La palabra también dirige

En el corazón de la escuela, las palabras no solo informan: transforman. Quien dirige un centro escolar no se limita a hablar, emite señales, convoca sentidos, habilita climas o fractura vínculos. Como lo afirmara Paulo Freire en 1970, en educación la palabra no es un simple instrumento; es acto en sí misma: convoca, cuida, hiere, construye o destruye, según cómo y para qué se utilice.

En la función directiva, cada conversación, intervención o indicación puede convertirse en puente o en muro. El modo en que un directivo comunica no es accesorio, es central. Hablar desde la escucha, desde el reconocimiento del otro, desde la conciencia del momento y del mensaje, permite sostener comunidades escolares que valoran el diálogo y la construcción compartida.

Esto se vuelve aún más relevante cuando el liderazgo se ejerce en contextos de tensión, incertidumbre o conflicto. La palabra, entonces, se vuelve herramienta de cuidado, de serenidad y de sentido. Decir bien —con oportunidad, claridad y empatía— es también liderar con responsabilidad.

Para quienes asumen la responsabilidad de dirigir escuelas, es indispensable comprender que el tono, el momento, la intención y la coherencia de lo que se dice son parte del tejido invisible que sostiene o desestabiliza la cultura escolar. Las palabras dejan huella: en el aula, en las reuniones, en los pasillos y en las decisiones.

Si queremos fortalecer comunidades escolares capaces de reflexionar, de aprender y de avanzar juntas, es fundamental poner atención al poder de la palabra, no solo como medio, sino como reflejo de nuestro compromiso con el aprendizaje, el cuidado y la transformación colectiva.

¿Quieres profundizar en estos y otros temas clave para ejercer una dirección más humana y transformadora?
Visita 👉 https://manuelnavarrow.com y suscríbete para recibir contenido exclusivo.

Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann
@todos @destacar @seguidores @destacar
#manuelnavarrow #formacióndirectiva #mejoraescolar #CADE #trabajoenequipo #liderazgohumano #comunicacióndirectiva #climaescolarpositivo #palabraconpropósito #educacióntransformadora

Comprender los problemas para transformarlos desde la función directiva escolar

En la vida cotidiana de las escuelas, muchos de los desafíos que enfrentan quienes asumen la función directiva no aparecen de manera aislada ni espontánea. Suelen repetirse, adoptar nuevas formas o reaparecer aun después de haber tomado decisiones previas. Por ello, resulta fundamental desarrollar una mirada que permita ir más allá de los síntomas visibles y profundizar en las razones de fondo que explican lo que ocurre en la organización escolar.

Cuando la persona directiva se detiene a analizar con calma una situación, evita respuestas impulsivas y se orienta a comprender por qué se producen ciertos conflictos, retrasos, tensiones o desacuerdos, se fortalece el trabajo directivo y se generan condiciones más favorables para la mejora del clima escolar. Este enfoque implica escuchar al equipo de trabajo, recuperar información concreta, dialogar con los compañeros de trabajo involucrados y reconstruir los procesos que dieron origen al problema, en lugar de buscar responsables individuales.

Explorar las causas profundas permite identificar aspectos relacionados con la comunicación, la organización de tareas, la claridad de acuerdos, los tiempos, los recursos disponibles o el entorno institucional. Este ejercicio, realizado de manera colectiva, favorece la mejora en el trabajo colaborativo, ya que todas las voces aportan perspectivas valiosas y se construyen soluciones compartidas. Así, el equipo se reconoce como parte activa del proceso de transformación y no solo como receptor de decisiones.

Para quienes ejercen la función directiva, esta forma de abordar los problemas se traduce en aprendizajes relevantes: se fortalece la toma de decisiones con mayor sentido pedagógico, se promueve un ambiente de confianza y se envía un mensaje claro de que los errores pueden convertirse en oportunidades de aprendizaje institucional. Cuando el diálogo sustituye al juicio apresurado y la reflexión sustituye a la reacción inmediata, se construyen relaciones laborales más sanas y respetuosas.

El impacto de esta manera de actuar no se limita al equipo adulto de la escuela. Un clima escolar más armónico, basado en la comprensión y la corresponsabilidad, se refleja directamente en el ambiente de aprendizaje de las niñas, niños y adolescentes. La coherencia, la claridad y el trato justo que emanan de la función directiva se convierten en referentes cotidianos que modelan prácticas, actitudes y formas de convivencia dentro de la comunidad escolar.

Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann

Si te interesa seguir reflexionando sobre la función directiva y fortalecer tu práctica cotidiana, te invito a suscribirte a mi blog en: https://manuelnavarrow.com

@todos @destacar @seguidores
#manuelnavarrow #formaciondirectiva #mejoraescolar #liderazgoeducativo #climaescolar #direccionescolar #trabajocolaborativo #aprendizajeinstitucional

La evaluación formativa: el trabajo invisible que fortalece el aprendizaje en nuestras escuelas.

“La evaluación formativa no es un tipo de evaluación, sino el uso de la evidencia sobre el aprendizaje para adaptar la enseñanza a las necesidades del estudiante.” – Dylan Wiliam

Cuando la sociedad observa el funcionamiento de una escuela, suele concentrarse en aquello que es más evidente: la clase en marcha, el grupo trabajando, la tarea que se envía a casa o la calificación que aparece en una boleta. Sin embargo, detrás de cada jornada escolar existe un proceso sistemático de análisis, reflexión y toma de decisiones pedagógicas que rara vez se percibe desde fuera. La quinta sesión del Consejo Técnico Escolar del mes de febrero es una muestra clara de ese trabajo profesional que, aunque no siempre es visible, resulta decisivo para el aprendizaje de niñas, niños y adolescentes.

En estos espacios de trabajo colegiado, directivos y docentes analizan con profundidad cómo están aprendiendo sus estudiantes. La evaluación formativa, eje central de la sesión, no se entiende como un momento final para asignar una nota, sino como un proceso permanente que acompaña el aprendizaje desde su inicio hasta su consolidación. Evaluar formativamente implica observar no solo qué sabe el estudiante, sino cómo construye ese conocimiento, cómo lo aplica, cómo dialoga con sus pares y cómo avanza a su propio ritmo. Este enfoque reconoce que aprender es un proceso dinámico, situado y diverso, y que cada estudiante requiere acompañamiento diferenciado.

