Cuando educar se vuelve vulnerable

“La autoridad del docente no proviene de la imposición, sino del reconocimiento social de su función y de la justicia del sistema que lo respalda.” – François Dubet

En los últimos años, en México se han acumulado diversos casos que evidencian una fractura preocupante en la convivencia escolar y, de manera particular, en el reconocimiento social y jurídico de la labor docente. Agresiones verbales, amenazas, denuncias infundadas, exposición pública en redes sociales y procedimientos administrativos iniciados sin el debido cuidado del debido proceso se han convertido en experiencias cada vez más frecuentes para maestras y maestros de distintos niveles educativos. Estos hechos, lejos de ser episodios aislados, reflejan un clima en el que la figura del docente se ha visto debilitada, no solo en términos simbólicos, sino también en cuanto a las garantías mínimas para ejercer su función con seguridad, certeza y dignidad.

Resulta paradójico que, en un contexto donde se exige a la escuela formar en valores democráticos, respeto, ética y responsabilidad social, se tolere o minimice el menoscabo a la autoridad profesional de quienes encarnan cotidianamente esa tarea formativa. La autoridad docente no es un privilegio personal ni una concesión arbitraria; es una condición funcional indispensable para que el proceso educativo se desarrolle en un entorno de confianza, orden y cuidado mutuo. Cuando esta autoridad se erosiona, no solo se afecta al profesorado, sino que se compromete el derecho del alumnado a aprender en un espacio seguro y pedagógicamente significativo.

La experiencia comparada, como la que se observa en legislaciones como la Ley 15/2010 en España, muestra que el reconocimiento jurídico del profesorado como autoridad pública, la presunción de veracidad de su palabra en el ejercicio de sus funciones y la protección frente a la calumnia, la difamación y la agresión no buscan imponer jerarquías vacías ni silenciar el disenso. Por el contrario, establecen un marco claro de responsabilidades compartidas que delimita con precisión la diferencia entre la crítica legítima y el hostigamiento, entre el desacuerdo y la violencia simbólica o material. Este tipo de normas envían un mensaje contundente: la convivencia escolar no puede sostenerse sobre la desprotección de quienes educan.

En el caso mexicano, a pesar de esfuerzos incipientes en términos le legislación, la reiteración de conflictos y la ausencia de un respaldo normativo explícito y homogéneo a nivel nacional hacen evidente la necesidad de impulsar acciones concurrentes que fortalezcan estas líneas. No se trata únicamente de reformas legales, sino de una política pública integral que articule legislación, protocolos institucionales, formación en cultura de la legalidad y estrategias de concientización social. Reconocer al profesorado, proteger su honor profesional, establecer consecuencias claras frente a la difamación o la agresión y garantizar procedimientos justos ante cualquier señalamiento son pasos indispensables para reconstruir el tejido de confianza en los centros educativos.

Hacer explícitas estas líneas en el marco nacional implica asumir que la dignificación de la docencia es un asunto de interés público. Implica también reconocer que sin respeto mutuo, sin reconocimiento de la autoridad profesional y sin respaldo institucional, cualquier discurso sobre innovación educativa, mejora continua o transformación pedagógica queda vacío de contenido. Fortalecer al profesorado no es un acto corporativo ni defensivo; es una apuesta por una educación más justa, más ética y más coherente con los valores que se pretende formar en niñas, niños y adolescentes. En última instancia, proteger a quienes enseñan es también enseñar, con el ejemplo, que el respeto y la responsabilidad no son opcionales en una sociedad que aspira a ser verdaderamente democrática. Porque la educación es el camino…

1º de mayo. Revalorizar la dignidad docente

«Es indispensable pensar en la dignidad de quienes enseñan, en el cuidado ético y político de sus cuerpos y voces, sobre todo cuando se ven silenciadas o atacadas injustamente.» Carlos Skliar

Este 1º de mayo, día internacional del trabajo, es necesario dirigir una mirada crítica y propositiva hacia el marco legal que regula las condiciones laborales del magisterio en México. La labor docente, eje central en la formación de ciudadanos y en el desarrollo social, no puede seguir estando sujeta a legislaciones que, si bien contemplan derechos generales, resultan insuficientes frente a las características específicas, los riesgos inherentes y las dinámicas complejas que atraviesan el ejercicio de la profesión educativa.

La educación no es solo un derecho, es un servicio público de interés superior, y quienes lo sostienen —las maestras y maestros— requieren una protección jurídica que reconozca de manera diferenciada la naturaleza y los riesgos de su actividad profesional. Es urgente que el Congreso de la Unión impulse reformas profundas que permitan adecuar la legislación federal en materia laboral, civil y penal, para garantizar no solo condiciones materiales dignas, sino también protección efectiva ante las amenazas que, cada vez más, vulneran el ejercicio libre, ético y seguro de la docencia.

El caso de la maestra Tere en Querétaro, que por cierto está de “permiso sin goce de sueldo” desde dos días antes de que se le terminara su incapacidad médica, y con ejemplos similares que se replican en otras entidades del país, es un triste espejo de esta realidad. 

Uno de los primeros aspectos que debe fortalecerse es la consagración explícita de la función docente como actividad de interés público prioritario, lo que implica otorgar garantías específicas para el resguardo de la integridad física, emocional y profesional del personal educativo frente a acusaciones infundadas, campañas de desprestigio o presiones sociales y políticas. No se trata de conferir privilegios, sino de reconocer que el magisterio, por la naturaleza de su relación directa con infancias y juventudes, enfrenta una exposición pública que amerita procedimientos más garantistas y marcos de protección más claros. Al mismo tiempo, deben establecerse mecanismos legales para sancionar el uso doloso o temerario de denuncias falsas contra trabajadores de la educación, protegiendo su derecho al honor, a la estabilidad laboral y a la reparación del daño en caso de ser afectados injustamente.

