Un liderazgo distribuido ayuda…

En los centros escolares, el liderazgo no debería recaer únicamente en una sola persona. Por el contrario, cuando se abren espacios para que distintas voces participen en la toma de decisiones, se generan nuevas oportunidades para innovar, se fortalecen los lazos entre colegas y se promueve un ambiente de mayor corresponsabilidad. Esta forma de conducir las escuelas impulsa no solo el desarrollo de quienes dirigen, sino también de quienes colaboran con ellos, lo que inevitablemente impacta de manera positiva en el ambiente donde las niñas, niños y adolescentes aprenden.

Distribuir las responsabilidades no significa perder el rumbo, sino multiplicar las posibilidades de construir soluciones más creativas, pertinentes y cercanas a las realidades que se viven en las aulas y pasillos. Como lo plantean Harris y Spillane (2008), al repartir el liderazgo se incrementan las oportunidades para transformar positivamente el entorno escolar. Se mejora el ánimo colectivo, se propicia un clima de respeto y colaboración, y se crea un espacio donde todas las personas se sienten parte activa del proyecto educativo.

Es fundamental que las y los directores escolares comprendan el poder transformador que tiene el compartir responsabilidades. Al hacerlo, no solo alivian cargas individuales, sino que también empoderan a su equipo docente y administrativo, fomentan una cultura de participación y fortalecen la comunidad educativa. El resultado no se hace esperar: mejores relaciones laborales, ambientes más armónicos y, sobre todo, condiciones más favorables para el aprendizaje de las y los estudiantes.

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Cuando lo inesperado puede suceder

“Cuando se culpabiliza al maestro como forma de gestionar el dolor social, se desplaza la responsabilidad institucional hacia el eslabón más vulnerable del sistema.” Marina Garcés

En los centros escolares, cada jornada está llena de múltiples interacciones: niñas, niños y adolescentes se desplazan, dialogan, juegan, debaten, se emocionan y a veces, se confrontan. Todo este entramado cotidiano sucede bajo la mirada atenta, aunque no omnipresente, del personal docente y directivo, quienes además de su labor pedagógica, son responsables del cuidado, bienestar y protección de sus estudiantes. 

En este contexto, cada momento puede convertirse, potencialmente, en un accidente, en un evento crítico. Basta un tropiezo en el baño, un empujón en la fila o una caída en el patio para que la escuela, el profesorado y la dirección se vean de pronto expuestos a juicios públicos, reclamos familiares o incluso procesos legales. Las imágenes compartidas en redes dan cuenta del hartazgo silencioso del personal educativo ante una constante: ser responsabilizados por situaciones que muchas veces escapan completamente de su control.

La ironía de que el docente pueda ser considerado culpable incluso si un niño se desmaya en los honores a la bandera, otro niño lo empuja jugando o tropieza con sus propias agujetas revela la vulnerabilidad estructural a la que está expuesto el magisterio. Se espera que la escuela sea un espacio de cuidado absoluto, pero pocas veces se reconocen las limitaciones reales con las que opera. Por eso, resulta urgente crear protocolos de actuación y abrir paso a herramientas que, más allá de culpar o excusar, permitan comprender, registrar, contar con testigos de los hechos y aprender de estas situaciones. Aquí entra en juego una propuesta que ha circulado Pilar Pozner sobre los incidentes críticos, no como un acto burocrático, sino como una vía reflexiva, ética y estratégica para prevenir riesgos.

Documentar hechos a través de una bitácora con detalle, contexto, acciones realizadas y firmas, no solo brinda certeza jurídica, también permite visibilizar lo que muchas veces se ignora: que el personal docente sí actuó, que sí advirtió, que sí buscó soluciones. Estos marcos no solo son útiles para la convivencia pacífica, también brindan sustento para que el personal docente no quede en el desamparo cuando se enfrenta a eventos que comprometen su integridad profesional. Casos como el del maestro Esteban muestran la necesidad de contar con evidencia documentada para evitar tortuosos procesos administrativos, escarnio social y desgaste emocional.

Por ello, animar al personal directivo y docente a llevar un registro en una bitácora profesional no es un acto defensivo, es una práctica de cuidado mutuo. Se trata de comprender que cada palabra, cada intervención oportuna y cada omisión también pueden ser reconstruidas a partir de la memoria escrita. Registrar una situación crítica no implica desconfianza, sino fortalecer una cultura de responsabilidad compartida, donde se sepa qué ocurrió, cómo se actuó y qué acuerdos se generaron. Cada acta debe especificar la fecha, relatoría de hechos, acciones ejecutadas, firmas de testigos, autoridad inmediata y del docente, con copia resguardada.

