“La educación no es para la sociedad más que el medio por el cual logrará crear en el corazón de las jóvenes generaciones las condiciones esenciales para su propia existencia.” – Émile Durkheim
La educación nunca es neutral. Cada aula, cada programa de estudio, cada práctica docente y cada forma de evaluar transmite una idea de persona, de sociedad y de futuro. Por eso, cuando se discute el sentido de la educación en México, no se está hablando únicamente de contenidos escolares, sino del tipo de ciudadanía que se desea formar. La escuela no solo enseña matemáticas, lectura, ciencias o historia; enseña también a mirar al otro, a respetar reglas comunes, a colaborar, a competir, a obedecer, a cuestionar, a cuidar o a desentenderse de lo que ocurre alrededor.
Durante varias décadas, buena parte del discurso educativo colocó en el centro la formación por competencias. En su mejor versión, este enfoque permitió reconocer que no bastaba memorizar contenidos, sino que era necesario aprender a resolver problemas, comunicarse mejor, adaptarse a los cambios, trabajar con eficiencia y participar en entornos laborales cada vez más exigentes. Para un país como México, con enormes desafíos productivos, tecnológicos y económicos, esa orientación no debe ser despreciada. Una nación necesita personas capaces de emprender, innovar, crear valor, mejorar procesos, incorporarse dignamente al mundo laboral y contribuir al desarrollo económico.
Sin embargo, el riesgo aparece cuando la educación por competencias se reduce a una lógica de desempeño individual. Cuando el éxito se mide solamente por la capacidad de destacar por encima de los demás, de competir, de acumular logros personales o de responder a las demandas del mercado, la escuela puede terminar formando individuos funcionales, pero no necesariamente ciudadanos solidarios. Se puede formar a alguien muy competente para ganar, pero poco preparado para convivir; muy apto para producir, pero indiferente ante el dolor ajeno; muy hábil para avanzar individualmente, pero incapaz de comprender que la vida social exige corresponsabilidad.
México conoce demasiado bien las consecuencias de una convivencia deteriorada. No se trata, por supuesto, de afirmar que la violencia, la corrupción o el individualismo social sean producto exclusivo de la escuela. Sería injusto y simplista. La violencia que vive el país responde a causas profundas: desigualdad, impunidad, crimen organizado, debilidad institucional, exclusión, pobreza, corrupción y pérdida de confianza en las autoridades. Pero también sería ingenuo negar que la educación puede contribuir, para bien o para mal, a la construcción de la cultura cotidiana con la que las personas se relacionan entre sí.
El individualismo se aprende muchas veces en actos pequeños. Se expresa en quien se mete en la fila porque considera que su tiempo vale más que el de los demás; en quien tira basura en la calle porque supone que alguien más debe recogerla; en quien invade espacios destinados a personas con discapacidad; en quien maneja con agresividad como si la vía pública fuera una extensión de su enojo; en quien usa influencias para resolver trámites; en quien evade reglas porque cree que cumplirlas es para los ingenuos; en quien confunde astucia con abuso y éxito con ventaja personal. Son prácticas aparentemente menores, pero revelan una fractura ética: la incapacidad de reconocer que lo común también nos pertenece y nos obliga.
Cuando esa lógica escala, la vida social se vuelve más dura. El otro deja de ser vecino, compañero, estudiante, ciudadano o semejante, y empieza a ser obstáculo, amenaza, competencia o instrumento. En esa cultura, la empatía se debilita, la autoridad se confunde con imposición, la norma se respeta solo si hay castigo y la comunidad se convierte en una palabra decorativa. Una sociedad así puede producir profesionistas exitosos, empresarios audaces y trabajadores eficientes, pero también puede generar ciudadanos desconectados del destino colectivo.
Por eso resulta relevante el giro que plantea la Nueva Escuela Mexicana al colocar nuevamente en el centro la comunidad, el humanismo, la inclusión, la igualdad, la interculturalidad, el pensamiento crítico y la vida democrática. Su apuesta más importante no está solamente en modificar planes de estudio, sino en recordar que la educación debe formar personas completas: capaces de aprender, trabajar y producir, pero también de cuidar, participar, dialogar, respetar y transformar su entorno.
La comunidad no debe entenderse como nostalgia ni como discurso romántico. No se trata de volver al pasado ni de idealizar la vida colectiva. La comunidad debe entenderse como el espacio concreto donde la educación adquiere sentido: la colonia, el barrio, el ejido, la escuela, la familia, el municipio, la región. Educar comunitariamente significa que los problemas reales entren al aula: el agua que falta, la basura que se acumula, la violencia que lastima, la discriminación que excluye, la soledad de los adultos mayores, el deterioro de los espacios públicos, la desigualdad entre estudiantes, la falta de oportunidades para los jóvenes.
Pero este regreso a la comunidad no debe implicar una ruptura con el sector productivo. México no puede darse el lujo de formar generaciones alejadas de la ciencia, la tecnología, la innovación, el emprendimiento y el trabajo. La escuela debe dialogar con las empresas, las universidades, las organizaciones sociales y las instituciones públicas. El desafío no es elegir entre mercado o comunidad, sino construir un equilibrio inteligente: productividad con ética, emprendimiento con responsabilidad social, competencia con cooperación, excelencia con justicia.
Una educación verdaderamente integral debe enseñar a los estudiantes a desarrollar un proyecto personal de vida, pero también a preguntarse qué impacto tiene ese proyecto en los demás. Debe formar jóvenes capaces de crear una empresa, pero también de hacerlo sin destruir el entorno ni precarizar a otros. Debe formar profesionales competitivos, pero no indiferentes. Debe enseñar a ganar, sí, pero también a compartir, a reparar, a escuchar, a reconocer límites y a respetar reglas comunes.
Ahí está quizá una de las tareas más urgentes de la educación mexicana: humanizar las competencias. Integrar los saberes, conocimientos y aquello que implique la convivencia en comunidad. Competente no debería ser solamente quien resuelve mejor un problema individual, sino quien pone su conocimiento al servicio de una solución colectiva. Competente no debería ser solo quien consigue empleo, sino quien entiende el valor social de su trabajo. Competente no debería ser únicamente quien destaca, sino quien contribuye.
México necesita una escuela que forme personas capaces de producir riqueza, pero también de construir paz; capaces de innovar, pero también de cuidar; capaces de competir en el mundo, pero también de convivir en su comunidad. Porque una nación no se levanta únicamente con individuos exitosos. Se levanta con ciudadanos capaces de comprender que ningún éxito personal tiene sentido pleno si se construye sobre la indiferencia, el abuso o la ruptura del tejido social.
Educar para competir puede abrir puertas. Educar para convivir puede salvarnos como sociedad. La tarea de nuestro tiempo consiste en no renunciar a ninguna de las dos dimensiones, sino en reconciliarlas bajo una idea más alta de educación: aquella que forma seres humanos capaces de realizarse a sí mismos sin olvidar que viven con otros, entre otros y para otros. Porque la educación es el camino…
