La agenda escolar no debe ser una lista de pendientes, sino una brújula para liderar con sentido

En el día a día de las escuelas, es común que quienes ocupan una función directiva se vean atrapados en un torbellino de tareas urgentes. Reuniones inesperadas, trámites administrativos, llamadas sin previo aviso, oficios que “no pueden esperar” y un sinfín de interrupciones que terminan absorbiendo buena parte del tiempo y la energía. Sin embargo, como advierte Michael Fullan (2001), la agenda de una dirección escolar no puede convertirse en una trampa: debe ser una herramienta al servicio del propósito educativo.

Cuando una directora o un director escolar asume el diseño de su agenda como un acto de liderazgo pedagógico, está marcando una ruta clara. Organizar el tiempo desde esta perspectiva permite colocar al centro lo que verdaderamente importa: acompañar a los equipos docentes, promover el diálogo pedagógico, construir comunidad y dar seguimiento a los procesos que favorecen la mejora del entorno escolar y del aprendizaje de las y los estudiantes.

No se trata de hacer más, sino de hacer mejor. Establecer prioridades desde una mirada formativa, proteger los espacios para observar clases, sostener conversaciones significativas con el personal, estar presente en momentos clave, generar confianza con las familias, escuchar a niñas, niños y adolescentes… Todo ello solo puede lograrse cuando la agenda se convierte en una aliada y no en una lista interminable de tareas fragmentadas.

Quienes lideran escuelas deben reapropiarse de su tiempo y de sus decisiones. Porque cada hora bien dirigida es una oportunidad para transformar la experiencia escolar, para construir un clima más humano y para fortalecer el trabajo conjunto hacia una comunidad educativa más sólida y comprometida.

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Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann

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Liderar también es decidir a qué le das tu tiempo

En el quehacer cotidiano de una dirección escolar, hay una moneda de altísimo valor que no se repone: el tiempo. Este recurso intangible, que parece escapar entre las tareas urgentes, tiene un poder inmenso cuando se utiliza con conciencia pedagógica y sentido colectivo. Como bien expresa Weinstein (2011), el tiempo que dedica una directora o un director revela no solo sus prioridades, sino también su manera de liderar.

Decidir a qué dedicar el tiempo disponible es uno de los actos más profundos del ejercicio directivo. No se trata de llenar la agenda, sino de construir un horizonte compartido donde cada minuto tenga sentido: escuchar a un docente, acompañar una clase, observar con mirada formativa, dialogar con madres y padres, anticiparse a un conflicto, celebrar un logro, abrir espacios para aprender juntos. Todo ello genera una transformación silenciosa pero poderosa en la cultura escolar.

Quienes desempeñan la función directiva con claridad formativa saben que invertir tiempo en las personas fortalece la labor colectiva, mejora la convivencia en los equipos y favorece un ambiente propicio para que niñas, niños y adolescentes aprendan en condiciones dignas y humanas. El tiempo no es solo cronológico, también es político, simbólico y afectivo.

Por eso, cuidar el tiempo y decidir con intención en qué lo invertimos se convierte en un acto de liderazgo transformador. No basta con cumplir funciones: es necesario ejercer una dirección que construya comunidad y que sepa que cada minuto puede hacer una diferencia real en el presente y futuro de la escuela.

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Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann

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El valor pedagógico ante las nuevas infancias

“Intentar enseñar sin conocer cómo funciona el cerebro pronto será como diseñar un guante sin nunca antes haber visto una mano.” – Francisco Mora

La niñez contemporánea crece en un entorno dominado por la inmediatez, la estimulación permanente y la guía constante de dispositivos digitales que anticipan cada paso. Esto transforma profundamente cómo se desarrollan la atención, la tolerancia al esfuerzo y la capacidad para enfrentar desafíos reales.

A diferencia de generaciones anteriores, que crecieron resolviendo problemas mediante exploración autónoma, memorizando rutas, intentando una y otra vez y aprendiendo a esperar recompensas tardías, hoy muchas experiencias se simplifican o se resuelven con un toque en la pantalla. Esta diferencia no es superficial: modifica la forma en que niñas, niños y adolescentes llegan a la escuela y redefine los retos pedagógicos de nuestro tiempo.

