En la vida de quienes asumen responsabilidades de dirección en los centros escolares, no solo se enfrentan a la toma de decisiones organizativas, sino también a situaciones emocionales y conductuales que pueden influir de manera decisiva en el clima de trabajo y en la construcción de relaciones sanas con el equipo docente, el personal administrativo, las madres y padres de familia, y por supuesto, con las niñas, niños y adolescentes. Comprender cómo se generan los pensamientos y cómo estos impactan en las emociones y en las acciones, constituye un recurso fundamental para quienes desean avanzar hacia la mejora continua de su labor directiva.
Cuando una persona al frente de una escuela se enfrenta a un acontecimiento que genera malestar —una crítica, una diferencia con el equipo, un resultado inesperado— suele aparecer un pensamiento automático que puede ser negativo. Estos pensamientos influyen en el ánimo, en la percepción de sí mismos y en la forma en que se aborda la relación con los demás. Sin embargo, detenerse a analizar la creencia que se desprende de ese hecho, cuestionarla y ponerla en perspectiva, permite abrir paso a interpretaciones más constructivas. Esta reestructuración del pensamiento es una práctica que ayuda a no caer en suposiciones dañinas, como creer que no se es capaz o que el equipo no está comprometido, cuando en realidad existen múltiples explicaciones alternativas que pueden enriquecer la visión de lo ocurrido.
En el terreno directivo, este ejercicio no se limita a lo personal, sino que repercute en todo el clima laboral y escolar. Una emoción negativa no trabajada puede proyectarse en la interacción con los docentes, generar tensiones innecesarias o transmitir desconfianza al alumnado. En cambio, cuando se logra identificar la raíz de los pensamientos y transformarlos en emociones más equilibradas, se construye un ambiente más armónico, que favorece la mejora en el trabajo colaborativo, el fortalecimiento de la comunicación y la apertura a la retroalimentación.
La práctica de cuestionar creencias limitantes y reemplazarlas por interpretaciones más realistas y saludables permite a los directivos no solo sentirse más serenos, sino también guiar con mayor claridad. Este tipo de autocontrol emocional se traduce en mejores relaciones interpersonales, en la disminución de conflictos internos y en un mayor compromiso compartido por alcanzar propósitos comunes. En consecuencia, el clima escolar mejora, los vínculos laborales se fortalecen y se abre un espacio más propicio para que los estudiantes encuentren un entorno de confianza y motivación para aprender.
Asumir la dirección escolar requiere también asumir un trabajo interno constante. La reestructuración de pensamientos es una herramienta que no solo favorece el crecimiento personal de quienes dirigen, sino que también fortalece el tejido humano y profesional de toda la comunidad educativa. En ella se encuentra un camino hacia la mejora del clima de aprendizaje y hacia la construcción de entornos escolares donde predomine la empatía, la serenidad y la apertura al diálogo.
Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann
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