“La verdad se va definiendo, buscadla.” —Justo Sierra, discurso inaugural de la Universidad Nacional, 22 de septiembre de 1910.
La Universidad Nacional Autónoma de México celebra 475 años desde que, el 21 de septiembre de 1551, se expidió la cédula real para fundar la Universidad de México. La fecha corresponde al acto jurídico de creación; la institución comenzó a funcionar en 1553. La distinción importa: una cédula puede inaugurar una historia, pero no equivale por sí sola a la vida cotidiana de una universidad. Entre el documento y las aulas mediaron casi dos años, y los historiadores han precisado incluso que los primeros cursos iniciaron en junio de 1553, no en enero, como se repetía tradicionalmente.
Durante buena parte del siglo XX, el aniversario que organizaba la memoria pública era el de la Universidad Nacional creada en 1910. Esa fecha tampoco fue elegida al margen de la política: la institución de Justo Sierra se inauguró durante las celebraciones del centenario de la Independencia, bajo el gobierno de Porfirio Díaz, como emblema de modernización y de un proyecto educativo secular. El giro hacia 1551 tiene un antecedente decisivo: en 1951, la Universidad conmemoró el cuarto centenario de la Real Universidad de México y asumió oficialmente una continuidad histórica con aquella institución novohispana. Esa interpretación contrastaba con la idea de Sierra de fundar una universidad nueva, distinta de la colonial, aunque reuniera escuelas que provenían de ella.
No se trata, por tanto, de que la universidad actual haya funcionado sin interrupción durante 475 años. La Real y Pontificia Universidad fue clausurada en el siglo XIX; la Universidad Nacional nació en 1910 y obtuvo autonomía en 1929. Reconocer el antecedente colonial es construir una genealogía, no borrar rupturas ni declarar que ambas instituciones fueron idénticas. La UNAM presenta el 21 de septiembre como el aniversario de la fundación de la Universidad de México y como el comienzo de una historia de transformaciones. La precisión histórica no le resta fuerza a la conmemoración: permite entender mejor qué pasado se reivindica y con qué propósito.
La Real Universidad fue una institución de la sociedad colonial, articulada con los poderes de la Corona y de la Iglesia. Organizó conocimientos y formó profesionales, pero también expresó quiénes podían acceder a ellos y qué saberes tenían autoridad. No era una universidad pública y masiva en el sentido contemporáneo, ni fue creada para garantizar igualdad educativa. Su herencia contiene aportes intelectuales y culturales, pero también las jerarquías de la sociedad que la produjo. Celebrar ese origen con madurez exige reconocer ambas cosas: el valor de una tradición universitaria en América y los límites de un modelo que no incluía a la mayoría.
El aniversario puede leerse así desde dos proyectos políticos. En 1910, la Universidad Nacional sirvió como símbolo de modernidad dentro del relato oficial del centenario, aunque su desarrollo pronto atravesó la Revolución, conflictos de financiamiento y la disputa por la autonomía. En 1951, al recuperar el origen de 1551, la institución amplió su memoria más allá del Estado moderno y de su propia fundación jurídica. Hoy, la pregunta no es cuál de las dos fechas debe borrar a la otra, sino qué ilumina cada una: 1551 habla de una historia larga, colonial y discutida; 1910, de la apuesta por una universidad nacional, laica y vinculada a la construcción del México moderno. La celebración de los 475 años gana sentido cuando deja visible esa tensión.
Pero la historia no puede ser refugio frente a los desafíos actuales. Este año, el examen de ingreso a licenciatura de la UNAM, aplicado por primera vez completamente en línea, quedó bajo cuestionamiento luego de que la Universidad detectara resultados atípicos e indicios de irregularidades. La respuesta fue convocar a decenas de miles de aspirantes a un examen presencial de control, cuyos resultados se publicaron a finales de agosto. El episodio exhibió que la tecnología puede ampliar el acceso y agilizar procesos, pero también abre vulnerabilidades; que un algoritmo de vigilancia no garantiza por sí mismo la honestidad; y que una decisión institucional puede afectar la confianza y las oportunidades de jóvenes que esperaban un resultado justo.
El debate no se agota en descubrir quién hizo trampa. También obliga a preguntar qué mide un examen de ingreso cuando miles de personas compiten por un número limitado de lugares y qué responsabilidad corresponde a la universidad, a las empresas tecnológicas y a quienes presentan la prueba. La inteligencia artificial puede explicar, traducir, organizar información y apoyar aprendizajes; también puede usarse para sustituir el trabajo propio, fabricar evidencias o vulnerar evaluaciones. La diferencia no depende únicamente de la herramienta: depende de las reglas, de la formación ética y de evaluaciones capaces de valorar razonamiento, proceso y comprensión. La UNESCO ha insistido en que la IA educativa debe proteger la agencia humana y beneficiar a estudiantes y docentes, no desplazar su juicio.
La escuela básica encara una discusión relacionada. México acordó restringir, desde el 3 de noviembre, el uso de celulares y dispositivos personales durante la jornada en primaria y secundaria; para los niveles medio superior y superior se prevén criterios distintos. La decisión responde a preocupaciones legítimas sobre distracción, bienestar y salud mental, pero una regla no enseña automáticamente a autorregularse. Será necesario explicar sus propósitos, prever excepciones pedagógicas y de accesibilidad, y acompañar su aplicación con alternativas para que las familias puedan comunicarse con sus hijas e hijos ante una emergencia. El reto es reducir interrupciones sin convertir todo dispositivo en enemigo del aprendizaje.
Tampoco puede cargarse a maestras y maestros con la tarea de reparar, dentro del aula, una vida cotidiana marcada por pantallas y conversaciones familiares cada vez más fragmentadas. Si niñas, niños y adolescentes pasan horas alternando videos, mensajes y contenidos breves, la escuela debe ayudarles a leer con profundidad, sostener la atención, contrastar información y conversar cara a cara. Pero esa tarea requiere colaboración familiar, tiempo para el trabajo pedagógico, formación docente y políticas que no reduzcan los problemas educativos a una prohibición. El celular puede distraer; también puede servir para investigar, crear y comunicarse. Importan el propósito, el momento y el acompañamiento.
La conmemoración universitaria ofrece una escala amplia para pensar estos cambios. En 1551, fundar una universidad significó introducir una institución de saber en una sociedad colonial desigual. En 1910, crear una Universidad Nacional fue parte de un proyecto de modernización con su propio sello político. En 2026, defender la educación exige responder a una transformación tecnológica que altera cómo se estudia, se evalúa y se convive. ¿Qué conocimientos merece conservar una universidad y cuáles debe ayudar a crear? ¿Cómo se garantiza que la IA amplíe capacidades en lugar de encubrir desigualdades? ¿Cómo se cultivan atención, curiosidad y diálogo en hogares y escuelas atravesados por pantallas? ¿Y qué condiciones necesitan quienes enseñan para orientar esas respuestas, en vez de limitarse a contener sus consecuencias?
Una celebración de 475 años no debería ser una ceremonia de autosatisfacción. Es una ocasión para mirar una herencia contradictoria, reconocer las rupturas que la hicieron posible y someter el presente a examen. La universidad que honra su historia no promete que el pasado garantice el futuro: asume que cada generación debe decidir qué conservar, qué corregir y a quién abrirle las puertas del conocimiento. Los casi cinco siglos cuentan, sobre todo, por la responsabilidad que dejan. Porque la educación es el camino…

Deja un comentario