Uno de los aspectos fundamentales de la evaluación formativa es la centralidad del estudiante. Esto significa que la enseñanza y la valoración del aprendizaje se organizan considerando sus necesidades, intereses, contextos y formas particulares de aprender. No se trata de medir a todos con el mismo parámetro rígido, sino de generar información que permita al docente ajustar su intervención pedagógica y ofrecer apoyos pertinentes. Desde esta perspectiva, la evaluación deja de ser un mecanismo de clasificación y se convierte en una herramienta para garantizar el derecho a aprender.

Otro elemento esencial es la retroalimentación oportuna, clara y constructiva. En el marco de la evaluación formativa, no basta con registrar avances o dificultades; es indispensable dialogar con el estudiante y ofrecer orientaciones concretas sobre lo que ha logrado y los pasos que puede dar para mejorar. Esta retroalimentación fortalece la confianza, mantiene la motivación y construye un puente entre lo alcanzado y lo que aún está por lograrse. Se trata de una comunicación pedagógica que orienta, acompaña y evita que el error sea visto como fracaso definitivo, entendiéndolo más bien como oportunidad de aprendizaje.

La evaluación formativa también se sustenta en los principios de inclusión y equidad. Reconoce que los grupos escolares son heterogéneos y que las condiciones sociales, culturales y personales influyen en los procesos de aprendizaje. Por ello, el colectivo docente revisa instrumentos y estrategias que permitan valorar los aprendizajes desde distintos ángulos: observaciones de desempeño, portafolios, rúbricas, registros anecdóticos y conversaciones pedagógicas. Esta diversidad de herramientas permite que cada estudiante tenga oportunidades reales de mostrar lo que sabe y puede hacer.

Otro aspecto clave es su estrecha articulación con el currículo y la planeación didáctica. Evaluar formativamente no es una actividad aislada que ocurre al final del proceso, sino parte de un ciclo continuo: se planifica, se implementa, se observa, se analiza, se retroalimenta y se ajusta. En las sesiones del Consejo Técnico Escolar se revisa precisamente esa coherencia entre lo que se propone enseñar y la forma en que se valora el aprendizaje. Este análisis permite que la evaluación esté alineada con los contenidos y procesos de desarrollo establecidos en el Plan de Estudio 2022 y que responda a los propósitos formativos de cada fase educativa.

Un elemento adicional, profundamente relevante, es la participación activa del estudiante a través de la autoevaluación y la coevaluación. Cuando el alumnado reflexiona sobre su propio desempeño y valora el trabajo de sus compañeros, desarrolla metacognición, responsabilidad y autonomía. La evaluación deja entonces de ser un acto unilateral y se convierte en una experiencia compartida que fortalece el aprendizaje colaborativo y la conciencia sobre el propio proceso formativo.

Todo este trabajo se desarrolla, en buena medida, en momentos en los que no hay clases frente a grupo. Sin embargo, lejos de representar una pausa en la labor educativa, estos espacios constituyen instancias estratégicas de mejora continua. En ellos se analizan evidencias, se identifican desafíos, se comparten experiencias exitosas y se construyen acuerdos institucionales. Son procesos que exigen profesionalismo, preparación y compromiso ético por parte del personal directivo y docente.

Comprender la importancia de estas acciones permite dimensionar que la educación es mucho más que el tiempo visible en el aula. La evaluación formativa, con sus principios de centralidad del estudiante, retroalimentación constructiva, inclusión, coherencia curricular y participación activa, es uno de los pilares que sostienen la calidad del aprendizaje. Reconocer este esfuerzo es reconocer que, detrás de cada avance de una niña, niño o adolescente, existe un trabajo reflexivo y constante que busca no solo enseñar contenidos, sino formar personas capaces de aprender a lo largo de la vida. Porque la educación es el camino…

Prácticas personales que fortalecen la mente directiva en la escuela

La función directiva en los centros escolares no se sostiene únicamente en el conocimiento normativo o en la experiencia acumulada; descansa, en gran medida, en la fortaleza mental, emocional y reflexiva de quien la ejerce. Las prácticas personales que estimulan la atención, la concentración, la creatividad y la capacidad de análisis tienen un impacto directo en la forma en que se toman decisiones, se acompaña al equipo de trabajo y se construyen ambientes escolares más serenos y propicios para el aprendizaje.

Cuando una directora o un director cultiva actividades que favorecen el pensamiento estratégico, la escucha atenta, la expresión clara de ideas y la curiosidad intelectual, se generan condiciones internas que luego se reflejan en la vida cotidiana de la escuela. La calma ante situaciones complejas, la disposición para comprender distintos puntos de vista, la capacidad para resolver tensiones de manera pacífica y la apertura para aprender de manera permanente no surgen de manera espontánea; se desarrollan a partir de hábitos personales sostenidos en el tiempo.

Estas prácticas fortalecen el trabajo directivo porque permiten regular emociones, ordenar prioridades y mantener una mirada amplia frente a los retos escolares. A su vez, impactan en la relación con los compañeros de trabajo, favoreciendo la confianza, el respeto mutuo y la colaboración cotidiana. Un liderazgo que piensa con claridad, que escucha antes de responder y que se muestra dispuesto a aprender transmite seguridad y coherencia, elementos clave para la mejora del clima escolar y la mejora del clima de aprendizaje de niñas, niños y adolescentes.

Cuidar la mente y el desarrollo personal no es un asunto accesorio en la dirección escolar; es una responsabilidad profesional. Una persona directiva que se mantiene intelectualmente activa y emocionalmente equilibrada tiene mayores posibilidades de acompañar procesos, sostener al equipo de trabajo en momentos de tensión y promover una cultura escolar basada en el respeto, el diálogo y la mejora continua.

Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann

Si te interesa profundizar en estos temas y seguir reflexionando sobre la función directiva en la escuela, te invito a suscribirte a mi blog en:
https://manuelnavarrow.com y suscríbete.

@todos @destacar @seguidores
#manuelnavarrow #formaciondirectiva #mejoraescolar #liderazgoeducativo #direccionescolar #climaescolar #aprendizaje #desarrollopersonal #educacion

El rostro del aprendizaje es el espejo del liderazgo escolar

En el ejercicio directivo, muchas veces se piensa que el impacto se mide por indicadores, documentos entregados a tiempo o tareas cumplidas en lo administrativo. Sin embargo, como bien señala Weinstein (2011), el impacto real no se encuentra en los trámites o en las oficinas, sino en los rostros de quienes aprenden. Es ahí, en las aulas, donde verdaderamente se manifiesta la huella del liderazgo escolar.