Es indispensable también impulsar la existencia de protocolos de atención y actuación obligatorios en todo el sistema educativo nacional, en los que se regule cómo deben recibirse, investigar y resolver las quejas o denuncias relacionadas con la función docente. Estos protocolos deben garantizar investigaciones objetivas, resguardar los derechos de todas las partes, asegurar la confidencialidad del proceso y prohibir cualquier tipo de medida o represalia anticipada antes de la resolución definitiva.

Por otra parte, la legislación debe imponer al Estado la obligación de establecer programas nacionales de concientización sobre el respeto a la función docente y sobre la responsabilidad social en la presentación y tratamiento de quejas. No basta con protegerles en el papel o en discursos; es necesario transformar las prácticas culturales que hoy permiten que la sospecha y el linchamiento mediático sustituyan al derecho y al debido proceso.

Se requiere legislar el derecho de las y los docentes a contar con acompañamiento jurídico, psicológico y administrativo inmediato en cualquier procedimiento que les involucre, garantizando su protección integral mientras se esclarecen los hechos. Este acompañamiento debe ser gratuito, especializado y sensible a la naturaleza de la función educativa. Porque la educación es el camino…

Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann.

Doctor en Gerencia Pública y Política Social

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manuelnavarrow@gmail.com

La urgente ley Tere

«En tiempos de crisis, la justicia se torna frágil frente a la presión de las masas y los juicios apresurados.» Hannah Arendt (1963)

En un país donde la opinión pública se enciende con facilidad y las redes sociales fungen como juez y verdugo, el caso de la maestra Tere en Querétaro, se ha convertido en un símbolo alarmante de lo que ocurre cuando la desinformación, los intereses personales y la falta de rigor jurídico se combinan peligrosamente. Lo que inicialmente parecía una denuncia legítima de padres de familia por supuestos malos tratos hacia estudiantes, ha desembocado en una situación de profunda injusticia.

La historia comenzó con una acusación lanzada por una madre de familia, quien, desde su posición como tesorera del comité de padres, utilizó plataformas digitales para denunciar a la maestra Tere por faltas laborales que, según lo confirmado por autoridades educativas, estaban plenamente justificadas por razones médicas tras un proceso quirúrgico. Sin embargo, éstas fueron aprovechadas como pretexto para movilizar una campaña de desprestigio que tomó fuerza con el uso de redes sociales y presiones mediáticas. La comunidad escolar no tardó en polarizarse y, bajo el peso del escándalo, surgieron señalamientos más graves sin evidencia suficiente: la presunta violencia de género en contra de estudiantes.

La situación alcanzó un punto crítico cuando se detuvo a la maestra, a pesar de que no existían elementos probatorios contundentes que acreditaran algún tipo de maltrato. Las propias autoridades educativas habían avalado que la docente actuó conforme a la ley, solicitando incluso su reubicación temporal para no afectar el desarrollo del grupo, respetando siempre sus derechos laborales y de salud. No obstante, la presión ejercida por un pequeño grupo de madres, encabezado por la quejosa, fue creciendo. En redes sociales se convocó incluso a una denuncia colectiva que pretendía forzar su destitución. La misma madre de familia que inició esta denuncia, y quien cuenta con vínculos cercanos con la fiscalía según versiones de la comunidad, nunca habló directamente de violencia en las entrevistas concedidas, lo que agrava aún más la sospecha sobre la legitimidad de sus acusaciones.

Este caso pone sobre la mesa un problema estructural que requiere atención inmediata: la indefensión del personal docente frente a denuncias sin fundamentos. En México, la Constitución establece que toda persona es inocente hasta que no se demuestre lo contrario, sin embargo, situaciones como esta evidencian lo contrario. Se ignora el principio del debido proceso y se sustituye por juicios paralelos que no requieren pruebas, solo indignación digital. ¿Cuántos maestros y maestras están atravesando, desde la invisibilidad, momentos de angustia, incertidumbre y profundo dolor por acusaciones infundadas que alteran sus vidas, dañan su reputación y afectan sus proyectos personales y profesionales?.

Así, ha surgido una iniciativa ciudadana conocida como “Ley Tere”, que busca establecer un marco jurídico para sancionar las denuncias falsas que se hagan con dolo y sin evidencia, y que pretende reparar el daño causado a docentes afectados, mediante acciones como la limpieza de su imagen profesional, apoyo emocional y legal, y el resguardo de su dignidad durante los procesos legales. Esta ley no busca frenar el derecho legítimo a denunciar, sino obligar a que las acusaciones se sustenten en pruebas reales, y que quienes abusan del sistema para saldar cuentas personales enfrenten consecuencias proporcionales.

Estamos llamados a reflexionar profundamente sobre lo ocurrido. ¿Qué clase de mensaje enviamos cuando permitimos que el escarnio sustituya al debido proceso? ¿Qué consecuencias sociales, familiares y psicológicas cargará una maestra cuya única falta fue enfermarse y exigir sus derechos laborales? ¿Cuántos más deberán vivir esta pesadilla para que entendamos que las aulas no pueden ser campo de batalla para venganzas personales? Porque la educación es el camino…

Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann.

Doctor en Gerencia Pública y Política Social

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manuelnavarrow@gmail.com