El caso de las y los 1064. Cuando la incertidumbre se vuelve estructura

“El problema de nuestro tiempo no es fundamentar los derechos, sino hacerlos efectivos.” – Norberto Bobbio

Hablar de esta problemática no es, para mí, un ejercicio distante ni meramente técnico. A muchas y muchos de quienes hoy forman parte de este grupo les conozco desde hace años. Algunos fueron mis alumnos en distintas Instituciones de Educación Superior que tuve la responsabilidad de dirigir; a otros, la vida profesional me dio la oportunidad de tratarles de cerca, escucharles y constatar su trayectoria. Por eso considero indispensable afirmarlo desde el inicio: aquí no hay improvisación ni capricho. Hay capacidad profesional, hay vocación, hay buena fe y hay una búsqueda genuina de alternativas razonables ante una situación que se ha prolongado demasiado. Y precisamente porque conozco a personas concretas detrás de la cifra —rostros, familias, historias—, me parece necesario reflexionar sobre lo que está ocurriendo, para que la sociedad no lo interprete como un conflicto sin sustento.

En el espacio público, cuando un tema se vuelve repetitivo o cuando dura años, tiende a perder nitidez ante los ojos de quienes no lo viven. Se vuelve “una nota más”, “un asunto de oficinas”, “un pleito de papeles”. Pero la realidad aquí es distinta: estamos ante un problema que combina tres dimensiones simultáneas. La primera es administrativa, porque involucra actos de autoridad, criterios de aplicación, retenciones y procedimientos. La segunda es jurídica, porque se relaciona con acuerdos previos, compromisos institucionales y con el respeto a condiciones bajo las cuales se generaron derechos y obligaciones. Y la tercera —la más delicada— es humana, porque las consecuencias se sienten en la estabilidad laboral, en la seguridad social y en la tranquilidad cotidiana de más de mil familias.

Para comprender el fondo, conviene enunciarlo de forma sencilla: estas y estos docentes fueron incorporados durante años a un régimen determinado, conforme a un acuerdo existente, conocido y vigente. Ese marco no fue inventado por los trabajadores; fue el propio gobierno quien les dio de alta bajo esas condiciones, y con base en ellas organizaron su vida laboral, su proyección de retiro y su certeza de seguridad social. El conflicto aparece cuando, tiempo después, se pretende reinterpretar o desconocer ese punto de partida y se coloca sobre el grupo una nueva lectura de lo que “debió” aplicarse, como si las reglas fueran retroactivas en los hechos, aunque nadie lo diga con esa palabra. Desde la experiencia de vida, esto se traduce en una amenaza muy concreta: que los años trabajados y cotizados bajo un régimen se reacomoden bajo otro, con costos mayores, plazos más largos y beneficios menores.

La preocupación se agrava porque, dentro de los planteamientos que han circulado, se percibe una lógica que resulta difícil de explicar a la ciudadanía sin que parezca injusta: se propone que el propio trabajador “pague” para que se reconfiguren sus condiciones, pagando más cuotas, aceptando trabajar más tiempo y recibiendo menos pensión, e incluso asumiendo parte de un “retroactivo” como si se tratara de una deuda personal, cuando lo que está en juego es una definición institucional sobre cómo se aplicó un acuerdo en el tiempo. No es extraño, entonces, que el grupo insista en algo muy básico: que se respete lo firmado y que se reconozca lo que durante años se ejecutó como regla válida, porque eso fue lo que dio certeza a su vida profesional.

En este tipo de controversias suele ocurrir algo que pocas veces se dice con franqueza: el problema no está solo en el “qué”, sino en el “cómo”. No basta con afirmar que habrá una solución; lo que la gente requiere es una ruta verificable, técnicamente clara y jurídicamente sólida. Cuando las propuestas se presentan como “negociaciones” que implican renunciar a derechos ya construidos, la percepción que se genera es de imposición y desgaste. Y el desgaste es doble: institucional, porque erosiona la confianza en los mecanismos de resolución; y personal, porque coloca a las y a los docentes en una constante incertidumbre sobre su futuro y sobre el acceso efectivo a prestaciones que no son un lujo, sino una parte esencial del salario diferido: atención médica, seguridad social, estabilidad y expectativa de retiro.