En las aulas, el personal educativo observa cómo estas condiciones afectan los procesos de aprendizaje: dificultades para sostener la concentración, menor tolerancia a la frustración, necesidad constante de estímulos nuevos y una idea del logro basada en gratificaciones instantáneas. No se trata de idealizar el pasado ni de criticar el presente, sino de comprender un fenómeno global que exige respuestas inteligentes y profesionales. La pedagogía, lejos de ser un conjunto de prácticas aisladas, se convierte en el puente que permite equilibrar las demandas del mundo actual con la formación sólida que requiere el desarrollo humano.

Hoy la escuela debe reconstruir habilidades que antes surgían de manera natural en la vida cotidiana: paciencia, autorregulación, persistencia, memoria operativa, pensamiento estratégico y capacidad para sostener la atención en tareas prolongadas. Estas competencias requieren intervenciones intencionales. El personal docente decide qué tipo de reto ofrecer, cuándo acompañar, cómo transformar el error en aprendizaje y de qué manera fomentar un progreso real que no dependa de estímulos inmediatos. Cada decisión se fundamenta en estudios, experiencia profesional y una lectura fina del desarrollo infantil.

Mientras el entorno digital acelera la vida y reduce los espacios para la reflexión profunda, la escuela emerge como un lugar imprescindible para desacelerar, ordenar la experiencia y aprender a pensar sin interrupciones constantes. Por ello, es vital reconocer el trabajo docente como una labor altamente especializada, capaz de comprender la complejidad del desarrollo actual y de ofrecer herramientas pedagógicas que realmente respondan a las necesidades del alumnado. En un mundo que privilegia lo inmediato, la educación escolar se convierte en el espacio donde niñas, niños y adolescentes pueden recuperar la capacidad de concentrarse, persistir, reflexionar y construir aprendizajes significativos que perduren más allá de cualquier pantalla. Porque la educación es el camino…

Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann

Docente y Abogado. Doctor en Gerencia Pública y Política Social

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El caso de las y los 1064. Cuando la incertidumbre se vuelve estructura

“El problema de nuestro tiempo no es fundamentar los derechos, sino hacerlos efectivos.” – Norberto Bobbio

Hablar de esta problemática no es, para mí, un ejercicio distante ni meramente técnico. A muchas y muchos de quienes hoy forman parte de este grupo les conozco desde hace años. Algunos fueron mis alumnos en distintas Instituciones de Educación Superior que tuve la responsabilidad de dirigir; a otros, la vida profesional me dio la oportunidad de tratarles de cerca, escucharles y constatar su trayectoria. Por eso considero indispensable afirmarlo desde el inicio: aquí no hay improvisación ni capricho. Hay capacidad profesional, hay vocación, hay buena fe y hay una búsqueda genuina de alternativas razonables ante una situación que se ha prolongado demasiado. Y precisamente porque conozco a personas concretas detrás de la cifra —rostros, familias, historias—, me parece necesario reflexionar sobre lo que está ocurriendo, para que la sociedad no lo interprete como un conflicto sin sustento.

En el espacio público, cuando un tema se vuelve repetitivo o cuando dura años, tiende a perder nitidez ante los ojos de quienes no lo viven. Se vuelve “una nota más”, “un asunto de oficinas”, “un pleito de papeles”. Pero la realidad aquí es distinta: estamos ante un problema que combina tres dimensiones simultáneas. La primera es administrativa, porque involucra actos de autoridad, criterios de aplicación, retenciones y procedimientos. La segunda es jurídica, porque se relaciona con acuerdos previos, compromisos institucionales y con el respeto a condiciones bajo las cuales se generaron derechos y obligaciones. Y la tercera —la más delicada— es humana, porque las consecuencias se sienten en la estabilidad laboral, en la seguridad social y en la tranquilidad cotidiana de más de mil familias.