Frente a un escenario donde los riesgos escolares son tan diversos como impredecibles, asumir esta práctica como parte de una pedagogía de la corresponsabilidad puede prevenir conflictos futuros. Porque quien educa con compromiso merece también un marco que le proteja. Registrar no es solo prevenir, es dignificar la labor de quienes, día tras día, enseñan, cuidan y responden por infancias que, a pesar de todo, siguen corriendo, jugando, aprendiendo… y necesitando que alguien esté ahí, incluso cuando todo se pone en juego. Porque la educación es el camino…

Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann

Docente y Abogado. Doctor en Gerencia Pública y Política Social

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manuelnavarrow@gmail.com

La importancia del clima escolar

Cuando las condiciones al interior de una escuela son propicias, todo cambia: el ánimo mejora, el diálogo se vuelve más constructivo y los conflictos tienden a resolverse con mayor madurez. En estos entornos, el aprendizaje fluye con naturalidad, el compromiso del personal se fortalece y la colaboración entre docentes, directivos, estudiantes y familias se convierte en una práctica cotidiana. Esta realidad, que tantos hemos experimentado en algún momento de nuestras trayectorias, no es producto del azar: requiere una construcción consciente, intencionada y sostenida por parte de quienes dirigen las escuelas.

Los equipos directivos tienen un papel clave en este proceso. Su labor diaria, cuando está orientada al fortalecimiento del trabajo colaborativo, a la mejora del ambiente laboral, al acompañamiento respetuoso y a la creación de condiciones de confianza, tiene un impacto directo en el bienestar de toda la comunidad escolar. De ahí la importancia de que se formen, se acompañen y se reconozcan como agentes de cambio comprometidos con el desarrollo humano y pedagógico de quienes forman parte de sus instituciones.

Como bien plantean Hargreaves y Fink (2006), cuando el clima escolar es favorable, se abre paso a una dinámica en la que aprender se vuelve más sencillo, más significativo y más compartido. Apostar por mejorar estos entornos es apostar por el derecho a aprender en condiciones dignas, seguras y enriquecedoras.

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Coordinación de acciones en el centro educativo

Cuando hablamos del trabajo que realizan quienes asumen funciones de conducción en los centros escolares, es imprescindible reconocer que uno de los desafíos más relevantes radica en lograr que todas las personas involucradas en la vida escolar avancen hacia una misma meta común. Esta labor no se logra con instrucciones aisladas ni con actos individuales, sino a partir de una construcción colectiva, donde cada integrante del equipo docente y administrativo se sienta parte de un propósito compartido.

Tal como lo expresa Weinstein (2011), coordinar implica más que organizar: significa propiciar un sentido compartido, alinear voluntades y garantizar que todas y todos caminen en la misma dirección. Este planteamiento adquiere gran valor en el día a día escolar, donde las decisiones deben fomentar la participación, la corresponsabilidad y la sintonía entre las distintas voces que integran la comunidad educativa.

Para lograrlo, es fundamental fortalecer el trabajo directivo con base en prácticas que favorezcan el diálogo, el reconocimiento de saberes diversos, la creación de consensos y el establecimiento de prioridades que respondan verdaderamente a las necesidades de los estudiantes. La labor de quien dirige se convierte entonces en una tarea profundamente humana y pedagógica, que requiere escucha activa, empatía, claridad de rumbo y compromiso con el desarrollo de un entorno donde todas y todos puedan aprender y crecer.

La mejora en el trabajo colaborativo, la construcción de relaciones laborales sanas y la creación de un ambiente escolar acogedor, son elementos indispensables para que las niñas, niños y adolescentes encuentren en la escuela un espacio de desarrollo integral. La coordinación, en este sentido, no es una técnica, es una convicción: la de que caminar juntos siempre tiene más fuerza que avanzar solos.

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Conocer realmente al equipo de trabajo

En el trabajo cotidiano de quienes asumen responsabilidades de conducción escolar, pocas cosas resultan tan fundamentales como la capacidad de conocer verdaderamente a las personas con quienes se comparte el día a día en los centros educativos. Este conocimiento no debe entenderse como una simple acumulación de datos personales, sino como una disposición auténtica para comprender sus necesidades, contextos, emociones y aspiraciones. Tal comprensión se convierte en el punto de partida para acompañar con sentido, motivar con propósito y crear entornos escolares donde el respeto, la escucha y la colaboración florezcan como parte de una cultura que nutre tanto al personal como al estudiantado.