La labor del directivo no termina en coordinar acciones, sino que se proyecta en el aula a través del acompañamiento docente, de la creación de un clima de respeto, escucha y reflexión compartida. La confianza que niños y niñas desarrollan para seguir aprendiendo está estrechamente vinculada con la cultura institucional que la dirección escolar es capaz de impulsar.

Cuando una comunidad escolar sabe que cuenta con un liderazgo comprometido con el bienestar colectivo, con el fortalecimiento de las relaciones profesionales y con el acompañamiento pedagógico cotidiano, entonces florecen ambientes en donde el aprendizaje no es impuesto, sino alentado. La confianza para aprender se construye, se contagia, se celebra, y eso también es liderar.

Quienes ejercen la función directiva tienen la posibilidad de sembrar confianza a través de su mirada, su escucha, su ejemplo. Y lo más poderoso es que esa siembra no necesita discursos grandilocuentes, sino decisiones cotidianas coherentes y humanas.

¿Quieres seguir explorando cómo ejercer un liderazgo que impacte directamente en el aula y en el aprendizaje de tus estudiantes?
Visita 👉 https://manuelnavarrow.com y suscríbete para acceder a contenido exclusivo y gratuito.

Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann
@todos @destacar @seguidores @destacar
#manuelnavarrow #formacióndirectiva #mejoraescolar #CADE #trabajoenequipo #liderazgoconimpacto #confianzayaprendizaje #liderazgohumano #directivoseducativos #climaescolarpositivo

Habilidades personales que sostienen y dignifican la función directiva escolar

Ejercer la función directiva en la escuela implica mucho más que coordinar tareas o atender asuntos administrativos. Supone una forma de estar y de relacionarse con las personas que conforman la comunidad educativa. En ese marco, ciertas habilidades personales se convierten en un soporte permanente del trabajo directivo, porque permiten afrontar la presión cotidiana, tomar decisiones con serenidad y construir vínculos sólidos con los compañeros de trabajo. Mantener la calma en momentos de tensión, saber pedir apoyo cuando es necesario y cultivar una actitud optimista no son rasgos accesorios; son prácticas que inciden directamente en la mejora del clima escolar y en la manera en que se viven los procesos al interior de la escuela.

La función directiva también se fortalece cuando se aprende a escuchar para comprender y no solo para responder, cuando se expresan ideas con claridad y respeto, y cuando se actúa con empatía ante las situaciones personales y profesionales de quienes integran el equipo de trabajo. Estas habilidades favorecen la mejora en el trabajo colaborativo, reducen conflictos innecesarios y abren espacios de diálogo que impactan positivamente en el ambiente laboral. De igual manera, establecer límites claros, resolver desacuerdos de manera pacífica y actuar con decisión frente a los retos cotidianos contribuye al fortalecimiento del trabajo directivo y a la construcción de relaciones laborales más sanas y confiables.

En el contexto escolar, estas capacidades no se agotan en el ámbito de los adultos. Su efecto se proyecta directamente en el aula y en la vida escolar de las niñas, niños y adolescentes. Un equipo directivo que se comunica con claridad, que regula sus emociones y que aprende de manera continua, genera condiciones más favorables para la mejora del clima de aprendizaje. Las decisiones se vuelven más comprensibles, las acciones más coherentes y los vínculos más humanos. Así, la escuela se convierte en un espacio donde el ejemplo cotidiano enseña tanto como los contenidos formales.

Asumir la función directiva con esta mirada implica reconocer que el desarrollo personal es inseparable del rol profesional. Aprender de manera constante, adaptarse a los cambios y reflexionar sobre la propia práctica no solo beneficia a quien dirige, sino que impacta en toda la comunidad escolar. En ese sentido, estas habilidades acompañan a lo largo del tiempo, sostienen la tarea directiva y ayudan a construir escuelas más justas, colaborativas y centradas en las personas.

Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann

Si te interesa seguir reflexionando sobre estos temas y fortalecer tu práctica directiva, te invito a suscribirte a mi blog en: https://manuelnavarrow.com

@todos @destacar @seguidores
#manuelnavarrow #formaciondirectiva #mejoraescolar #liderazgoeducativo #climaescolar #trabajocolaborativo #direccionescolar

La humildad reflexiva: clave del liderazgo pedagógico

En los entornos escolares, donde cada día se enfrentan desafíos humanos, pedagógicos y organizativos, el liderazgo que verdaderamente transforma no es el que impone, sino el que inspira. Hargreaves (2003) nos recuerda que el liderazgo pedagógico auténtico nace de la humildad, de esa capacidad de reconocer que ninguna mejora significativa ocurre sin reflexión, sin detenerse a mirar con honestidad el propio quehacer, sin escuchar a las y los otros con apertura, y sin compartir esa mirada con el equipo.

Este tipo de liderazgo no busca tener todas las respuestas, sino formular las preguntas correctas junto con su comunidad educativa. Parte del reconocimiento de que cada paso hacia la mejora comienza por una introspección crítica y colectiva. De ahí que sea tan importante que quienes ejercen la función directiva generen espacios reales de análisis, de conversación pedagógica, de escucha activa, donde el trabajo con los equipos no sea solo operativo, sino profundamente formativo.

Reflexionar en colectivo fortalece el trabajo directivo, mejora el clima escolar, construye confianza y favorece mejores relaciones laborales. Pero, sobre todo, genera condiciones más humanas y propicias para el aprendizaje de las niñas, niños y adolescentes. Porque cuando la humildad se convierte en brújula, y la reflexión en hábito compartido, la escuela se transforma desde su raíz: en su cultura.

Un liderazgo que piensa, siente, escucha y aprende junto con su equipo es un liderazgo que educa no solo con palabras, sino con el ejemplo.

¿Te interesa seguir profundizando en el liderazgo pedagógico desde una visión humana, ética y transformadora?
Te invito a visitar 👉 https://manuelnavarrow.com y suscribirte para acceder a contenido exclusivo.

Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann
@todos @destacar @seguidores @destacar
#manuelnavarrow #formacióndirectiva #mejoraescolar #CADE #trabajoenequipo #liderazgopedagógico #reflexióncolectiva #climaescolar #liderazgoconhumildad #escuelasqueinspiran

Hábitos cotidianos que fortalecen la función directiva en la escuela

La función directiva escolar se construye día a día a través de acciones y decisiones que, aunque a veces parecen pequeñas, tienen un impacto profundo en la vida institucional. Quienes asumen esta responsabilidad no solo coordinan tareas, sino que influyen de manera directa en la manera en que las personas se relacionan, dialogan, colaboran y enfrentan los retos cotidianos. En este sentido, ciertos hábitos personales y profesionales se convierten en señales claras de una conducción sólida, serena y orientada al bien común.

Uno de los rasgos más relevantes es la capacidad de aportar calma en momentos de tensión. La actitud del directivo regula el ambiente y envía mensajes claros al equipo de trabajo sobre cómo enfrentar las dificultades sin recurrir al conflicto innecesario. Escuchar con atención, hablar con intención y elegir el momento oportuno para intervenir favorece la comprensión de los problemas desde su raíz y no solo desde la superficie. Preguntar, dejar hablar y decidir después permite construir acuerdos más sólidos y un clima escolar basado en la confianza.

También resulta fundamental orientar, acompañar y dar sentido, más que imponer. Cuando la función directiva se ejerce desde la cercanía, se vuelve accesible incluso en medio de agendas cargadas. Esto fortalece el trabajo colaborativo, ya que las y los compañeros de trabajo saben que pueden acercarse, ser escuchados y encontrar apoyo. La coherencia entre lo que se dice y lo que se hace refuerza la credibilidad y promueve relaciones laborales más sanas.

Otro aspecto clave es la forma en que se toman decisiones complejas. Actuar con claridad, asumir responsabilidades y explicar el porqué de las determinaciones contribuye a un ambiente de respeto mutuo. Asimismo, cuestionar prácticas arraigadas cuando ya no responden a las necesidades actuales abre la puerta a procesos de mejora continua y aprendizaje institucional. La capacidad de responder con mesura, en lugar de reaccionar impulsivamente, demuestra madurez emocional y cuidado del clima de aprendizaje.

Cuando cada interacción se convierte en una oportunidad para reconocer, orientar y dar sentido al trabajo colectivo, la escuela se transforma en un espacio más humano. Esto impacta directamente en la mejora del clima escolar y, en consecuencia, en mejores condiciones para el aprendizaje de las niñas, niños y adolescentes. La función directiva, entendida de esta manera, no se limita a coordinar, sino que inspira, conecta y construye comunidad educativa.

Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann

Si te interesa profundizar en estos temas y acceder a contenidos pensados para fortalecer la función directiva escolar, visita https://manuelnavarrow.com y suscríbete.

@todos @destacar @seguidores
#manuelnavarrow #formaciondirectiva #mejoraescolar #direccionescolar #liderazgoeducativo #climaescolar #aprendizaje #trabajocolaborativo

El revés judicial a los aranceles de Trump y la disputa por el orden económico del siglo XXI

“El orden económico internacional liberal nunca fue automático ni irreversible; dependía de decisiones políticas y de equilibrios de poder.”— G. John Ikenberry, After Victory (2001).

La decisión de la Corte Suprema de Estados Unidos de frenar la aplicación unilateral de aranceles generales bajo la Ley de Poderes Económicos de Emergencia Internacional (IEEPA) no es un episodio aislado ni un simple litigio técnico. Es la expresión visible de una tensión estructural que recorre la política estadounidense desde hace casi una década: la disputa entre el poder ejecutivo y los límites institucionales en materia de comercio exterior, en un contexto donde la política comercial se ha convertido en herramienta de presión geopolítica. El fallo no sólo cuestiona la legalidad del mecanismo utilizado para imponer gravámenes amplios, sino que reabre el debate sobre quién define la política comercial en la mayor economía del mundo y bajo qué reglas.

Para entender la magnitud del momento es necesario retroceder a la primera oleada arancelaria de la administración Trump en 2017-2020, cuando la invocación de la “seguridad nacional” —a través de la Sección 232— y posteriormente la utilización expansiva de la IEEPA marcaron un giro respecto del consenso liberalizador que había predominado desde la posguerra. El argumento central fue que el déficit comercial y la dependencia manufacturera constituían amenazas estratégicas. La política arancelaria dejó de ser un instrumento técnico de ajuste y se convirtió en un componente identitario del proyecto político: protección como sinónimo de soberanía.

Sin embargo, la arquitectura constitucional estadounidense reserva al Congreso la facultad de regular el comercio exterior. A lo largo del siglo XX, el Legislativo delegó parcialmente esa atribución al Ejecutivo mediante leyes marco, bajo el entendido de que la flexibilidad era necesaria en un entorno global dinámico. La controversia actual surge cuando esa delegación es interpretada de manera amplia para justificar gravámenes generalizados, no dirigidos a países específicos ni vinculados a emergencias definidas, sino aplicados como política económica estructural. La Corte, al acotar esa interpretación, no sólo invalida un instrumento; redefine el alcance del poder presidencial en comercio internacional.

En términos sencillos, lo que está en juego es si el presidente puede imponer impuestos a las importaciones por decisión propia, amparándose en una emergencia económica, o si requiere respaldo legislativo explícito. La respuesta judicial inclina la balanza hacia el segundo supuesto. No obstante, la reacción de la Casa Blanca —anunciar un arancel del 10% por 150 días bajo otra disposición legal— revela que la disputa no termina con el fallo. Más bien se desplaza hacia otros fundamentos jurídicos, en una carrera contra el tiempo político.

El calendario es determinante. Con meses por delante antes de las elecciones legislativas y con un horizonte de gobierno que se acorta, la política arancelaria se convierte en herramienta de negociación interna y externa. Internamente, busca consolidar una base electoral que percibe la globalización como un factor de pérdida industrial. Externamente, funciona como mensaje de firmeza frente a socios y competidores. Pero la capacidad de sostener medidas amplias sin el aval del Congreso queda debilitada. La Corte introduce incertidumbre en la continuidad de una estrategia comercial basada en decisiones ejecutivas rápidas.

En el plano internacional, el fallo incide en el nuevo orden global en construcción. La tendencia dominante de los últimos años ha sido la fragmentación comercial: regionalización de cadenas de valor, relocalización productiva, subsidios estratégicos y uso de aranceles como instrumento de poder. Estados Unidos, China y la Unión Europea compiten por definir estándares tecnológicos y marcos regulatorios. En ese escenario, un límite judicial a la política arancelaria estadounidense puede interpretarse como un retorno parcial al institucionalismo liberal o, al menos, como una señal de que la política comercial no puede desligarse de los contrapesos internos.

