Cuando el extranjero somos nosotros…

“El extranjero vive entre nosotros como una pregunta que no queremos responder.” – Zygmunt Bauman

Hace más de cuatrocientos años, en la Inglaterra de William Shakespeare, un joven jurista —Thomas More— se atrevía a decirle a una multitud enfurecida algo profundamente incómodo: que imaginaran por un momento que el extranjero no era el otro, sino ellos mismos. Que pensaran qué sentirían si fueran expulsados, humillados, despojados de su dignidad por el simple hecho de no pertenecer. El paso del tiempo no ha restado vigencia a esa reflexión; por el contrario, la ha vuelto inquietantemente actual. Hoy, en pleno siglo XXI, el rechazo al migrante no solo persiste, sino que se ha sofisticado bajo discursos legales, políticos y mediáticos que criminalizan la movilidad humana y desplazan la responsabilidad social hacia los más vulnerables.

En Estados Unidos, el fenómeno es particularmente visible. Las políticas migratorias de endurecimiento, las detenciones masivas, las deportaciones aceleradas y la narrativa que asocia migración con criminalidad han calado hondo en amplios sectores sociales. Durante años, el discurso político ha presentado a las personas migrantes como una amenaza al empleo, a la seguridad y a la identidad nacional, cuando en realidad la evidencia muestra que su aporte económico y social es sustantivo. Detrás de esa narrativa no hay únicamente miedo al “otro”, sino una forma clara de aporofobia: el rechazo no es al extranjero exitoso, sino al pobre, al vulnerable, al que llega sin recursos ni protección. El migrante deja de ser persona para convertirse en problema, expediente o cifra.

Desde México, con frecuencia observamos y denunciamos con razón ese trato indigno hacia nuestras paisanas y paisanos en territorio estadounidense. Señalamos las políticas restrictivas, las redadas, los muros físicos y simbólicos, y exigimos respeto a los derechos humanos. Sin embargo, pocas veces volteamos la mirada hacia dentro con la misma contundencia. En nuestro propio territorio, miles de personas migrantes provenientes de Centroamérica y Sudamérica enfrentan extorsiones, abusos, discriminación, detenciones arbitrarias, condiciones inhumanas en estaciones migratorias y un trato social marcado por el desprecio y la indiferencia. Nos indignamos por lo que otros hacen, pero normalizamos lo que nosotros permitimos.

Esa contradicción se vuelve aún más evidente cuando se escuchan las historias concretas. Recuerdo con claridad una experiencia personal durante un taller de liderazgo al que fui invitado por la UNESCO en Panamá. En aquel espacio coincidimos personas de Nicaragua, El Salvador, Honduras, Argentina, Panamá, Chile, México y otros países. Desde los primeros días, era perceptible un cierto recelo por parte de las y los compañeros centroamericanos hacia el grupo mexicano. Con el paso del tiempo y al construirse un clima de confianza, me atreví a preguntar al Maestro Guido, un referente intelectual salvadoreño, a qué obedecía esa distancia inicial. Su respuesta fue tan directa como reveladora: bastaba observar a cada persona salvadoreña presente para encontrar, detrás de ella, decenas de historias de familiares o amistades que habían sufrido vejaciones, humillaciones y malos tratos por parte de mexicanos durante su tránsito o estancia en nuestro país. Aquella conversación fue un punto de quiebre; ahí comprendí con mayor claridad la distancia entre el discurso que sostenemos y la realidad que muchas veces no queremos ver.

Más allá de la violencia ejercida por grupos delincuenciales —que sin duda existe y debe combatirse—, hay una violencia cotidiana, silenciosa y socialmente aceptada: la de ignorar, deshumanizar y responsabilizar al migrante de su propia desgracia. La de asumir que su pobreza es una falla moral y no el resultado de estructuras económicas, políticas y sociales profundamente desiguales. Esa misma lógica opera también en Estados Unidos, donde hoy múltiples grupos migrantes viven una persecución constante, alimentada por discursos que prometen orden y seguridad a costa de la dignidad humana.

El texto de Shakespeare interpela precisamente ahí. Nos recuerda que la ley, cuando se divorcia de la humanidad, se convierte en instrumento de injusticia; y que la indignación selectiva es una forma de autoengaño. Condenar el maltrato al migrante en otros países mientras se tolera —o se ejerce— en el propio, no es una postura ética, sino una cómoda evasión. La verdadera prueba moral de una sociedad no está en cómo defiende a los suyos, sino en cómo trata a quienes no tienen voz, poder ni pertenencia.

Quizá por eso el monólogo sigue incomodando siglos después. Porque nos obliga a mirarnos en el espejo y a reconocer que el problema no es solo la migración, sino nuestra incapacidad colectiva para reconocer al otro como igual. Mientras sigamos confundiendo extranjería con amenaza y pobreza con culpa, seguiremos repitiendo la misma historia que Shakespeare denunció: la de pueblos que, cegados por el miedo, olvidan que el destino puede convertirlos, en cualquier momento, en aquello que hoy desprecian.