Es importante añadir otro aspecto que la sociedad suele desconocer: el impacto de la incertidumbre no es abstracto; se expresa en decisiones concretas y difíciles. Una familia reorganiza su economía cuando hay seguridad; pero cuando la seguridad social se percibe inestable, se detienen planes, se pospone la atención médica, se recalculan gastos, se vive con ansiedad constante. Además, en el imaginario social, la seguridad social suele verse como “un trámite”. Para quien la necesita —por edad, por enfermedad, por el simple paso del tiempo— se vuelve un asunto de supervivencia digna. Por eso este caso no debe leerse solo como una disputa sobre cuotas o regímenes, sino como un problema de estabilidad vital para más de mil hogares.

También debe decirse con claridad que el tema no ha sido invisible para las autoridades. Ha existido manifestación pública y se ha reconocido la preocupación en espacios políticos y legislativos. Se alude, precisamente, a la interpretación de un convenio de años atrás y a la existencia de retenciones que se consideran indebidas, así como a la necesidad de impulsar una mesa de trabajo y dar seguimiento cercano al asunto. Esto confirma dos puntos esenciales: que el planteamiento tiene contenido real y que existe materia objetiva para ser atendida. Lo que ha faltado no es el conocimiento del tema, sino el cierre institucional con una decisión justa, consistente y verificable.

Frente a todo esto, conviene evitar dos errores sociales muy frecuentes. El primero es suponer que el reclamo se explica por “resistencia al cambio”. Nadie rechaza por deporte las mejoras; lo que se rechaza es que el cambio implique retroceder en derechos, cargar costos injustificados y perder condiciones que se adquirieron legítimamente conforme a acuerdos vigentes. El segundo error es pensar que se trata únicamente de un conflicto “entre partes” y que, por tanto, a la sociedad no le compete. Sí le compete, porque la educación pública y sus condiciones de estabilidad laboral no son un asunto privado: inciden en la continuidad de los procesos escolares, en la salud institucional del sistema y en el mensaje que se envía a las nuevas generaciones sobre lo que significa dedicar una vida al servicio educativo.

Si una sociedad desea exigir calidad educativa, también debe entender que la calidad no se sostiene sobre incertidumbre estructural. La educación requiere instituciones confiables y docentes con estabilidad mínima para ejercer su labor sin la sombra constante de un futuro incierto. Por ello, el centro de la solución no debería ser “quién gana el debate”, sino cómo se construye un acuerdo de resolución que respete lo previamente pactado, valore la evidencia presentada, elimine retenciones indebidas cuando corresponda, y garantice certeza jurídica y administrativa para que este caso no se reproduzca indefinidamente.

El posicionamiento que aquí se expresa es sobrio y directo: que se aprecie la labor docente, que se valore con rigor la documentación y las pruebas que se presenten, y que se asuma —con responsabilidad institucional— que las decisiones administrativas tienen rostro humano. Que se entienda, además, que el tiempo en estos casos no es neutro: cada mes sin resolución equivale a más incertidumbre acumulada y a más desgaste social. Y que, por encima de todo, muy pronto tengamos buenas noticias: una solución satisfactoria y en favor de quienes han sostenido su vida profesional bajo reglas que no pueden cambiarse de manera injusta, porque cuando se vulnera la certeza de quienes educan, no solo pierde un trabajador; pierde una familia, pierde una comunidad y pierde el sistema educativo que pretendemos fortalecer. Porque la educación es el camino…

Pensiones Civiles del Estado: Entre la memoria del prestigio y la urgencia del rescate

Durante décadas, Pensiones Civiles del Estado fue uno de los organismos más reconocidos de Chihuahua por su eficiencia, su modelo solidario de atención médica y su capacidad para brindar servicios de calidad tanto a los trabajadores del estado como a sus familias. Su estructura, ejemplo a nivel nacional, combinaba una atención integral con una visión humanista que le permitió sostener durante años un equilibrio entre la prestación médica, las jubilaciones y los beneficios sociales. Sin embargo, lo que alguna vez fue símbolo de estabilidad y orgullo institucional, hoy se encuentra en una encrucijada que amenaza su viabilidad futura.

