Dirigir también significa aprender a responder emocionalmente

La función directiva coloca a las personas frente a decisiones complejas, conflictos, presiones institucionales, expectativas de las familias y necesidades del personal. En ese escenario, reconocer y regular las propias emociones no significa ocultarlas ni actuar con frialdad; significa evitar que el enojo, la frustración, el temor o la presión decidan por nosotros.

Desde los planteamientos de Richard Boyatzis y Annie McKee (2005), el liderazgo encuentra una dimensión profundamente humana en la capacidad de comprender las emociones propias y las de quienes nos rodean. Esta mirada resulta especialmente pertinente para la escuela, porque quien dirige no trabaja únicamente con procedimientos: trabaja, fundamentalmente, con personas.

Una respuesta impulsiva ante un desacuerdo puede deteriorar en minutos una relación construida durante años. Del mismo modo, una conversación realizada con serenidad, escucha y firmeza puede evitar que una diferencia se convierta en un conflicto mayor. Autorregularse no significa renunciar a la autoridad ni evitar decisiones difíciles; significa ejercerlas con criterio, proporcionalidad y respeto.

Esta capacidad repercute directamente en el trabajo en equipo. Cuando el personal encuentra una dirección capaz de escuchar antes de juzgar, dialogar antes de reaccionar y establecer límites sin humillar, aumenta la confianza y se fortalecen las relaciones laborales. Se crean así mejores condiciones para la colaboración, la comunicación abierta y la mejora continua.

También existe una dimensión pedagógica. El clima emocional de quienes trabajan en la escuela inevitablemente llega a las aulas. Un colectivo que desarrolla sus actividades en un ambiente de tensión permanente difícilmente puede construir las mismas condiciones de aprendizaje que otro donde prevalecen el respeto, la confianza y el sentido de comunidad.

Por ello, fortalecer emocionalmente a quienes ejercen la función directiva no es un asunto secundario. Es parte de construir mejores escuelas. Cuidar la manera en que respondemos ante la dificultad también significa cuidar a quienes trabajan con nosotros y, finalmente, mejorar el ambiente en el que aprenden y se desarrollan nuestras niñas, niños y adolescentes.

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Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann

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