Cuando en las escuelas se cultivan relaciones humanas profundas y auténticas, se propicia un ambiente que favorece la participación, el compromiso y la corresponsabilidad. Esto no sólo fortalece el trabajo entre pares, sino que mejora de manera significativa el clima en el que se desarrollan los aprendizajes. Para quienes ejercen la función directiva, asumir esta perspectiva implica mucho más que coordinar tareas o resolver conflictos. Se trata de construir condiciones que potencien los vínculos laborales, den sentido al trabajo educativo y favorezcan una cultura en la que cada integrante se sienta valorado, escuchado y parte de un proyecto común.

Michael Fullan (2001) lo expresó con claridad al señalar que conocer a las personas es condición para acompañarlas y motivarlas en la construcción de ambientes escolares donde florezca la colaboración. Este llamado cobra hoy más fuerza que nunca en nuestras comunidades escolares, pues sólo a través de relaciones humanas sólidas y genuinas podremos construir espacios donde niñas, niños y adolescentes encuentren un terreno fértil para aprender, convivir y desarrollarse plenamente.

Recordemos que los cambios más profundos en la escuela no comienzan con estructuras nuevas, sino con relaciones renovadas. Desde ahí, toda mejora es posible.

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Acompañar sin controlar…

En el ámbito escolar, acompañar a las y los docentes no significa supervisar o controlar desde una mirada vertical. Significa caminar a su lado, reconocer su experiencia, sus desafíos y sus logros, y construir juntos nuevas formas de enseñar y aprender. Como lo expresa Bolívar (2012), acompañar no es vigilar, es colaborar desde la cercanía, desde el respeto, desde el compromiso colectivo con una educación más significativa.

Este enfoque es vital para quienes ejercen la función directiva. Acompañar con empatía y visión compartida permite fortalecer el trabajo colaborativo, mejorar el clima escolar y generar relaciones laborales basadas en la confianza y el reconocimiento. Cuando las y los directivos se convierten en aliados del profesorado y no en jueces de su labor, se abre paso a un ambiente de apertura, innovación y crecimiento constante.

La dirección escolar, entendida como un espacio de encuentro y de impulso mutuo, tiene el poder de transformar el día a día en las escuelas. Esta forma de acompañamiento favorece directamente la construcción de un entorno más armónico para nuestras niñas, niños y adolescentes. Si se sienten los adultos comprometidos, conectados y apoyados, eso se refleja en la forma en que se enseña, se aprende y se convive.

Caminar juntos, escuchar con atención y actuar con humanidad: ahí está la clave para que nuestras escuelas no solo enseñen, sino que también inspiren.

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Dirigir es cuidar al equipo de trabajo…

Conducir una escuela no se limita a trazar rumbos ni a tomar decisiones administrativas. Implica, sobre todo, comprender que el bienestar de quienes enseñan está directamente relacionado con la calidad del aprendizaje de quienes aprenden. Como bien lo expresa Pilar Pozner (2017), liderar también es sostener, acompañar y cuidar. En el ámbito escolar, esto se traduce en crear condiciones en las que los y las docentes se sientan apoyados, valorados y comprendidos en su labor cotidiana.

Para quienes ejercen funciones de dirección, esta idea tiene una profunda relevancia. Cuando se cuida a quienes enseñan, se promueve un entorno más saludable emocionalmente, se fortalecen las relaciones laborales y se genera una atmósfera de trabajo donde se puede enseñar con mayor sentido, con claridad de propósito y con pertenencia a una comunidad viva. Esto repercute de manera directa en la mejora del clima escolar y, en consecuencia, en las condiciones en las que niñas, niños y adolescentes aprenden y conviven.

Conducir una comunidad educativa con conciencia del cuidado no es un acto de debilidad, sino de profunda responsabilidad humana y pedagógica. Implica escuchar, acompañar procesos, ofrecer apoyo emocional y profesional, y estar presente en los momentos clave. Acompañar a quien enseña no solo mejora su práctica, también permite que florezca una cultura institucional más solidaria, más reflexiva y más comprometida con el aprendizaje.