Para comprender el fondo, conviene enunciarlo de forma sencilla: estas y estos docentes fueron incorporados durante años a un régimen determinado, conforme a un acuerdo existente, conocido y vigente. Ese marco no fue inventado por los trabajadores; fue el propio gobierno quien les dio de alta bajo esas condiciones, y con base en ellas organizaron su vida laboral, su proyección de retiro y su certeza de seguridad social. El conflicto aparece cuando, tiempo después, se pretende reinterpretar o desconocer ese punto de partida y se coloca sobre el grupo una nueva lectura de lo que “debió” aplicarse, como si las reglas fueran retroactivas en los hechos, aunque nadie lo diga con esa palabra. Desde la experiencia de vida, esto se traduce en una amenaza muy concreta: que los años trabajados y cotizados bajo un régimen se reacomoden bajo otro, con costos mayores, plazos más largos y beneficios menores.

La preocupación se agrava porque, dentro de los planteamientos que han circulado, se percibe una lógica que resulta difícil de explicar a la ciudadanía sin que parezca injusta: se propone que el propio trabajador “pague” para que se reconfiguren sus condiciones, pagando más cuotas, aceptando trabajar más tiempo y recibiendo menos pensión, e incluso asumiendo parte de un “retroactivo” como si se tratara de una deuda personal, cuando lo que está en juego es una definición institucional sobre cómo se aplicó un acuerdo en el tiempo. No es extraño, entonces, que el grupo insista en algo muy básico: que se respete lo firmado y que se reconozca lo que durante años se ejecutó como regla válida, porque eso fue lo que dio certeza a su vida profesional.

En este tipo de controversias suele ocurrir algo que pocas veces se dice con franqueza: el problema no está solo en el “qué”, sino en el “cómo”. No basta con afirmar que habrá una solución; lo que la gente requiere es una ruta verificable, técnicamente clara y jurídicamente sólida. Cuando las propuestas se presentan como “negociaciones” que implican renunciar a derechos ya construidos, la percepción que se genera es de imposición y desgaste. Y el desgaste es doble: institucional, porque erosiona la confianza en los mecanismos de resolución; y personal, porque coloca a las y a los docentes en una constante incertidumbre sobre su futuro y sobre el acceso efectivo a prestaciones que no son un lujo, sino una parte esencial del salario diferido: atención médica, seguridad social, estabilidad y expectativa de retiro.

Es importante añadir otro aspecto que la sociedad suele desconocer: el impacto de la incertidumbre no es abstracto; se expresa en decisiones concretas y difíciles. Una familia reorganiza su economía cuando hay seguridad; pero cuando la seguridad social se percibe inestable, se detienen planes, se pospone la atención médica, se recalculan gastos, se vive con ansiedad constante. Además, en el imaginario social, la seguridad social suele verse como “un trámite”. Para quien la necesita —por edad, por enfermedad, por el simple paso del tiempo— se vuelve un asunto de supervivencia digna. Por eso este caso no debe leerse solo como una disputa sobre cuotas o regímenes, sino como un problema de estabilidad vital para más de mil hogares.

También debe decirse con claridad que el tema no ha sido invisible para las autoridades. Ha existido manifestación pública y se ha reconocido la preocupación en espacios políticos y legislativos. Se alude, precisamente, a la interpretación de un convenio de años atrás y a la existencia de retenciones que se consideran indebidas, así como a la necesidad de impulsar una mesa de trabajo y dar seguimiento cercano al asunto. Esto confirma dos puntos esenciales: que el planteamiento tiene contenido real y que existe materia objetiva para ser atendida. Lo que ha faltado no es el conocimiento del tema, sino el cierre institucional con una decisión justa, consistente y verificable.

Frente a todo esto, conviene evitar dos errores sociales muy frecuentes. El primero es suponer que el reclamo se explica por “resistencia al cambio”. Nadie rechaza por deporte las mejoras; lo que se rechaza es que el cambio implique retroceder en derechos, cargar costos injustificados y perder condiciones que se adquirieron legítimamente conforme a acuerdos vigentes. El segundo error es pensar que se trata únicamente de un conflicto “entre partes” y que, por tanto, a la sociedad no le compete. Sí le compete, porque la educación pública y sus condiciones de estabilidad laboral no son un asunto privado: inciden en la continuidad de los procesos escolares, en la salud institucional del sistema y en el mensaje que se envía a las nuevas generaciones sobre lo que significa dedicar una vida al servicio educativo.

