Antes de enseñar a usar inteligencia artificial, debemos enseñar a pensar

Al igual que muchas maestras y maestros, tuve la oportunidad de escuchar al Dr. Eduardo Andere en el marco del Congreso Internacional de Educación Básica en Chihuahua y dentro de los elementos que compartió, algo que me llamó mucho la atención, tiene que ver con la forma en que la Inteligencia Artificial Generativa ha irrumpido en la educación y en la vida cotidiana de prácticamente todos los ámbitos de la sociedad y por tanto, la gran tarea que tenemos al interior de la comunidad para juntos desarrollar las mejores estrategias para hacer frente a lo que se viene en el futuro cercano. De esto va mi artículo de este día.

Hoy, un estudiante puede redactar un ensayo, resolver un problema matemático, traducir un texto, programar una aplicación o elaborar una presentación en cuestión de segundos con ayuda de una plataforma de IA. Este fenómeno representa una de las transformaciones tecnológicas más importantes de la historia reciente y, al mismo tiempo, plantea uno de los mayores desafíos educativos de nuestro tiempo: ¿cómo aprovechar su enorme potencial sin debilitar la capacidad humana para pensar, comprender, analizar y crear?

La respuesta a esta pregunta no pasa por prohibir la inteligencia artificial ni por adoptarla de manera indiscriminada. El verdadero desafío consiste en comprender cuál debe ser su lugar dentro del proceso educativo. Las investigaciones más recientes en ciencias cognitivas, pedagogía y tecnología educativa coinciden en un principio fundamental: la inteligencia artificial puede potenciar el aprendizaje únicamente cuando existe previamente una base sólida de conocimientos, habilidades intelectuales y pensamiento crítico. En ausencia de esa base, la tecnología corre el riesgo de sustituir procesos mentales que precisamente deberían desarrollarse durante la formación.

La educación nunca ha tenido como finalidad principal transmitir información. Desde hace décadas sabemos que memorizar datos representa apenas una pequeña parte del aprendizaje. Aprender implica construir significados, establecer relaciones entre conceptos, desarrollar capacidades para resolver problemas, argumentar, comunicar ideas, evaluar evidencias y tomar decisiones fundamentadas. Todas estas competencias requieren un trabajo intelectual que ninguna herramienta tecnológica puede realizar en nombre de quien aprende.

Las investigaciones sobre el desarrollo cognitivo muestran que el cerebro fortalece sus conexiones neuronales cuando enfrenta desafíos intelectuales. Leer con atención, escribir un texto propio, resolver un problema matemático, formular hipótesis, cometer errores y corregirlos constituyen procesos indispensables para consolidar el aprendizaje profundo. Cuando una persona delega sistemáticamente estas actividades a una inteligencia artificial antes de haberlas aprendido por sí misma, deja de ejercitar precisamente las funciones ejecutivas que posteriormente necesitará durante toda su vida profesional y personal.

Diversos estudios sobre la llamada «carga cognitiva» demuestran que el esfuerzo intelectual no representa un obstáculo para aprender; por el contrario, constituye una condición necesaria para que el conocimiento pueda consolidarse en la memoria de largo plazo. La aparente facilidad que ofrecen algunas herramientas digitales puede generar la ilusión de aprendizaje sin que realmente exista comprensión. Leer una respuesta elaborada por una inteligencia artificial no equivale a comprender el tema; obtener un resumen no significa haber desarrollado la capacidad de sintetizar; recibir un ensayo perfectamente redactado no implica haber aprendido a escribir.

Por ello, cada vez más especialistas hablan de la necesidad de distinguir entre utilizar la inteligencia artificial como una prótesis intelectual o como un amplificador del pensamiento. En el primer caso, la persona deja de realizar procesos cognitivos esenciales y depende crecientemente de la tecnología para pensar. En el segundo, la inteligencia artificial complementa capacidades que ya existen, ayuda a explorar alternativas, permite analizar grandes cantidades de información o favorece la creatividad, pero siempre bajo la conducción consciente de quien conserva el control del proceso intelectual.

Esta diferencia resulta especialmente importante durante la infancia y la adolescencia. El desarrollo cerebral no ocurre de manera instantánea; es un proceso gradual que se extiende durante muchos años. Las funciones ejecutivas —como la planificación, el autocontrol, la atención sostenida, la flexibilidad cognitiva y el razonamiento abstracto— continúan madurando incluso hasta el inicio de la vida adulta. Si durante estas etapas fundamentales se sustituye el esfuerzo cognitivo por respuestas automáticas generadas por inteligencia artificial, existe el riesgo de limitar el fortalecimiento de habilidades que posteriormente serán indispensables para enfrentar situaciones complejas en la universidad, el trabajo y la vida cotidiana.