En tiempos de tantos retos, recordar que cuidar también es dirigir nos permite volver a lo esencial: las personas que hacen posible la escuela cada día. Allí, en ese acto sencillo pero potente de acompañar con sentido, reside la posibilidad de transformar verdaderamente nuestras instituciones educativas.

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La deuda cognitiva

“Cada vez que una sociedad permite que la automatización sustituya el pensamiento humano sin resistencia, pierde una parte de sí misma.” Shoshana Zuboff 

Recientes investigaciones desarrolladas por el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), bajo la conducción de la investigadora Nataliya Kosmyna, han abierto un debate profundo sobre los efectos del uso de la inteligencia artificial generativa en el funcionamiento cerebral humano.

El estudio, aún en desarrollo pero ya ampliamente citado, señala cómo el uso constante de herramientas como los modelos de lenguaje de gran escala puede provocar lo que han denominado “deuda cognitiva”, es decir, una disminución significativa en la actividad neuronal asociada a la creación, análisis y redacción de ideas propias. Esta situación no debe ser tomada a la ligera, especialmente si consideramos que millones de niñas, niños y adolescentes están creciendo en entornos cada vez más permeados por la tecnología.

El estudio, disponible en el sitio oficial del MIT Media Lab y respaldado por análisis neurocientíficos realizados durante un periodo de cuatro meses a estudiantes universitarios, reveló que quienes realizaban sus ensayos sin ayuda de inteligencia artificial mostraban una conectividad cerebral robusta. Las ondas cerebrales de tipo alfa y theta se activaban intensamente, en un patrón que denotaba compromiso, creatividad y esfuerzo cognitivo real. En cambio, aquellos que delegaban el proceso de redacción a ChatGPT, exhibían una arquitectura cerebral significativamente más plana y con menor dinamismo, lo cual no solo afecta su desempeño en tareas concretas, sino también su relación subjetiva con el conocimiento que producen. No es menor el hallazgo de que varios de estos usuarios incluso olvidaban lo que sus textos contenían o perdían conexión emocional y cognitiva con lo que habían entregado como “propio”.

Estos hallazgos exigen un posicionamiento claro de las autoridades educativas: no basta con promover el uso de tecnologías en las aulas; es imperativo diseñar políticas públicas que formen a docentes y directivos en el uso estratégico, ético y pedagógico de la inteligencia artificial. En otras palabras, se necesita una alfabetización digital profunda y crítica que no solo enseñe a usar la tecnología, sino también cuándo y cómo usarla sin perjudicar el desarrollo integral de la mente.

En el aula, por ejemplo, una docente de secundaria que enseña redacción no puede ser sustituido por un algoritmo. Pero sí puede valerse de herramientas de IA como apoyo para generar ejemplos, dinamizar ideas, detectar errores o promover la revisión crítica, siempre bajo una orientación pedagógica que privilegie la autonomía del pensamiento. Asimismo, en centros escolares con altos niveles de marginación o carencia de recursos, la IA puede representar una oportunidad para cerrar brechas si se combina con estrategias docentes que promuevan el pensamiento analítico, crítico y la producción de conocimiento desde lo local. No se trata de rechazar la tecnología, sino de humanizarla en su uso.

La preocupación central no es que los estudiantes usen ChatGPT, sino que lo hagan sin el acompañamiento pedagógico adecuado. Si desde la infancia se aprende que pensar puede ser prescindible, delegando todo a una aplicación, corremos el riesgo de atrofiar el potencial creativo de una generación entera. En este contexto, el papel del personal docente es crucial: son los agentes de cambio que deben estar preparados no solo para enseñar contenidos, sino para formar cerebros activos, curiosos y reflexivos.

Porque al final del día, como bien concluye el informe, un cerebro que no se ejercita es un cerebro que olvida cómo ser brillante. La inteligencia artificial debe ser una herramienta para elevarnos, no para sustituirnos. Que así sea en nuestras aulas, en nuestros niños y en nuestro futuro. Porque la educación es el camino…

Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann

Docente y Abogado. Doctor en Gerencia Pública y Política Social

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Construir juntos en la diferencia

Uno de los principales desafíos en la vida escolar es aprender a convivir profesionalmente con personas que no piensan igual que nosotros. En lugar de ver la diferencia como un obstáculo, es urgente aprender a verla como una oportunidad. Para quienes desempeñan funciones de dirección, comprender y asumir este principio puede marcar la diferencia entre un ambiente de trabajo tenso y uno verdaderamente enriquecedor.