Si una sociedad desea exigir calidad educativa, también debe entender que la calidad no se sostiene sobre incertidumbre estructural. La educación requiere instituciones confiables y docentes con estabilidad mínima para ejercer su labor sin la sombra constante de un futuro incierto. Por ello, el centro de la solución no debería ser “quién gana el debate”, sino cómo se construye un acuerdo de resolución que respete lo previamente pactado, valore la evidencia presentada, elimine retenciones indebidas cuando corresponda, y garantice certeza jurídica y administrativa para que este caso no se reproduzca indefinidamente.

El posicionamiento que aquí se expresa es sobrio y directo: que se aprecie la labor docente, que se valore con rigor la documentación y las pruebas que se presenten, y que se asuma —con responsabilidad institucional— que las decisiones administrativas tienen rostro humano. Que se entienda, además, que el tiempo en estos casos no es neutro: cada mes sin resolución equivale a más incertidumbre acumulada y a más desgaste social. Y que, por encima de todo, muy pronto tengamos buenas noticias: una solución satisfactoria y en favor de quienes han sostenido su vida profesional bajo reglas que no pueden cambiarse de manera injusta, porque cuando se vulnera la certeza de quienes educan, no solo pierde un trabajador; pierde una familia, pierde una comunidad y pierde el sistema educativo que pretendemos fortalecer. Porque la educación es el camino…

Proteger a las nuevas generaciones

“La digitalización representa una oportunidad extraordinaria para la infancia, pero la exposición temprana y sin acompañamiento conlleva riesgos que deben abordarse como problema de salud pública.” UNICEF

La reciente decisión de Australia de impedir que menores accedan a redes sociales y obligar a las plataformas a eliminar cuentas de adolescentes confirma una tendencia mundial: cada vez más países reconocen que la relación sin límites entre la infancia y la tecnología está generando efectos preocupantes en el aprendizaje, la salud mental y la convivencia social. Este giro no surge de la mera cautela, sino de la acumulación de evidencia sobre los daños que provoca la exposición constante a estímulos digitales en cerebros que aún están en desarrollo.

En Europa, Francia, Países Bajos, Italia y Austria han restringido ampliamente el uso de celulares en escuelas, mientras que República Checa, Hungría y Letonia adoptan medidas similares para proteger la concentración, la convivencia y el bienestar emocional. En Asia, China ha impuesto límites estrictos de tiempo de pantalla y Corea del Sur prepara una prohibición escolar nacional ante el aumento de indicadores de adicción digital. En América Latina, Chile avanza hacia regulaciones que buscan recuperar la atención y la interacción en el aula.

Estos grupos de países, con realidades distintas, coinciden en algo esencial: las y los menores no pueden seguir expuestos a plataformas diseñadas para capturar su atención mediante recompensas inmediatas que afectan la memoria, la autorregulación y la estabilidad emocional. En las aulas esto se traduce en menor capacidad de concentración, impulsividad y dificultades para sostener procesos de aprendizaje profundo. En la vida cotidiana aparecen ansiedad, aislamiento, distorsión de la autoimagen y dinámicas de comparación permanente que afectan la identidad en formación.

Así, resulta imprescindible que los países que aún no han definido una estrategia actúen con visión de futuro. No basta con prohibir dispositivos en escuelas ni con delegar la responsabilidad únicamente a las familias. Se requiere una política nacional integral que regule el ecosistema digital, limite la explotación comercial de datos de menores, promueva el pensamiento crítico y fortalezca la educación en ciudadanía digital desde edades tempranas.

Las nuevas generaciones necesitan entornos que favorezcan el desarrollo cognitivo y emocional, no que lo saturen. Ignorar esta realidad implica enfrentar un futuro con generaciones más distraídas, vulnerables y con menor capacidad para analizar, dialogar y aprender de manera profunda. En cambio, asumir el desafío permite recuperar el equilibrio y transformar la tecnología en una aliada, no en una amenaza.