Para México, el efecto es ambivalente. Por un lado, el freno a aranceles generales ofrece un respiro y refuerza la certidumbre jurídica del comercio trilateral bajo el T-MEC. Cerca del 80% de las exportaciones mexicanas tienen como destino Estados Unidos; la estabilidad normativa es un activo estratégico. Por otro lado, el anuncio de nuevos gravámenes temporales bajo otras secciones legales confirma que la volatilidad persiste. La política comercial estadounidense seguirá siendo un campo de experimentación jurídica y política.

La mención de posibles tratados bilaterales, en el contexto de una Canadá que explora activamente otros mercados y acuerdos paralelos, añade complejidad. Si la integración norteamericana deja de ser percibida como bloque cohesionado, el T-MEC podría enfrentar presiones de reinterpretación o renegociación. La lógica trilateral —que ha permitido a la región competir como plataforma integrada frente a Asia— podría fragmentarse en esquemas más flexibles, donde cada socio busque maximizar su margen de maniobra. Para México, esto implicaría recalibrar su estrategia: diversificar exportaciones sin debilitar el anclaje norteamericano.

En términos geopolíticos, la disputa arancelaria también dialoga con la rivalidad estructural entre Estados Unidos y China. Las restricciones comerciales no son sólo instrumentos económicos; son piezas de una arquitectura de poder que incluye tecnología, seguridad energética y control de cadenas críticas. Si la capacidad del Ejecutivo estadounidense para imponer aranceles amplios se ve acotada, la competencia estratégica podría desplazarse hacia subsidios industriales, controles de exportación y alianzas sectoriales. El comercio deja de ser exclusivamente comercio; se convierte en política industrial y seguridad nacional.

El fallo judicial, entonces, no elimina la lógica proteccionista; la reencuadra. Limita la vía rápida, pero no suprime la voluntad política. Para México, el desafío no es únicamente reaccionar a cada anuncio arancelario, sino anticipar escenarios: ¿qué ocurre si la revisión del T-MEC se contamina con debates internos estadounidenses? ¿Qué pasa si la presión electoral en Estados Unidos incentiva medidas comerciales simbólicas de corto plazo? ¿Está preparada la región para sostener una integración basada en reglas claras o se encamina hacia una negociación permanente?

En el futuro inmediato, la estabilidad dependerá menos de declaraciones y más de la arquitectura institucional. Si el Congreso asume un rol más activo en comercio exterior, podría generarse mayor previsibilidad. Si, por el contrario, la política comercial continúa siendo terreno de confrontación ejecutiva-judicial, la incertidumbre será la norma. Para México y Canadá, la lección es clara: fortalecer la competitividad interna, diversificar mercados y, al mismo tiempo, defender la integridad del acuerdo trilateral.

La geopolítica global atraviesa una fase de transición donde los instrumentos económicos se utilizan como armas estratégicas. El revés judicial a los aranceles de Trump es un episodio dentro de esa transformación mayor. Nos obliga a preguntarnos si asistimos a un ajuste temporal o al inicio de una redefinición más profunda del poder presidencial en materia comercial. ¿Puede Estados Unidos sostener liderazgo global con una política comercial sujeta a vaivenes internos? ¿Qué margen real tienen sus socios para planificar a mediano plazo? ¿Estamos ante el preludio de una regionalización más pragmática o frente a una etapa de fragmentación creciente?

Responder a estas interrogantes exige mirar más allá del titular. Lo ocurrido no es sólo un conflicto legal; es un síntoma de la disputa por el modelo económico del siglo XXI. Y en esa disputa, México no es espectador, sino actor cuyo futuro inmediato depende de la capacidad para leer con claridad las señales de un orden global que aún no termina de definirse. Porque comprender la realidad es el primer paso para decidir con responsabilidad…

La planeación escolar como práctica viva de reflexión colectiva

Cuando hablamos de planeación institucional en las escuelas, con frecuencia se le reduce a un documento técnico que debe cumplirse, entregarse y archivarse. Sin embargo, como bien lo plantea Carbonell (2001), el verdadero valor de la planeación no reside en el producto final, sino en el proceso que la hace posible: un ejercicio profundo de reflexión compartida, con base en la realidad, los sueños y las necesidades de quienes integran la comunidad educativa.

Para quienes ejercen la función directiva, esto es una invitación a cambiar el paradigma. Planear no es llenar formatos ni responder a lineamientos de forma mecánica. Es propiciar espacios de escucha, de análisis, de diálogo y de toma de decisiones compartidas que generen sentido colectivo. Es permitir que el equipo docente participe con voz propia, que el personal de apoyo se involucre desde su experiencia, y que la visión del centro escolar se construya desde una lógica de colaboración y compromiso auténtico.

Este proceso fortalece el trabajo del equipo directivo al articular propósitos comunes, mejora el clima escolar al disminuir tensiones y promover acuerdos claros, y genera mejores relaciones entre las y los actores escolares. Como consecuencia natural, se crean condiciones más propicias para el aprendizaje de niñas, niños y adolescentes, quienes se desarrollan mejor en un entorno donde se respira coherencia, respeto y dirección con sentido humano.

En tiempos donde la inmediatez y las tareas urgentes saturan la agenda, detenernos a reflexionar en colectivo sobre el rumbo que queremos construir es un acto profundamente transformador. Porque cuando la planeación nace de la comunidad escolar y vuelve a ella, se convierte en una brújula poderosa, no solo para cumplir metas, sino para caminar con propósito.

¿Quieres seguir explorando cómo fortalecer tu liderazgo con una visión humana, pedagógica y transformadora?
Visita 👉 https://manuelnavarrow.com y suscríbete para recibir contenido exclusivo.

Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann
@todos @destacar @seguidores @destacar
#manuelnavarrow #formacióndirectiva #mejoraescolar #CADE #trabajoenequipo #liderazgohumano #planeacióncolectiva #comunidadesdeaprendizaje #reflexiónpedagógica #direcciónescolar

Fiscalizar para gobernar. La evaluación del gasto público como piedra angular del Estado de derecho

Cada año en México se anuncian obras con primeras piedras simbólicas, se cortan listones con discursos solemnes y se difunden cifras multimillonarias como prueba del compromiso gubernamental con el desarrollo. Sin embargo, la verdadera prueba de fuego del poder público no está en la ceremonia inaugural sino en la revisión posterior de cómo, en qué y con qué resultados se ejercieron los recursos. El más reciente informe de la Auditoría Superior de la Federación correspondiente a la fiscalización de la Cuenta Pública 2024, dado a conocer en febrero de 2026, vuelve a recordarnos que la política pública no se mide por la espectacularidad del anuncio, sino por la solidez de la comprobación.

Los datos son contundentes. En el universo del gasto federalizado programable auditado, se identificaron 59,363.7 millones de pesos por aclarar, de los cuales 59.5% se concentró en gobiernos municipales. En términos prácticos, aproximadamente seis de cada diez pesos observados correspondieron al ámbito municipal. La cifra no es menor ni anecdótica: revela un patrón estructural de debilidad administrativa en el nivel de gobierno más cercano a la ciudadanía. La ASF documentó que una proporción significativa de estos montos no acreditados obedece a falta de documentación justificativa o comprobatoria del gasto, lo que implica que no se pudo demostrar con claridad cómo y en qué se utilizaron los recursos públicos.

El caso de Cuajimalpa, con un posible desfalco o irregularidades por 1,088 millones de pesos, no debe leerse como un episodio aislado, sino como un síntoma de un sistema de control interno insuficiente. Lo mismo ocurre con los 7.3 millones de pesos pendientes de comprobar en el último año de vida del Instituto Nacional de Transparencia, o los 12.1 millones que el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación debe justificar. Estas cifras, que podrían parecer menores frente al tamaño del presupuesto nacional, adquieren otra dimensión cuando se observan desde la óptica de la legalidad y la confianza institucional. No se trata únicamente del monto, sino del mensaje: cada peso sin aclarar erosiona la credibilidad del Estado.

Las herramientas de evaluación del ejercicio presupuestal son, en esencia, mecanismos técnicos de verificación. Incluyen auditorías de cumplimiento financiero, auditorías forenses, revisiones de desempeño y análisis de consistencia normativa. Su función es comprobar que el recurso fue comprometido, devengado, pagado y registrado conforme a la ley. No son instrumentos de persecución política, sino de garantía institucional. Permiten identificar desviaciones, inconsistencias contables, pagos indebidos, ausencia de documentación o incumplimiento de objetivos programáticos. En una democracia funcional, estas herramientas son tan relevantes como el propio presupuesto aprobado.

México ha avanzado en la construcción de un entramado normativo robusto en materia de fiscalización. La ASF cuenta con facultades constitucionales para revisar el uso de los recursos federales y emitir pliegos de observaciones, promover responsabilidades administrativas o dar vista a instancias penales cuando procede. Sin embargo, la cultura política nacional no ha evolucionado al mismo ritmo que el marco jurídico. Seguimos siendo una sociedad más atenta al anuncio que a la evaluación, más pendiente de la obra visible que del expediente contable. El informe de la Cuenta Pública, que debería ocupar un lugar central en la conversación pública, suele quedar relegado a notas especializadas.

Analizar el informe de la ASF implica comprender su dimensión estructural. Cuando se señala que 34,088 millones de pesos no acreditados se vinculan a falta de documentación justificativa, no se está hablando únicamente de papeles faltantes, sino de controles internos débiles, de procesos administrativos mal diseñados y de una cultura organizacional que no prioriza la trazabilidad del gasto. Cuando se detectan pagos en servicios personales sin autorización o discrepancias entre registros contables y estados financieros, el problema no es meramente técnico, es institucional. La ausencia de evidencia documental impide verificar la legalidad del acto administrativo y abre la puerta a la discrecionalidad.

Desde una perspectiva de política pública comparada, los sistemas de evaluación presupuestal cumplen tres funciones esenciales: previenen la corrupción, mejoran la eficiencia y fortalecen la legitimidad democrática. La prevención ocurre porque la posibilidad real de auditoría disuade conductas indebidas. La eficiencia se promueve al detectar duplicidades, sobrecostos o ineficiencias programáticas. La legitimidad se consolida cuando la ciudadanía percibe que existen mecanismos efectivos para exigir cuentas. En este sentido, la fiscalización no es un obstáculo para la acción gubernamental, sino una condición para su sostenibilidad.

La magnitud de los montos observados en 2024 debe analizarse también en relación con el volumen total del gasto federalizado y la dependencia financiera de municipios y entidades respecto de transferencias federales. En muchos municipios, más del 70% de sus ingresos provienen de recursos federales. Esto implica que la calidad del gasto local depende en gran medida de la capacidad administrativa para gestionar fondos etiquetados, cumplir reglas de operación y documentar adecuadamente su ejercicio. Sin profesionalización de tesorerías municipales, sin sistemas contables homologados y sin cultura de control interno, la opacidad se convierte en un riesgo permanente.

La discusión pública suele centrarse en la narrativa del escándalo: cuánto se perdió, quién es responsable, si habrá sanciones. Pero el análisis de fondo exige preguntarse por qué persisten las mismas debilidades año tras año. ¿Se trata de insuficiencia normativa, de falta de capacitación, de incentivos perversos o de tolerancia social a la opacidad? La respuesta probablemente combina todos estos factores. Lo que es indiscutible es que el informe de la ASF ofrece una radiografía precisa de las zonas grises del aparato estatal, y esa radiografía debe leerse con rigor técnico y responsabilidad cívica.

Promover una cultura de rendición de cuentas implica ir más allá de la sanción. Significa incorporar la evaluación como parte natural del ciclo presupuestal. Desde la planeación hasta el cierre contable, cada etapa debe estar acompañada de indicadores claros, metas verificables y mecanismos de seguimiento. Significa también que los medios de comunicación, las universidades y la sociedad civil asuman el informe de la Cuenta Pública como un insumo central para el debate nacional. No basta con indignarse ante cifras millonarias; es necesario comprender los procedimientos, las categorías contables y las implicaciones jurídicas.