Como afirma Villar (2007), colaborar no implica estar de acuerdo en todo, sino construir juntos desde la diversidad profesional. Esta idea es especialmente valiosa en los centros escolares, donde conviven docentes con trayectorias, estilos y experiencias muy distintas. Lejos de uniformar, el papel de quien dirige debe orientarse a reconocer esas diferencias, generar espacios de diálogo y construir consensos que valoren lo que cada integrante puede aportar. Eso no solo fortalece al equipo, también mejora el clima escolar y permite que las decisiones se tomen de forma más justa y compartida.

Cuando se fomenta una colaboración basada en el respeto a las distintas voces, se transforma la cultura interna de la escuela. Se generan condiciones para una mejora continua que no parte de la imposición, sino de la construcción colectiva. Este tipo de liderazgo tiene un impacto directo en las relaciones laborales, en la confianza entre colegas, y sobre todo en la calidad del ambiente en el que niñas, niños y adolescentes aprenden y se desarrollan.

Construir desde la diversidad no es sencillo, pero sí profundamente transformador. Implica aprender a escuchar, a ceder, a acordar, y a caminar juntos aunque no siempre desde las mismas ideas. Ahí radica gran parte de la riqueza del trabajo directivo: en ser puente, facilitador y guía de procesos que favorecen la vida colectiva y, con ello, el aprendizaje.

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El cambio organizacional

En el ámbito escolar, impulsar cambios duraderos no depende únicamente de propuestas bien intencionadas o de nuevos planes de trabajo. Existen aspectos profundamente enraizados que, si no se comprenden, pueden convertirse en obstáculos silenciosos para cualquier iniciativa de transformación. Uno de estos elementos clave es la cultura escolar: ese entramado de creencias, prácticas, formas de relación y significados compartidos que definen la vida cotidiana en cada comunidad educativa.

Michael Fullan (2007) señala con claridad que intentar transformar una organización educativa sin considerar su cultura es como querer plantar semillas en cemento. Esta metáfora nos recuerda que no basta con introducir nuevas propuestas, metodologías o lineamientos si no se toma en cuenta el contexto humano, emocional y simbólico en el que estas se insertan. Para que una propuesta florezca, necesita un terreno fértil, y ese terreno se construye a través de la confianza, la escucha, el trabajo colaborativo y la corresponsabilidad.

Quienes tienen a su cargo funciones de dirección escolar necesitan mirar más allá de los cambios estructurales o técnicos, y abrir espacios para comprender lo que mueve —y también lo que resiste— dentro de sus escuelas. Promover una mejora continua pasa por reconocer y valorar las prácticas que han funcionado, dialogar con los saberes del equipo docente, atender los climas de trabajo y tejer relaciones más humanas. De ese modo se genera una base sólida para avanzar colectivamente hacia transformaciones reales.

Cultivar la cultura escolar no significa resignarse a lo que ya existe, sino tener la sensibilidad y la inteligencia colectiva para transformar desde dentro, desde lo que se siente, se cree y se comparte. Así, el cambio no será una imposición, sino una construcción conjunta que beneficia el desarrollo de las niñas, niños y adolescentes. Porque cuando la cultura se cuida y se orienta, el aprendizaje florece.

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¿Hasta dónde llega la responsabilidad docente?

La escuela debe ser un espacio seguro no solo para los estudiantes, sino también para quienes enseñan. Sin condiciones mínimas de certeza jurídica, la educación se debilita. Philippe Meirieu

El caso del maestro Esteban, en Mexicali, ha estremecido al magisterio nacional. Se trata de un docente con más de 25 años de servicio que hoy enfrenta una condena por omisión de cuidados tras la muerte de un alumno que sufrió una caída jugando fútbol dentro del plantel escolar. 

Lo que duele no es solo la tragedia de perder a un niño, sino el hecho de que, pese a haber actuado conforme a los protocolos establecidos, el maestro haya sido responsabilizado legalmente. Las evidencias apuntan a que Esteban atendió la situación como correspondía: auxilió al menor, notificó a los padres, acompañó el proceso médico y se mantuvo presente. Sin embargo, esto no fue suficiente para evitar una sentencia que pone en duda no solo su libertad, sino el sentido mismo de justicia hacia quienes dedican su vida a la educación.