El papel del docente adquiere aquí una relevancia extraordinaria. Paradójicamente, mientras más sofisticadas se vuelven las herramientas tecnológicas, mayor importancia cobra la mediación pedagógica del maestro. La inteligencia artificial puede ofrecer respuestas, pero difícilmente puede identificar con precisión las necesidades emocionales, cognitivas y sociales de cada estudiante dentro de un contexto específico. Tampoco puede sustituir la capacidad de un docente para formular preguntas que despierten la curiosidad, generar ambientes de confianza, acompañar procesos de reflexión o identificar errores conceptuales que requieren atención personalizada.

Los maestros dejan entonces de ser simples transmisores de contenidos para convertirse en arquitectos del pensamiento. Su responsabilidad consiste cada vez más en enseñar a formular preguntas pertinentes, evaluar la calidad de las fuentes de información, detectar sesgos, contrastar evidencias, identificar errores argumentativos y construir explicaciones fundamentadas. Estas competencias serán probablemente mucho más importantes durante las próximas décadas que la simple memorización de datos fácilmente accesibles mediante cualquier dispositivo.

Otro aspecto frecuentemente ignorado consiste en que la inteligencia artificial no es objetiva ni infalible. Los modelos actuales pueden generar errores, inventar referencias, reproducir prejuicios presentes en sus datos de entrenamiento, omitir contexto relevante o presentar información desactualizada. Solamente una persona que posea conocimientos previos y pensamiento crítico será capaz de detectar estas limitaciones. Quien desconoce un tema difícilmente podrá distinguir entre una respuesta correcta y otra aparentemente convincente pero equivocada. En otras palabras, cuanto mayor sea el desarrollo intelectual del usuario, mejor será el aprovechamiento de la inteligencia artificial.

Las universidades y organismos internacionales dedicados a la educación comienzan a coincidir en que una de las competencias más importantes del siglo XXI será precisamente la alfabetización en inteligencia artificial. Sin embargo, esta alfabetización no consiste únicamente en aprender a escribir instrucciones para obtener mejores respuestas. Implica comprender cómo funcionan estos sistemas, cuáles son sus limitaciones, qué implicaciones éticas tienen, cómo proteger la privacidad de la información, cómo verificar la veracidad de sus resultados y cómo integrarlos responsablemente en procesos de aprendizaje, investigación y toma de decisiones.

La historia de la educación demuestra que cada gran innovación tecnológica ha despertado temores y expectativas similares. Ocurrió con la imprenta, con la calculadora, con la computadora personal e Internet. Ninguna de estas herramientas eliminó la necesidad de pensar; simplemente transformaron la manera en que las personas interactúan con el conocimiento. La inteligencia artificial probablemente seguirá el mismo camino. No reemplazará la inteligencia humana, pero sí modificará profundamente la forma en que aprendemos, trabajamos y resolvemos problemas. La diferencia dependerá de si llegamos a ella con una mente entrenada para pensar o con una creciente dependencia tecnológica.

Quizá el verdadero reto educativo de esta generación no sea enseñar a utilizar inteligencia artificial, sino formar personas que conserven la capacidad de pensar incluso cuando la tecnología pueda hacerlo por ellas. Pensar exige tiempo, esfuerzo, paciencia, duda, imaginación y disciplina. Requiere aceptar la incertidumbre, reconocer errores y construir conocimiento paso a paso. La inteligencia artificial puede acelerar muchos procesos, pero no puede reemplazar el desarrollo de la conciencia crítica, la creatividad auténtica ni el juicio ético que distinguen a los seres humanos. La educación del futuro no se construirá eligiendo entre inteligencia humana o inteligencia artificial. Se construirá formando personas cuya inteligencia sea suficientemente sólida para utilizar la tecnología como una aliada y no como un sustituto. Porque el objetivo último de la educación nunca ha sido producir respuestas rápidas, sino formar seres humanos capaces de comprender el mundo, transformarlo responsablemente y tomar decisiones libres. Solo quien ha aprendido primero a pensar podrá aprovechar plenamente el extraordinario potencial de la inteligencia artificial sin renunciar a aquello que constituye la esencia misma de nuestra humanidad. Porque la educación es el camino…

La IA y la urgencia de repensar la escuela

“La integración de la inteligencia artificial en la educación debe asegurar una visión centrada en lo humano.” UNESCO

La IA generativa no inventó la crisis educativa que hoy preocupa a la sociedad; más bien, la volvió evidente. Durante años, buena parte de la escuela asumió que entregar una tarea, presentar un resumen, exponer un tema o redactar un ensayo equivalía necesariamente a aprender. Sin embargo, muchas de esas evidencias solo mostraban cumplimiento, orden formal o capacidad para reproducir información. Hoy, cuando una herramienta digital puede elaborar en segundos un texto aparentemente correcto, la escuela queda frente a una pregunta inevitable: ¿estamos evaluando comprensión real o solo productos terminados?

