“Los estudios de bioequivalencia se realizan en voluntarios sanos y pueden no predecir bioequivalencia en estado de equilibrio en pacientes, particularmente para formulaciones de liberación modificada. Datos de uso clínico y reclamaciones administrativas pueden ser usados para vigilar discontinuaciones y resultados de salud tras cambios de marca.” – D. Kharasch
En Pensiones Civiles del Estado como en otros sistemas públicos de salud, la sustitución de medicamentos por razones administrativas y presupuestales se ha vuelto una práctica cotidiana. A veces se trata de cambiar una marca por otra que contiene el mismo principio activo; en otros casos, se reemplaza un fármaco por otro considerado “equivalente” dentro de una misma guía terapéutica. El problema aparece cuando estas decisiones se toman lejos del consultorio, sin informar al paciente y con escasa participación del médico tratante. A eso podemos llamarle sustitución silenciosa, un cambio que ocurre en la receta real, pero casi nunca en la conciencia de quienes deberían estar en el centro del sistema, los pacientes.
Los medicamentos genéricos son, en términos generales, aliados indispensables de la salud pública. Gracias a ellos, millones de personas acceden a tratamientos antes inaccesibles, y los sistemas de salud pueden destinar recursos a otras necesidades igualmente urgentes. Para ser autorizados, los genéricos deben demostrar calidad y bioequivalencia respecto al producto de referencia. Los estudios que se utilizan para ello comparan, en voluntarios sanos, cómo se absorbe y elimina el fármaco, y establecen márgenes de equivalencia que, en la mayoría de los casos, se traducen en una eficacia y seguridad comparables. Desconfiar de todos los genéricos por igual sería tan injusto como imprudente.
Pero también sería ingenuo suponer que la bioequivalencia lo resuelve todo. Esos estudios se realizan en condiciones controladas y con sujetos sin las enfermedades, comorbilidades y tratamientos concomitantes que caracterizan a muchos pacientes reales. La práctica clínica muestra que, en determinados contextos, pequeñas variaciones en la concentración de un fármaco pueden tener consecuencias relevantes. No porque el genérico sea “malo”, sino porque ciertos medicamentos operan en márgenes muy estrechos entre la dosis eficaz y la tóxica, o porque su formulación (por ejemplo, de liberación prolongada) juega un papel crucial en la estabilidad del cuadro.
En ese terreno aparecen los llamados medicamentos de índice terapéutico estrecho: varios antiepilépticos, algunos psicofármacos, inmunosupresores, anticoagulantes orales y otros fármacos críticos. En un paciente que vive al filo entre la estabilidad y la recaída —una persona con epilepsia controlada, alguien con un trastorno mental grave, un trasplantado que depende de un inmunosupresor preciso—, un cambio no planeado de marca o de formulación puede marcar la diferencia entre seguir estable o sufrir una crisis, una descompensación o un efecto adverso importante. Allí, la sustitución automática dicta una medicina basada más en la logística que en el juicio clínico.
El punto es preciso: no todos los medicamentos ni todos los pacientes son iguales. Hay fármacos de uso común —antibióticos habituales, muchos antihipertensivos, analgésicos sencillos— para los que la sustitución genérica rara vez genera problemas clínicamente relevantes. Pero hay otros para los que el principio de prudencia exige un manejo distinto: evitar cambios innecesarios, informar de forma clara, vigilar de cerca los primeros días o semanas.
La dimensión ética de este fenómeno es difícil de ignorar. Cambiar un medicamento a una persona que se encuentra estable, sin explicarle qué se modificó, por qué se hizo y qué consecuencias puede tener, golpea directamente el principio de autonomía. El paciente deja de ser sujeto de decisiones para convertirse en objeto de ajustes administrativos. La frase “es lo mismo” puede ser tranquilizadora cuando resume de forma honesta la evidencia disponible, pero se vuelve engañosa cuando encubre incertidumbres o cuando se usa para evitar una conversación incómoda sobre las limitaciones del sistema. El ahorro no puede construirse sobre la omisión deliberada de información.