El problema de fondo no es nuevo. Los adeudos acumulados por distintas dependencias gubernamentales, que durante años omitieron cumplir con sus aportaciones, han generado una deuda estructural que hoy asfixia al sistema. Esa falta de liquidez repercute directamente en la operación diaria: procedimientos suspendidos, falta de medicamentos, cirugías aplazadas, limitación de insumos y carencia de pagos a hospitales subrogados. Desde hace meses, la organización sindical mantiene un plantón permanente como señal de alerta y protesta ante la falta de respuestas concretas que garanticen el pago de lo adeudado, pero sobre todo, la preservación de los derechos de los trabajadores activos y jubilados.

A pesar de este contexto adverso, dentro del propio organismo se han intentado impulsar acciones para mantener a flote el sistema. La apertura de un nuevo espacio de atención permanente 24/7 para pacientes no urgentes, la renovación del área de observación en urgencias, el espacio de las farmacias con medicamentos subrogados a un costado de la farmacia de la institución, la compra de mobiliario y la reorganización del estacionamiento —permitiendo ahora que pacientes en general, pero en particular con movilidad limitada accedan más fácilmente al área de consulta— son esfuerzos palpables que evidencian la voluntad institucional de mejorar. Sin embargo, estos avances contrastan con un panorama más amplio en el que la demanda rebasa la capacidad operativa, revelando una tensión constante entre la buena intención administrativa y la realidad económica.

El sistema enfrenta hoy una serie de restricciones que afectan directamente a los derechohabientes. Las clínicas privadas han limitado la recepción de pacientes derivados; las terapias requieren autorización de una sola especialista que debe determinar si continúan o no las sesiones retrasando meses la atención; y los servicios de radiología e imagenología presentan una saturación que obliga a las personas a inscribirse en listas de espera o depender de cancelaciones de último minuto porque en este año ya no hay. En muchos casos, la llamada “fila virtual” para conseguir cita con médico general o especialista ha dejado a los pacientes esperando más de diez meses o incluso un año para recibir atención. La tecnología, en lugar de resolver el problema, ha terminado por evidenciarlo con crudeza.

Esta situación no solo compromete la salud y el bienestar de miles de trabajadores del Gobierno del Estado y sus familias, sino que también pone en riesgo la sostenibilidad financiera del sistema de pensiones. La falta de recursos no solo limita la operación médica, sino que proyecta un futuro incierto respecto al pago de los compromisos financieros, que además uno no deja de preguntarse lo que sucederá en el largo plazo con respecto a las jubilaciones y pensiones. La legislación marca claramente que el gobierno estatal debe asumir el diferencial cuando los ingresos propios del organismo no sean suficientes, pero el cumplimiento de esa obligación no deja de ser un pendiente que inunda las charlas de café con insistencia.

Pensiones Civiles del Estado necesita más que una solución administrativa; requiere una política integral de rescate, basada en la transparencia, la corresponsabilidad y la voluntad política real de sanear las finanzas públicas. No se trata únicamente de saldar deudas, sino de recuperar la confianza de las y los trabajadores, así como de de reconstruir el prestigio de una institución que durante años fue sinónimo de seguridad, calidad y orgullo para Chihuahua. De no hacerlo, se corre el riesgo de que el colapso financiero se traduzca en una crisis humanitaria silenciosa que impactará no solo a los derechohabientes, sino a todo el sistema de salud pública estatal.

Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann

Docente y Abogado. Doctor en Gerencia Pública y Política Social

https://manuelnavarrow.com

manuelnavarrow@gmail.com

Y Pensiones… ¿Cuándo?

«La seguridad social no es un lujo, sino un derecho humano básico que debe garantizarse con calidad, eficiencia y equidad.» Amartya Sen

El magisterio en el estado de Chihuahua ha sido una pieza fundamental en la fundación, construcción y consolidación de Pensiones Civiles del Estado (PCE), institución que nació del esfuerzo colectivo y de la visión de proporcionar seguridad social digna a los trabajadores de la educación. Desde sus inicios, PCE representó un avance significativo en la protección de los derechos de los maestros y sus familias, garantizando acceso a servicios médicos, medicamentos y prestaciones sociales que por años fueron ejemplo de solidez y compromiso. Lamentablemente, con los años, la cantidad de organismos afiliados, el que muchos de ellos no tengan cubiertas sus aportaciones, la falta de adecuación legal, el desmerecimiento y desatención de la autoridad estatal para el fortalecimiento de la Institución, hacen que la realidad actual dista mucho de aquel ideal del inicio de PCE.

A pesar de las promesas recurrentes en campañas políticas y las declaraciones en medios de comunicación sobre mejoras en la calidad del servicio, la institución enfrenta una crisis evidente. Este deterioro se manifiesta en cada rincón de su operación, pero es especialmente crítico en el área de urgencias. En este espacio, destinado a brindar atención inmediata y de calidad en situaciones de emergencia, el panorama es desolador.

Ya no digamos el piso que tiene tantos tipos diferentes de cerámica como parches se le han hecho al edificio a lo largo de las últimas décadas al igual que la pintura de sus paredes, lo limitado del cuadro básico de medicamentos, las sábanas, ropa de médicos, falta de espacio, la falta de personal médico, insumos básicos y equipamiento adecuado deja a los derechohabientes en condiciones lamentables, esperando por horas o incluso días, en momentos en los que el tiempo resulta crucial para preservar la vida y la salud.

Sin embargo, el problema no solo radica en las carencias de urgencias, sino también en la cadena de atención que debería garantizar traslados oportunos a hospitales con los que la institución tiene convenios. Lamentablemente, estos espacios son insuficientes o presentan demoras interminables, perpetuando la incertidumbre y el sufrimiento de los pacientes y sus familias. Mientras tanto, el tiempo de espera para una cita con un especialista puede superar el año, una situación inadmisible cuando se trata de enfermedades graves o accidentes que requieren intervención inmediata. Los lamentables servicios de terapia, que solo se brindan una vez, puesto que se tiene a una doctora especialista en decir que ya no habrá más sesiones.

La falta de medicamentos, las largas listas de espera para estudios y la saturación de los servicios generan un triste panorama. Es evidente que PCE carece del fortalecimiento necesario por parte de las autoridades competentes. No se trata de una simple cuestión de percepción; el magisterio y sus familias enfrentan cotidianamente las consecuencias de un sistema que parece estar colapsando. Esto, en una institución que debería ser ejemplo de eficiencia y compromiso social, deja en evidencia el distanciamiento entre las necesidades reales y las prioridades que se asignan.

El magisterio del estado ha demostrado históricamente su inteligencia, formalidad y capacidad propositiva. La solución no debe enfocarse en divisiones partidistas, sino en la unidad y en la elaboración de propuestas que busquen el fortalecimiento de PCE. Es imperativo que se tomen acciones claras y contundentes, no solo para recuperar la dignidad de los servicios médicos, sino también para garantizar un futuro en el que la seguridad social deje de ser un privilegio y vuelva a ser un derecho fundamental. Porque la educación, es el camino…

Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann.

Doctor en Gerencia Pública y Política Social

https://manuelnavarrow.com

manuelnavarrow@gmail.com