escolar, esto significa que miles de comunidades educativas inician clases sin condiciones elementales de salud, seguridad, inclusión y aprendizaje.
La carencia de agua potable no puede reducirse a un dato de infraestructura. Una escuela sin agua enfrenta dificultades para sostener la higiene diaria, el lavado de manos, el uso adecuado de sanitarios, la prevención de enfermedades, la atención de emergencias y el bienestar básico de sus estudiantes. UNICEF ha señalado que las instalaciones de agua, saneamiento e higiene en las escuelas son indispensables para que niñas y niños permanezcan hidratados, saludables y en condiciones de asistir y aprender. Además, estos servicios deben ser accesibles para estudiantes con discapacidad y responder a necesidades específicas como la higiene menstrual. Por ello, una escuela sin agua no es solo una escuela incompleta: es una escuela donde el derecho a la educación se realiza de manera limitada.
Algo similar ocurre con la electricidad y la conectividad. Sin energía eléctrica, las escuelas reducen sus posibilidades de iluminación, ventilación, uso de equipos, refrigeración de alimentos, seguridad y funcionamiento administrativo. Sin internet ni computadoras, se profundiza la brecha digital y se limita el acceso a recursos, plataformas, formación docente, búsqueda de información y experiencias de aprendizaje acordes con el mundo actual. La UNESCO ha advertido que las condiciones escolares, como electricidad, agua, sanitarios, internet y computadoras, revelan desigualdades profundas y forman parte del contexto que explica la crisis global de aprendizajes. En este sentido, hablar de infraestructura es también hablar de justicia curricular, inclusión digital y equidad educativa.
El problema adquiere mayor gravedad cuando se observa la situación de estudiantes con discapacidad. Si la mayoría de las escuelas carece de materiales adaptados y de infraestructura accesible, la inclusión queda atrapada entre la intención normativa y la realidad material. No basta con afirmar que todas y todos tienen derecho a estar en la escuela; es necesario que puedan entrar, desplazarse, usar los sanitarios, acceder a los materiales, participar en las actividades y aprender en condiciones razonables. La inclusión educativa requiere prácticas pedagógicas, pero también rampas, baños accesibles, señalética, mobiliario, apoyos específicos y materiales adecuados. Sin esos elementos, el sistema puede matricular, pero no necesariamente incluir.
La propia planeación federal reconoce esta problemática. El Proyecto del Programa Sectorial de Educación 2025-2030 establece como objetivo mejorar los entornos escolares mediante construcción, equipamiento, restauración, reforzamiento y rehabilitación de infraestructura educativa. En sus indicadores para educación básica pública, fija como línea base 2023-2024 que 81.6% de las escuelas cuenta con agua potable, 94.4% con electricidad y 38.6% con internet; sus metas para 2030-2031 son 84.1%, 97.3% y 46.9%, respectivamente.
Una política pública orientada a resolver esta problemática tendría que partir de un principio claro: ningún proyecto pedagógico puede sostenerse plenamente si la escuela no cuenta con condiciones materiales mínimas. Antes de exigir innovación, transformación curricular, uso de tecnologías o mejora de resultados, el Estado debe asegurar un piso común de dignidad escolar. Ese piso debería incluir agua potable, sanitarios funcionales y separados, lavamanos, electricidad segura, mobiliario suficiente, espacios accesibles, conectividad, equipamiento tecnológico básico y mantenimiento preventivo. No como aspiración discursiva, sino como estándar exigible, medible y público.
La primera línea de política tendría que ser un diagnóstico nacional escuela por escuela. Los porcentajes nacionales ayudan a dimensionar el problema, pero no resuelven la gestión. Se necesita información pública, actualizada y territorializada que permita saber qué le falta a cada plantel, cuál es su nivel de urgencia, qué autoridad debe intervenir, cuánto cuesta la solución y en qué plazo se atenderá. Sin un mapa preciso, la política se vuelve reactiva, fragmentada y dependiente de presiones locales.
La segunda línea debe ser presupuestal. La infraestructura escolar requiere inversión sostenida, no acciones ocasionales. Hay escuelas que necesitan obra mayor, pero muchas requieren mantenimiento preventivo: bombas de agua, tinacos, cableado, techumbres, drenaje, pintura, sanitarios, puertas, ventanas, conexión eléctrica, equipos y conectividad. Si el presupuesto no contempla mantenimiento regular, la infraestructura se deteriora y las comunidades escolares vuelven cada año al mismo punto de emergencia.
La tercera línea debe ser de equidad territorial. No todas las escuelas necesitan lo mismo ni enfrentan las mismas condiciones. Las escuelas rurales, indígenas, comunitarias, multigrado y ubicadas en zonas de alta marginación suelen acumular más rezagos. Por ello, la distribución de recursos debe considerar criterios de justicia: atender primero a quienes tienen menos, no solo a quienes tienen mayor visibilidad política o mayor capacidad de gestión.
La cuarta línea debe vincular infraestructura con aprendizaje. La escuela no necesita internet solo para “estar conectada”, sino para enseñar mejor, acceder a materiales, formar docentes, fortalecer proyectos y reducir brechas digitales. Tampoco necesita agua solo para cumplir una norma, sino para cuidar la salud, la permanencia y la dignidad. La política pública debe dejar de tratar estos elementos como asuntos separados y reconocerlos como condiciones integrales del derecho a aprender.
El inicio de clases debería ser una oportunidad para mirar de frente esta deuda. La escuela pública mexicana sostiene todos los días una tarea enorme: formar, cuidar, incluir, acompañar y abrir oportunidades. Pero no puede pedírsele que compense indefinidamente carencias estructurales con voluntad docente, liderazgo directivo y cooperación familiar. Las comunidades escolares hacen mucho; la política pública debe hacer lo que le corresponde. Garantizar lo básico no resolverá por sí solo todos los problemas educativos, pero sin lo básico ninguna transformación será plenamente justa, sostenible ni verdadera. Porque la educación es el camino…