El fortalecimiento del Estado de derecho pasa necesariamente por la consolidación de la fiscalización superior. Un país que inaugura obras con entusiasmo pero ignora los resultados de sus auditorías corre el riesgo de normalizar la opacidad. En cambio, un país que estudia sus informes, exige aclaraciones y valora la función técnica de sus órganos de control envía un mensaje inequívoco: el poder público está sometido a la ley. La verdadera ceremonia republicana no es el corte de listón, sino la presentación transparente de cuentas claras. Sólo así la administración pública deja de ser espectáculo y se convierte en institución.
Porque comprender la realidad es el primer paso para decidir con responsabilidad…

Therians y juventud contemporánea. Identidad, significado y desafíos

“La identidad ya no es algo que se descubre, sino algo que se construye y se reconstruye continuamente.” – Zygmunt Bauman

Últimamente se ha destacado en algunas redes sociales, cierta terminología relacionada con este tipo de personalidad identitaria que hace que nos preguntemos sobre a qué hacen referencia, lo que significa y de alguna manera cuáles son los elementos que impactan en nuestro derredor de acuerdo con la forma en cómo algunas personas, especialmente jóvenes se perciben y que ha generado una ola en algunos países de nuestra región.

El fenómeno denominado “therian” debe entenderse como una expresión cultural situada en el ecosistema digital contemporáneo, más que como un hecho aislado o una simple “moda”. Se inscribe en un contexto histórico en el que la identidad dejó de concebirse como algo fijo y heredado para convertirse en un proceso dinámico, narrado y compartido en tiempo real a través de plataformas sociales. En este sentido, más que centrarnos en la etiqueta, resulta pertinente analizar qué significa para quienes la adoptan y qué condiciones socioculturales hacen posible su expansión. Las redes sociales no solo amplifican prácticas, sino que proveen lenguaje, comunidad y reconocimiento simbólico; permiten que experiencias subjetivas que antes quedaban en el ámbito privado encuentren validación colectiva y visibilidad pública.

En términos de significado, la identificación therian suele articularse como una vivencia interna que combina elementos de autopercepción, imaginación simbólica y pertenencia comunitaria. Para algunos jóvenes, puede funcionar como narrativa organizadora de su experiencia, un modo de explicar sensaciones de diferencia o desconexión. En la adolescencia y juventud temprana —etapas caracterizadas por la búsqueda activa de identidad, pertenencia y diferenciación— estas narrativas pueden adquirir especial fuerza. La pregunta por “quién soy” se convierte en un eje central del desarrollo psicosocial, y las comunidades digitales ofrecen espacios donde ensayar respuestas, probar roles y explorar sentidos de sí mismo sin las restricciones inmediatas del entorno presencial.

Desde la perspectiva personal, el fenómeno puede tener efectos ambivalentes. Por un lado, puede ofrecer sensación de comunidad, reconocimiento y coherencia interna, lo cual contribuye a la autoestima y al sentido de pertenencia. Por otro, cuando la identidad se construye principalmente en entornos altamente performativos y comparativos, como las redes sociales, puede aumentar la dependencia del reconocimiento externo y la vulnerabilidad frente a la burla o el estigma. La exposición pública de prácticas o símbolos asociados a esta identidad puede generar hostilidad, aislamiento o conflictos interpersonales, especialmente en contextos donde la diferencia es poco tolerada. El punto crítico no es la etiqueta en sí misma, sino el impacto que tenga en el bienestar, la funcionalidad cotidiana y la capacidad de sostener relaciones saludables.

En el plano social, el fenómeno refleja tensiones más amplias de la cultura contemporánea. Por una parte, evidencia una creciente apertura a la diversidad identitaria y la posibilidad de que los jóvenes articulen narrativas no convencionales sobre sí mismos. Por otra, activa dinámicas de polarización y “pánico moral” cuando ciertos sectores interpretan estas expresiones como amenaza o síntoma de descomposición social. La circulación acelerada de información, rumores y exageraciones contribuye a distorsionar la comprensión del fenómeno, generando debates cargados de emocionalidad que muchas veces carecen de base empírica. Así, el caso therian se convierte en un espejo de cómo la sociedad procesa lo emergente: entre la fascinación, la preocupación y la desinformación.

En el ámbito educativo, el fenómeno interpela directamente a las instituciones escolares. No tanto por la identidad declarada, sino por los efectos que pueda tener en la convivencia, la atención en clase y el clima escolar. La escuela se enfrenta al desafío de distinguir entre identidad personal y conducta observable, regulando aquello que afecte la seguridad, el orden o el proceso de aprendizaje, sin convertir la diferencia en objeto de sanción automática. Además, abre una oportunidad pedagógica relevante: trabajar la alfabetización digital, la construcción de identidad en entornos virtuales, el pensamiento crítico frente a tendencias virales y el fortalecimiento de habilidades socioemocionales como la empatía y el respeto.

Finalmente, el análisis de este fenómeno invita a una reflexión más amplia sobre la juventud contemporánea. Las nuevas generaciones crecen en un entorno de hiperconectividad, exposición constante y multiplicidad de discursos identitarios. En ese escenario, explorar formas simbólicas de autodefinición puede ser parte del proceso natural de desarrollo. La tarea de la familia, la escuela y la sociedad no es reaccionar desde el alarmismo, sino comprender los significados subyacentes, acompañar los procesos personales con criterio profesional cuando sea necesario y fortalecer contextos educativos que promuevan identidad sólida, pensamiento crítico y bienestar integral. Más que juzgar etiquetas, el reto está en atender las necesidades humanas que estas expresiones buscan articular. Porque comprender la realidad es el primer paso para decidir con responsabilidad…

El lenguaje como herramienta clave de la función directiva escolar

Quienes asumen la función directiva en los centros escolares pronto descubren que no solo coordinan acciones o toman decisiones, sino que construyen sentido a través de la palabra. El modo en que se expresa una idea, se plantea una duda o se comparte una postura tiene un impacto directo en el equipo de trabajo, en el clima escolar y en la manera en que se vive el día a día dentro de la escuela. El lenguaje no es un adorno: es una herramienta que puede fortalecer o debilitar la confianza, abrir espacios de diálogo o cerrarlos de manera casi imperceptible.

En la función directiva, ciertas expresiones transmiten inseguridad, distanciamiento o falta de compromiso, aun cuando la intención sea positiva. Sustituirlas por formas de comunicación más claras, responsables y respetuosas permite generar un ambiente donde el intercambio de ideas fluye con mayor naturalidad. Hablar desde la experiencia, asumir con claridad una postura, proponer caminos posibles y mostrar disposición para escuchar favorece el fortalecimiento del trabajo directivo y del trabajo colaborativo entre compañeros de trabajo.