La historia remueve nuevamente las entrañas de una profesión que, día a día, entrega todo por los alumnos, pero que también se enfrenta a riesgos invisibles. ¿Hasta qué punto recae sobre un maestro la responsabilidad de lo que sucede dentro de la escuela, incluso fuera del horario oficial de clases? ¿Qué margen existe para el error humano, para los imprevistos, para aquello que escapa a cualquier previsión? Lo más preocupante no es solo la sentencia en sí, sino el mensaje que deja: incluso haciendo lo correcto, incluso actuando con diligencia, el personal docente pueden ser penalizados. Este hecho no solo vulnera al maestro en cuestión, sino que siembra miedo entre quienes educan. ¿Quién querrá asumir responsabilidades cuando sabe que una desgracia podría convertirse en una condena?

El caso de Esteban no es aislado. Hace apenas unos meses, en Querétaro, la maestra Tere fue detenida injustamente por supuestos malos tratos, en un proceso marcado por irregularidades. Ambos casos revelan un patrón doloroso: la criminalización de la función docente, la facilidad con la que se les acusa sin pruebas contundentes y la ausencia de protocolos que los respalden ante situaciones críticas. En una época donde se demanda tanto del personal docente —que sean guías, mediadores, cuidadores, consejeros— resulta paradójico que, cuando más necesitan del respaldo institucional, se les deje solos.

La tragedia de un alumno nunca debe tomarse a la ligera. Pero el dolor no puede traducirse en castigos ejemplares sin base ni análisis justo. Necesitamos con urgencia protocolos claros y específicos de actuación legal que delimiten responsabilidades en situaciones de emergencia al interior de los centros escolares. No es justo que se espere que los maestros actúen como médicos, abogados o rescatistas, sin contar con la formación, recursos ni respaldo institucional para ello. La educación no puede seguir avanzando sobre la base del sacrificio desmedido y el abandono legal de quienes la sostienen.

Hoy más que nunca se requiere que el Estado, las autoridades educativas así como la Organización Sindical revisen este tipo de circunstancias y se abone en la construcción de un andamiaje jurídico que se ubique en este tipo de circunstancias al interior de los centros educativos. No se trata de eximir a nadie de responsabilidades reales, sino de reconocer que existen circunstancias comunes que se comparten a lo largo y ancho del país, en donde un maestro que actúa conforme a su deber debe ser protegido, no perseguido. Porque mientras eso no ocurra, cada maestro que entra a un aula lo hará con la sombra de la incertidumbre sobre su cabeza. Y una escuela donde reina el miedo, difícilmente puede ser un lugar seguro para aprender. Justicia para Esteban no es solo justicia para uno. Es justicia para todos los que, con vocación y humanidad, enseñan con el corazón. Porque la educación es el camino…

Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann

Docente y Abogado. Doctor en Gerencia Pública y Política Social

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El error como aprendizaje

Quienes ejercen funciones directivas en los centros escolares enfrentan diariamente el reto de acompañar procesos de aprendizaje que no solo implican dominar contenidos académicos, sino también crear condiciones humanas, emocionales y pedagógicas que favorezcan el crecimiento integral de toda la comunidad educativa. En este contexto, uno de los elementos más poderosos para transformar las prácticas en las escuelas es la actitud que se asume frente al error.

Como lo señala Stenhouse (1987), aprender del error requiere humildad y apertura, pero también un entorno que promueva la reflexión como herramienta de transformación. Esto cobra especial relevancia en el ámbito directivo, ya que no basta con exigir resultados o implementar cambios sin considerar las condiciones humanas que los rodean. Se vuelve fundamental construir espacios en los que el error no se castigue, sino que se analice, se dialogue y se convierta en una oportunidad para avanzar.

Desde esta mirada, el papel del liderazgo escolar se orienta hacia el fortalecimiento del trabajo colaborativo, la mejora del clima escolar y el impulso de relaciones más horizontales entre quienes conforman la comunidad. Un entorno directivo que valora la reflexión por encima de la perfección fomenta la confianza, la participación activa del personal docente, y con ello, la mejora del ambiente de aprendizaje de niñas, niños y adolescentes.

En última instancia, comprender y asumir esta perspectiva transforma la forma en que se lideran los centros escolares: ya no desde la búsqueda de controlar todo, sino desde el compromiso de construir colectivamente mejores condiciones para aprender, enseñar y convivir.