En el plano jurídico, la situación también plantea preguntas incómodas. Las normas de salud suelen exigir que los tratamientos y sus modificaciones se registren en el expediente clínico, y que las personas reciban información suficiente para consentir o rechazar intervenciones. Si el medicamento que llega a la mano del paciente no corresponde exactamente a lo que se consignó en la receta o en el expediente —o si el cambio obedece a una licitación y no a una decisión clínica documentada—, la trazabilidad del acto médico se debilita. ¿Quién responde ante una descompensación si no queda claro quién decidió el cambio, sobre qué información y con qué criterios?
Existe además una dimensión menos visible pero igual de relevante: la confianza. Cuando el paciente descubre que su tratamiento cambió sin avisarle, el mensaje que recibe es sencillo: “no era importante que lo supieras”. Incluso si el nuevo fármaco funciona bien, queda la sospecha de que se tomó una decisión a sus espaldas. En un contexto de creciente desconfianza institucional, cualquier indicio de opacidad puede alimentar efectos nocebo, abandono del tratamiento o ruptura de la relación terapéutica. La percepción de “medicina de segunda” no surge sólo del precio, sino de la forma en que se comunica —o se oculta— el cambio.
Los profesionales de la salud tampoco salen indemnes. En servicios donde la rotación de insumos es alta y el margen de decisión es bajo, los médicos y las enfermeras se ven obligados a justificar cambios que ellos mismos no pudieron elegir ni evaluar. Esto genera desgaste moral: la sensación de que la responsabilidad clínica sigue siendo suya, pero las decisiones reales se toman lejos del paciente y del consultorio. La indicación implícita es clara: la prescripción es negociable en función del inventario, y el paciente es el último en enterarse.
Hay fármacos cuya sustitución puede ser automática, siempre que cumplan criterios rigurosos de calidad y bioequivalencia y que el paciente sea informado de manera sencilla. Hay otros en los que el cambio debería pasar por el filtro del médico tratante y quedar documentado en el expediente, con un plan explícito de seguimiento. Y hay un núcleo duro —los medicamentos de índice terapéutico estrecho y las formulaciones críticas en pacientes vulnerables— en el que, más que sustituir, conviene preservar la estabilidad salvo razones de fuerza mayor más que sólo adminsitrativa.
También hay que fortalecer los mecanismos de información. No se necesita un tratado para explicar a un paciente que su medicamento cambiará de marca, que se espera que funcione igual, pero que, si nota cualquier cambio significativo, debe comunicarlo de inmediato. Bastan unos minutos de conversación clara y una breve nota escrita. Cuando la información fluye, muchas resistencias se desactivan y la propia persona se convierte en un aliado en la vigilancia de su tratamiento. Cuando se le oculta, en cambio, cualquier malestar posterior corre el riesgo de interpretarse como traición.
Luego está la farmacovigilancia y la evaluación de políticas. Si un hospital, un estado o un país decide cambiar de proveedor para un medicamento crítico, debería acompañar esa decisión con un monitoreo más estrecho de eventos adversos y resultados clínicos, al menos durante un tiempo. No para confirmar prejuicios, sino para aprender de la realidad. Las historias de recaídas o descompensaciones no pueden quedar sólo en el anecdotario de pasillo; deben traducirse en datos verificables que permitan ajustar guías, restringir sustituciones automáticas cuando haga falta y reforzar la confianza cuando los cambios resulten inocuos.
Lo que está en juego es si se seguirá haciendo a espaldas de los usuarios o de cara a ellos; si será un acto puramente administrativo o un proceso clínico razonado; si reforzará la idea de un sistema que ahorra a costa de los más vulnerables, o la de un sistema que cuida sus recursos sin descuidar su responsabilidad moral. La elección no es técnica, es política y ética. Y el primer paso para tomarla con responsabilidad es dejar de tratar la sustitución como un movimiento silencioso en la sombra del almacén, y asumirla como lo que realmente es: una decisión terapéutica que merece discusión, transparencia y rendición de cuentas. Porque comprender la realidad es el primer paso para decidir con responsabilidad……