Cuando la persona que dirige cuida sus palabras, envía un mensaje potente al equipo: aquí se valora la participación, se reconoce el esfuerzo y se promueve la mejora continua desde el diálogo. Este tipo de comunicación reduce tensiones innecesarias, mejora las relaciones laborales y contribuye a un clima escolar más sano, donde las diferencias se abordan con respeto y apertura. A su vez, ese clima se refleja en las aulas, generando mejores condiciones para el aprendizaje de las niñas, niños y adolescentes.

La claridad al hablar, la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, así como la capacidad de expresar acuerdos, dudas o desacuerdos de manera constructiva, son rasgos que distinguen a quienes ejercen la función directiva con conciencia de su impacto. Cuidar el lenguaje no implica rigidez, sino responsabilidad; no significa dureza, sino respeto por las personas y por la tarea educativa compartida.

La palabra, usada con intención y cuidado, se convierte así en un puente para fortalecer al equipo de trabajo, consolidar acuerdos y avanzar en la mejora del clima de aprendizaje. Por ello, reflexionar sobre cómo hablamos en los espacios colectivos no es un detalle menor, sino una práctica cotidiana que sostiene y transforma la vida escolar.

Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann

Si deseas seguir reflexionando sobre estos temas y fortalecer tu práctica directiva, te invito a suscribirte a mi blog en:
👉 https://manuelnavarrow.com y suscríbete.

@todos @destacar @seguidores
#manuelnavarrow #formaciondirectiva #mejoraescolar #liderazgoeducativo #direccionescolar #climaescolar #trabajocolaborativo #educacion

Planear en comunidad: más allá del documento

Una planeación escolar verdaderamente significativa no se mide por la extensión del documento final ni por la cantidad de formatos llenados. Su verdadero valor, como lo plantea Carbonell (2001), reside en el proceso de reflexión colectiva que la sustenta. Una escuela que se reúne, dialoga, se pregunta, analiza su realidad y traza rutas comunes, es una escuela que avanza con sentido.

Para quienes ejercen la función directiva, esto implica un cambio de enfoque radical: no basta con cumplir con los requerimientos administrativos. Se trata de impulsar un proceso que involucre a todos los actores educativos, que les dé voz y les permita reconocerse como parte activa de una comunidad que aprende. Esa reflexión conjunta es la que nutre los proyectos escolares, la que permite establecer prioridades auténticas y no impostadas, y la que conecta los propósitos institucionales con las necesidades reales de niñas, niños y adolescentes.

En este contexto, el liderazgo escolar no es sinónimo de dar instrucciones, sino de abrir caminos para que otros participen, propongan y se comprometan. Quienes dirigen una escuela deben facilitar estos espacios de encuentro y pensamiento compartido. Solo así se puede construir una cultura profesional sólida, basada en la corresponsabilidad, en el diálogo y en la confianza mutua. Y solo así se transforma verdaderamente el clima escolar, generando mejores relaciones laborales, una visión compartida y mejores condiciones para el aprendizaje.

La planeación entonces deja de ser un trámite para convertirse en una herramienta poderosa de transformación colectiva. Su valor no está en la forma, sino en el fondo: en cómo se construye y con quiénes se construye.

¿Quieres seguir explorando cómo fortalecer tu liderazgo desde una perspectiva reflexiva, ética y transformadora?
Visita mi blog en 👉 https://manuelnavarrow.com y suscríbete.

Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann
@todos @destacar @seguidores @destacar
#manuelnavarrow #formacióndirectiva #mejoraescolar #CADE #trabajoenequipo #planeaciónparticipativa #liderazgocolectivo #climaescolarpositivo #direcciónescolartransformadora

La amabilidad como práctica que transforma la función directiva escolar

En la vida cotidiana de los centros escolares, la función directiva se expresa mucho más en los gestos diarios que en los discursos formales. Las palabras, las actitudes y las decisiones aparentemente pequeñas construyen —o deterioran— el sentido de pertenencia, la confianza y la disposición para trabajar de manera conjunta. Reconocer el esfuerzo de los compañeros de trabajo, aun cuando los resultados no sean perfectos, enviar un agradecimiento oportuno, interesarse genuinamente por cómo se encuentra la otra persona o anticiparse para ofrecer apoyo son acciones sencillas que fortalecen el trabajo directivo desde una perspectiva profundamente humana.

Cuando quien dirige se detiene a escuchar sin interrumpir, valida las ideas en espacios colectivos, recuerda momentos importantes de la vida personal de su equipo de trabajo o crea condiciones para que las voces más reservadas también sean escuchadas, se genera un clima escolar donde prevalece el respeto y la colaboración. Estas prácticas no requieren grandes recursos ni estructuras complejas; demandan sensibilidad, coherencia y una convicción clara de que las relaciones importan. En este sentido, la amabilidad deja de ser un rasgo accesorio para convertirse en una herramienta clave de mejora continua en la conducción escolar.

La función directiva, entendida así, se vincula directamente con la mejora del clima escolar y con relaciones laborales más sanas, donde el reconocimiento y el acompañamiento sustituyen la indiferencia o el desgaste. Este tipo de interacción repercute de manera directa en el clima de aprendizaje, pues un equipo que se siente valorado y escuchado transmite esa misma lógica a las aulas y a la relación con las niñas, niños y adolescentes. Dirigir desde la cercanía, el cuidado y la atención consciente no debilita la autoridad; por el contrario, la fortalece desde la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.

Incorporar la amabilidad como práctica cotidiana en la función directiva implica comprender que cada palabra y cada gesto tienen un peso formativo. En la escuela, nada es neutro: las formas de relacionarse enseñan, modelan y dejan huella. Por ello, quienes asumen responsabilidades directivas tienen en sus manos una oportunidad constante de construir comunidades educativas más justas, colaborativas y emocionalmente seguras, donde el trabajo compartido se orienta al bienestar colectivo y al aprendizaje con sentido.

Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann

Si te interesa seguir reflexionando sobre la función directiva y el fortalecimiento del trabajo escolar, visita https://manuelnavarrow.com y suscríbete a mi blog.

@todos @destacar @seguidores
#manuelnavarrow #formaciondirectiva #mejoraescolar #climaescolar #liderazgoeducativo #direccionescolar #convivenciaescolar #aprendizajeconsentido