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La evaluación formativa. Un proceso profundo

“La evaluación no debe limitarse a registrar resultados, sino a comprender procesos; su finalidad no es sancionar, sino transformar la enseñanza”. Ángel Díaz Barriga

En cada rincón del país, las escuelas se erigen no solo como espacios de enseñanza, sino como escenarios vivos donde se construye día a día el tejido más fino del desarrollo humano. Aunque muchas veces invisibilizado, el trabajo que se realiza en estos centros escolares es monumental. Las maestras, los maestros y el personal educativo no solo cumplen con planes de estudio, sino que forjan posibilidades. 

Uno de los cambios más significativos y urgentes que vive la educación en México tiene que ver con la forma en que se concibe y se practica la evaluación del aprendizaje. Durante décadas, se operó bajo una lógica numérica, mecanicista, que redujo el esfuerzo de niñas, niños y adolescentes a una calificación, vender planeaciones y exámenes ya elaborados, a un promedio, a una etiqueta. Esa mirada fragmentaria deja de lado los procesos, las emociones, los avances individuales, los contextos culturales y las diversas formas de aprender.

Hoy, sin embargo, en muchas escuelas se respira otro aire. Una transformación profunda está en marcha. Una que propone una evaluación distinta: humana, cercana, constante, dialogada. Una evaluación que no se limita a señalar aciertos o errores, sino que entiende el error como una oportunidad de crecimiento. Que no mide solamente cuánto se sabe, sino cómo se aprende, cómo se construyen significados, cómo se vincula lo aprendido con la vida.

Esta nueva manera de evaluar no es una moda pedagógica ni un simple ajuste técnico. Es, en realidad, el eje de una transformación educativa con rostro humano. Se trata de una evaluación formativa, una práctica profesional que requiere observar con atención, escuchar con respeto, interpretar con criterio y actuar con ética. Implica construir junto con sus estudiantes un camino que permita reconocer sus avances, identificar sus retos y encontrar nuevas formas de enfrentarlos.

La evaluación formativa es una forma de confianza. En que cada estudiante puede mejorar si se le acompaña con herramientas pertinentes. En que el proceso vale tanto como el resultado. En que el aprendizaje no es una línea recta ni un estándar universal, sino una trayectoria única y valiosa.

Pero esta transformación no ocurre sola. Está sostenida por la formación, la experiencia y el compromiso de las y los docentes. Quienes, desde su conocimiento pedagógico y desde el análisis cotidiano de lo que ocurre en el aula, diseñan nuevas formas de enseñar, retroalimentar y acompañar. Quienes entienden que evaluar no es calificar, sino intervenir pedagógicamente para abrir nuevas puertas al aprendizaje.

También es un cambio que se construye colectivamente. En los espacios de diálogo profesional como los Consejos Técnicos Escolares, se intenta encontrar un espacio vital para reflexionar, compartir estrategias, discutir avances y consolidar una cultura de mejora continua. Se busca una nueva ética pedagógica: la que pone en el centro no el producto, sino el proceso; no el número, sino la experiencia; no la sanción, sino el acompañamiento.

Este cambio, sin duda, es uno de los más trascendentes del presente educativo. Porque una evaluación justa, situada, pertinente y formativa no sólo transforma la manera de enseñar: transforma la manera de mirar a las y los estudiantes, de reconocer su diversidad, de dignificar su esfuerzo, y de construir esperanza desde la escuela.

A quienes aún observan la educación desde fuera, vale la pena recordarles que lo que ocurre en las aulas no es repetición ni rutina. Es transformación en marcha. Es resistencia creativa frente a las inercias. Es una apuesta por la justicia desde lo más esencial: el aprendizaje. Porque la educación es el camino…

Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann

Docente y Abogado. Doctor en Gerencia Pública y Política Social

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El Aprendizaje Basado en Problemas

«El Aprendizaje Basado en Problemas permite que los estudiantes construyan activamente su conocimiento a partir de situaciones auténticas, desarrollando habilidades cognitivas, sociales y afectivas.» — Savery, J. R., & Duffy, T. M.

En el día a día de los centros educativos, se despliegan prácticas pedagógicas complejas, innovadoras y profundamente transformadoras que muchas veces no son percibidas por quienes se encuentran fuera del entorno escolar. Una de estas prácticas es el Aprendizaje Basado en Problemas (ABP), una metodología que no solo favorece la adquisición de conocimientos, sino que potencia el pensamiento crítico, la colaboración, la creatividad y la construcción colectiva del saber.