El problema, por tanto, no debe colocarse únicamente en el estudiante que usa inteligencia artificial, sino en el tipo de actividades que todavía se diseñan. Si una consigna puede ser resuelta sin reflexión, sin diálogo, sin experiencia personal y sin defensa de ideas, entonces la tarea necesita ser replanteada. La respuesta educativa no puede limitarse a prohibir, vigilar o sospechar. Lo que se requiere es una transformación pedagógica profunda que recupere el proceso, la palabra propia, la argumentación y la responsabilidad sobre lo que se afirma.

En este nuevo contexto, los centros escolares deben fortalecer prácticas más humanas y formativas: escritura acompañada en el aula, revisión de borradores, explicaciones orales, preguntas abiertas, debates, portafolios de aprendizaje, proyectos vinculados con la comunidad y evaluación continua. Un trabajo bien redactado no siempre demuestra pensamiento; en cambio, una conversación pedagógica, una defensa argumentada o la explicación del camino seguido para llegar a una conclusión permiten reconocer con mayor claridad si el estudiante comprende, interpreta y puede sostener sus ideas.

La IA también obliga a formar una nueva ética académica. No se trata de negar su presencia, sino de enseñar a utilizarla con criterio. Cuando su uso sea permitido, niñas, niños y adolescentes deben aprender a declarar cómo la emplearon, qué información tomaron, qué modificaron, qué desecharon y por qué. Esta práctica no debe entenderse como control, sino como formación de honestidad intelectual, pensamiento crítico y autoría responsable.

La IA puede apoyar el aprendizaje, pero no debe sustituir la experiencia, la sensibilidad, el juicio ético ni la relación pedagógica. Su valor dependerá de la mediación docente y del sentido educativo con que se incorpore. La escuela no tiene que competir con la IA. Tiene que demostrar aquello que ninguna máquina puede reemplazar: formar personas capaces de pensar, dialogar, convivir, crear, distinguir lo verdadero de lo aparente y hacerse responsables de sus ideas. El reto es construir mejores formas de enseñar y evaluar. La IA no debilita a la escuela; le exige volver a su misión más profunda. Porque la educación es el camino…

Educar para la verdad en tiempos de la IA

Las Imágenes o videos falsos generados por inteligencia artificial son relativamente nuevos y han evolucionado con una sofisticación mucho más rápida de lo que esperábamos.” — Hany Farid

Es común ver en las redes imágenes que simulan fotografías o incluso videos elaborados con base en Inteligencia Artificial de personas, ya sea políticos, deportistas o personalidades de diferemtes ámbitos que se usan de manera tendenciosa para situaciones que si se los hicieran a quienes los producen, resultarían por lo menos ofendidos.

El avance de la inteligencia artificial ha transformado profundamente la manera en que entendemos la realidad. Hoy, una imagen o un video pueden ser generados con una precisión tal que resulta casi imposible distinguir lo verdadero de lo fabricado. Lo que antes requería de una gran producción técnica, ahora puede hacerse desde un teléfono. Dinamarca ha entendido la magnitud del desafío y ha dado un paso decisivo: reconocer que cada persona tiene derechos sobre su rostro, su voz y su cuerpo, incluso en el mundo digital. Esta medida no solo es una decisión jurídica, sino también un acto pedagógico, un recordatorio de que la tecnología debe estar al servicio de la verdad y de la dignidad humana, no del engaño ni de la manipulación.

Desde la educación, este acontecimiento nos interpela de manera directa. Las escuelas, las universidades y los espacios de formación deben incorporar una reflexión ética y crítica sobre el uso de la inteligencia artificial. No basta con enseñar a usar las herramientas tecnológicas; es necesario enseñar a discernir, a cuestionar y a comprender las implicaciones humanas detrás de cada imagen o sonido que circula en las redes. Educar en tiempos de inteligencia artificial significa formar ciudadanos capaces de distinguir entre la realidad y la simulación, entre la creatividad legítima y el fraude digital. Se trata de dotar a las nuevas generaciones de una brújula moral que les permita navegar en un océano de información donde no todo lo que se ve es real.

