“La escuela es un territorio de aprendizaje, no un lugar de resguardo de niños y niñas” – Mario Delgado
El reciente debate nacional sobre el calendario escolar dejó una lección que no debe perderse entre comunicados y rectificaciones, que el problema no era solo adelantar o no el cierre del ciclo, sino pretender resolver con una decisión nacional única una realidad educativa diversa. México no cabe en un solo calendario cuando sus escuelas enfrentan condiciones distintas.
La propuesta de concluir clases el 5 de junio, bajo el argumento del calor y del Mundial, abrió dudas legítimas. Proteger a niñas, niños, adolescentes y personal escolar ante temperaturas extremas es una obligación pública. En Chihuahua, donde muchas escuelas padecen falta de agua, aulas calientes y ventilación insuficiente, sostener clases en julio no puede verse solo como cumplimiento administrativo. La pregunta es en qué condiciones se aprende.
La forma también importa. El anuncio llegó tarde, con poco margen para reorganizar evaluaciones, calificaciones y vida familiar. La reacción social no se dejó esperar y reveló una tensión incómoda, que la escuela no es una guardería, pero sí cumple una función de cuidado y estabilidad. No debe ser depósito de menores por conveniencia laboral, pero tampoco puede ignorarse que muchas familias organizan su vida alrededor de ella.
La rectificación de la SEP, tras las críticas y del llamado presidencial, devolvió certeza al mantener el calendario vigente al 15 de julio. Sin embargo, no resolvió el fondo. La Ley General de Educación permite ajustes ante circunstancias extraordinarias, siempre que se garantice el cumplimiento de planes y programas. Esa es la ruta, claramente no un calendario rígido ni decisiones improvisadas, sino márgenes estatales planeados.
El debate debe mirar al trabajo docente. En muchas regiones se solicitan calificaciones y cierres administrativos con semanas de anticipación, mientras formalmente el ciclo sigue abierto. Así, los últimos días corren el riesgo de convertirse en simulación. Si se exigen 185 días efectivos, deben tener sentido pedagógico; si el clima los hace inviables, debe haber una estrategia estatal no nacional.
La educación requiere planeación, no sobresaltos. Requiere escuchar a docentes, familias, directivos y autoridades locales. El calor extremo no se resuelve solo con cerrar escuelas, sino con agua, sombra, aparatos de ventilación adecuados y suficientes, así como protocolos adecuados.
La pregunta no es cuándo terminan las clases, sino qué hace el Estado para que cada día escolar tenga valor real. Una escuela no es guardería ni abstracción administrativa. Es el territorio donde niñas, niños y adolescentes aprenden, conviven y construyen futuro. Por eso, cualquier decisión sobre el calendario será legítima si protege el aprendizaje y responde a las condiciones reales de cada entidad. Porque la educación es el camino…