Esta metodología no es improvisada ni arbitraria. Se fundamenta en un profundo conocimiento didáctico que el personal docente despliega a lo largo de seis momentos articulados que dan estructura al proceso. Desde una primera etapa de sensibilización donde se reflexiona sobre el contenido desde una mirada individual y colectiva, hasta la organización final de hallazgos y acuerdos, el ABP propone una ruta formativa rigurosa y creativa, que permite a los estudiantes adquirir conocimientos de forma significativa. En este sentido, el profesorado actúa como guía, facilitador y mediador, creando ambientes propicios para el pensamiento crítico, la autonomía y el trabajo colaborativo.

El esfuerzo que implica implementar este tipo de metodologías exige del personal docente una preparación constante y una sensibilidad profunda hacia las dinámicas del aula. No se trata solo de aplicar una técnica, sino de leer con atención los intereses del grupo, seleccionar los recursos pertinentes, articular objetivos de aprendizaje con problemas reales y acompañar el desarrollo de las habilidades investigativas. Todo ello requiere de un alto nivel de profesionalismo, experiencia y una vocación formativa que muchas veces escapa a los estereotipos que simplifican la labor docente.

Resulta necesario destacar que este tipo de enfoques pedagógicos no solo favorece el aprendizaje de contenidos curriculares, sino que también promueve habilidades esenciales para la vida en sociedad: aprender a escuchar, a negociar, a proponer, a colaborar, a organizar la información y a construir consensos. Así, mientras se desarrolla una secuencia didáctica basada en problemas, también se está educando para la ciudadanía, para el pensamiento ético y para la resolución creativa de conflictos.

En un contexto en el que las exigencias educativas son cada vez más complejas y donde las problemáticas sociales, emocionales y culturales de los estudiantes atraviesan el aula, reconocer y valorar estas herramientas pedagógicas es un acto de justicia hacia el trabajo docente. Los centros escolares no son espacios de simple instrucción, sino laboratorios vivos de conocimiento, en donde cada estrategia como el ABP se convierte en una oportunidad para transformar la experiencia educativa en una vivencia significativa.Por ello, resulta fundamental que la sociedad reconozca el valor de estas metodologías y del trabajo que se realiza en las aulas. Lo que ocurre al interior de las escuelas no es solo la transmisión de conocimientos, sino la construcción de ciudadanías críticas, responsables y comprometidas. Cada problema abordado desde esta metodología es una oportunidad para sembrar en las y los estudiantes una actitud transformadora frente al mundo. Y detrás de cada una de esas oportunidades, hay una maestra o un maestro que, con sabiduría y compromiso, lo hizo posible. Porque la educación es el camino….

Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann

Docente y Abogado. Doctor en Gerencia Pública y Política Social

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📌 La importancia de vivir el presente para fortalecer el liderazgo escolar

En la vida escolar, quienes ejercen la función directiva se enfrentan constantemente a decisiones que requieren equilibrio emocional, pensamiento claro y capacidad para generar vínculos saludables. En muchas ocasiones, el estrés y la ansiedad surgen cuando la atención se centra demasiado en errores del pasado o en preocupaciones excesivas por el futuro. Esta actitud no solo impacta el bienestar de quien dirige, sino que también influye de forma directa en el ambiente escolar y, por ende, en los procesos de aprendizaje.

Thich Nhat Hanh, maestro zen y defensor de la atención plena, nos recuerda que la clave para manejar el estrés es regresar al momento presente con calma y claridad. Esta enseñanza es particularmente valiosa para quienes tienen bajo su responsabilidad la conducción de una comunidad educativa. Estar presentes permite no solo tomar decisiones más acertadas, sino también escuchar con mayor empatía, atender con mayor profundidad y relacionarse de forma más humana con cada miembro del colectivo escolar.

Cuando una directora o director logra habitar el presente con serenidad, se favorece el fortalecimiento del trabajo colegiado, se mejora el clima escolar y se generan condiciones más saludables para el diálogo y la resolución de conflictos. Esto, a su vez, repercute en mejores relaciones laborales entre el personal docente, administrativo y de apoyo, generando un entorno más armónico que favorece el aprendizaje de las niñas, niños y adolescentes.

Vivir el presente no es una frase vacía. Es una práctica que puede transformar los espacios escolares en comunidades más humanas, conscientes y comprometidas. Porque una dirección serena, empática y presente, es el inicio de una escuela más justa, más amable y más significativa para todos.

🟠 Si te resultó útil esta reflexión, compártela. Fortalecer el liderazgo desde el interior es también construir escuelas más humanas.