Como sociedad, también tenemos la responsabilidad de aprender y de adaptarnos a este nuevo escenario. No podemos seguir siendo espectadores pasivos ante el uso malintencionado de la tecnología. La regulación es importante, pero el cambio más profundo proviene de la conciencia colectiva, de la comprensión de que cada rostro y cada voz son parte de una identidad que merece respeto. Aprender a convivir con la inteligencia artificial exige una mirada crítica, empática y responsable que se nutre de la educación y del diálogo social.

Dinamarca nos muestra que es posible establecer límites sin frenar la innovación, que la tecnología puede coexistir con la ética y que los derechos humanos deben extenderse al entorno digital. En un mundo donde lo falso puede parecer más convincente que lo real, la educación se erige como el faro más confiable para no extraviarnos. Porque la educación es el camino…

Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann

Docente y Abogado. Doctor en Gerencia Pública y Política Social

https://manuelnavarrow.com

manuelnavarrow@gmail.com

La deuda cognitiva

“Cada vez que una sociedad permite que la automatización sustituya el pensamiento humano sin resistencia, pierde una parte de sí misma.” Shoshana Zuboff 

Recientes investigaciones desarrolladas por el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), bajo la conducción de la investigadora Nataliya Kosmyna, han abierto un debate profundo sobre los efectos del uso de la inteligencia artificial generativa en el funcionamiento cerebral humano.

El estudio, aún en desarrollo pero ya ampliamente citado, señala cómo el uso constante de herramientas como los modelos de lenguaje de gran escala puede provocar lo que han denominado “deuda cognitiva”, es decir, una disminución significativa en la actividad neuronal asociada a la creación, análisis y redacción de ideas propias. Esta situación no debe ser tomada a la ligera, especialmente si consideramos que millones de niñas, niños y adolescentes están creciendo en entornos cada vez más permeados por la tecnología.

El estudio, disponible en el sitio oficial del MIT Media Lab y respaldado por análisis neurocientíficos realizados durante un periodo de cuatro meses a estudiantes universitarios, reveló que quienes realizaban sus ensayos sin ayuda de inteligencia artificial mostraban una conectividad cerebral robusta. Las ondas cerebrales de tipo alfa y theta se activaban intensamente, en un patrón que denotaba compromiso, creatividad y esfuerzo cognitivo real. En cambio, aquellos que delegaban el proceso de redacción a ChatGPT, exhibían una arquitectura cerebral significativamente más plana y con menor dinamismo, lo cual no solo afecta su desempeño en tareas concretas, sino también su relación subjetiva con el conocimiento que producen. No es menor el hallazgo de que varios de estos usuarios incluso olvidaban lo que sus textos contenían o perdían conexión emocional y cognitiva con lo que habían entregado como “propio”.

Estos hallazgos exigen un posicionamiento claro de las autoridades educativas: no basta con promover el uso de tecnologías en las aulas; es imperativo diseñar políticas públicas que formen a docentes y directivos en el uso estratégico, ético y pedagógico de la inteligencia artificial. En otras palabras, se necesita una alfabetización digital profunda y crítica que no solo enseñe a usar la tecnología, sino también cuándo y cómo usarla sin perjudicar el desarrollo integral de la mente.

En el aula, por ejemplo, una docente de secundaria que enseña redacción no puede ser sustituido por un algoritmo. Pero sí puede valerse de herramientas de IA como apoyo para generar ejemplos, dinamizar ideas, detectar errores o promover la revisión crítica, siempre bajo una orientación pedagógica que privilegie la autonomía del pensamiento. Asimismo, en centros escolares con altos niveles de marginación o carencia de recursos, la IA puede representar una oportunidad para cerrar brechas si se combina con estrategias docentes que promuevan el pensamiento analítico, crítico y la producción de conocimiento desde lo local. No se trata de rechazar la tecnología, sino de humanizarla en su uso.

La preocupación central no es que los estudiantes usen ChatGPT, sino que lo hagan sin el acompañamiento pedagógico adecuado. Si desde la infancia se aprende que pensar puede ser prescindible, delegando todo a una aplicación, corremos el riesgo de atrofiar el potencial creativo de una generación entera. En este contexto, el papel del personal docente es crucial: son los agentes de cambio que deben estar preparados no solo para enseñar contenidos, sino para formar cerebros activos, curiosos y reflexivos.

Porque al final del día, como bien concluye el informe, un cerebro que no se ejercita es un cerebro que olvida cómo ser brillante. La inteligencia artificial debe ser una herramienta para elevarnos, no para sustituirnos. Que así sea en nuestras aulas, en nuestros niños y en nuestro futuro. Porque la educación es el camino…

Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann

Docente y Abogado. Doctor en Gerencia Pública y Política Social

https://manuelnavarrow.com

manuelnavarrow@gmail.com