Australia ha marcado un nuevo punto de referencia. La pregunta que permanece es si en México tendremos la claridad y la voluntad para actuar antes de que los efectos sean irreversibles. Porque la educación es el camino…

Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann

Docente y Abogado. Doctor en Gerencia Pública y Política Social

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El valor invisible de los procesos psicopedagógicos

“La práctica docente es una práctica intencional: cada decisión didáctica supone una toma de postura acerca de qué saberes enseñar, cómo enseñarlos y para qué.”  J. G.Sacristán

En la vida cotidiana, muchas personas desconocen la complejidad y la profundidad del trabajo que ocurre dentro de un aula. Desde fuera, la actividad escolar puede parecer sencilla: una maestra o un maestro explica, el alumnado escucha, copia, participa y resuelve ejercicios. Sin embargo, detrás de cada sesión existe un entramado de decisiones profesionales, fundamentos teóricos y prácticas especializadas que permiten que el aprendizaje ocurra de manera significativa. La enseñanza no es una acción improvisada ni un acto automático; es una labor sustentada en metodologías diseñadas para despertar el interés, conectar saberes, generar comprensión y promover la autonomía intelectual de cada estudiante. Por ello, es indispensable reconocer que los procesos pedagógicos representan uno de los pilares más robustos del quehacer educativo.

Una sesión de aprendizaje se construye deliberadamente a partir de momentos que responden a una lógica académica rigurosa. El arranque de una clase, por ejemplo, no es un saludo fortuito, sino un espacio planeado para despertar la motivación, activar conocimientos previos, proponer retos cognitivos y orientar el propósito del encuentro. Nada de esto ocurre al azar; implica que la o el docente conoce cómo funciona el desarrollo cognitivo, cómo se generan conexiones con la experiencia del alumnado y cómo introducir situaciones retadoras que den sentido a lo que aprenderán. Es un acto pedagógico que requiere sensibilidad, criterio profesional y formación continua.

A medida que la clase avanza, se despliega un proceso más profundo: la consolidación de competencias. En este momento, el profesorado observa, analiza, interviene, acompaña y ajusta su actuación conforme a las reacciones del grupo. Cada actividad tiene una intencionalidad formativa: promover la reflexión, guiar la conceptualización y generar oportunidades de aplicación real de los aprendizajes. Este acompañamiento demanda del personal educativo una combinación de conocimiento disciplinar, habilidades didácticas y capacidad para leer el contexto humano y emocional del estudiantado. Nada de esto es improvisado; es el resultado de años de preparación profesional.

El cierre de una sesión también es un proceso deliberado destinado a que el alumnado consolide lo aprendido, transfiera ese conocimiento a nuevas situaciones y desarrolle habilidades metacognitivas que le permitan saber cómo aprende y por qué aprende. Este momento, muchas veces invisible para quienes no están dentro de la escuela, es fundamental para garantizar que el aprendizaje permanezca y tenga sentido en la vida cotidiana del estudiante. Además, se proyectan tareas o actividades de extensión que permiten fortalecer lo trabajado, no como una carga mecánica, sino como una oportunidad para profundizar y construir autonomía académica.

Todo lo anterior demuestra que educar no consiste solamente en transmitir información, sino en crear las condiciones para que las nuevas generaciones piensen, comprendan, relacionen, apliquen y transformen. Esto exige que quienes trabajan en las escuelas posean un alto nivel de estudios, preparación teórica, dominio técnico y experiencia práctica. Sus decisiones diarias, aunque muchas veces no visibles para la sociedad, están respaldadas por marcos conceptuales, investigaciones educativas y un profundo compromiso con el desarrollo integral de niñas, niños y adolescentes. Su labor requiere una combinación de ciencia, arte y ética profesional.

Por ello, es fundamental que la sociedad reconozca el trabajo altamente especializado que ocurre dentro de los centros educativos. Los procesos pedagógicos no son simples procedimientos; son herramientas de transformación que, bien implementadas, permiten que cada estudiante despliegue su potencial, fortalezca su pensamiento crítico y construya aprendizajes que tendrán impacto en toda su vida. Detrás de cada logro escolar existe un docente que organizó, planificó, estudió, observó y tomó decisiones estratégicas para lograr que ese aprendizaje sucediera. Hacer visible este esfuerzo es una forma de dignificar la educación y de valorar, con justicia, la enorme responsabilidad que se sostiene en cada aula del país. Muy feliz año 2026. porque la educación es el camino…

Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann

Docente y Abogado. Doctor en Gerencia Pública y Política Social

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FUNDAMENTOS PSICOPEDAGÓGICOS

“La tarea del docente no es simplemente transmitir información, sino ayudar al estudiante a construir estructuras de conocimiento cada vez más complejas.” Bruner (1997)

    En las escuelas ocurre un trabajo profundo y especializado que muchas veces permanece invisible para la sociedad. Cada aprendizaje que logran niñas, niños y adolescentes se sustenta en procesos internos que requieren acompañamiento profesional, conocimientos psicopedagógicos y decisiones pedagógicas precisas. Nada de lo que sucede en el aula es improvisado; detrás hay un manejo de herramientas que permiten que la mente en desarrollo avance paso a paso.

    El aprendizaje inicia cuando los estudiantes registran información del entorno a través de sus sentidos. Este primer contacto es esencial porque constituye la base sobre la cual más tarde se construyen significados. En el aula, este proceso se estimula mediante experiencias que favorecen la observación, la exploración y el uso activo de materiales. Quienes educan saben que sin esta etapa inicial resulta imposible avanzar hacia niveles más complejos de comprensión.

    A partir de ese registro sensorial surge la interpretación. Comprender no es únicamente recibir información, sino dotarla de sentido, relacionarla con experiencias previas y transformarla en conocimiento útil. El personal docente crea oportunidades para que cada estudiante analice, compare e integre lo que observa, sabiendo que cada niña, niño o adolescente construye significados de manera distinta.

    Otro elemento clave es la atención, que permite dirigir y mantener los recursos mentales en aquello que se aprende. Esta habilidad se fortalece con estrategias que buscan despertar el interés, alternar actividades y conectar los contenidos con la vida cotidiana. La escuela trabaja constantemente para que esta capacidad, indispensable para cualquier aprendizaje, se mantenga activa.

    La memoria también juega un papel fundamental: permite almacenar información y recuperarla después. En el aula se promueve a través de actividades que vinculan conocimientos previos y nuevos, fortaleciendo tanto el recuerdo inmediato como el de largo plazo. Recordar no es repetir; es consolidar el pensamiento.

    El lenguaje se convierte en la herramienta que permite expresar, organizar y transformar las ideas. Es un recurso transversal utilizado para hablar, escribir, comprender y reflexionar. Gracias a él, el pensamiento se vuelve visible y compartible. Y justamente el pensamiento, como capacidad de analizar, crear y resolver problemas, es el resultado más elevado del proceso educativo.

    Reconocer este trabajo implica valorar la profesionalización docente y comprender que cada acción en la escuela responde a estudios, experiencia y sensibilidad pedagógica. La tarea educativa es compleja, profunda y decisiva para el futuro de toda sociedad. Gracias por leer estos artículos editoriales. Les deseo una muy feliz Navidad y un próspero año 2026. Porque la educación es el camino…

    Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann

    Docente y Abogado. Doctor en Gerencia Pública y Política Social

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    Situaciones de aprendizaje

    «Enseñar no es transferir conocimiento, sino crear las posibilidades para su propia producción o construcción.»— Paulo Freire, Pedagogía de la autonomía

    En la vida cotidiana, solemos pensar que el aprendizaje en las escuelas ocurre de manera automática: que basta con que los estudiantes asistan a clase, reciban explicaciones y realicen algunas actividades para que los conocimientos fluyan y se afiancen. Sin embargo, detrás de cada experiencia que viven niñas, niños y adolescentes existe un entramado profundo de decisiones pedagógicas, de diseño intencional y de estrategias cuidadosamente seleccionadas que rara vez son visibles para la sociedad. Lo que sucede en los centros educativos es mucho más complejo que impartir contenidos; implica construir experiencias significativas que respondan a necesidades reales, que despierten interés y, sobre todo, que desarrollen habilidades esenciales para la vida. Una de las vías más importantes para lograr esto es la elaboración de situaciones de aprendizaje: escenarios diseñados con propósito, donde cada detalle tiene la finalidad de promover el desarrollo integral de los estudiantes.

    Para que una situación de aprendizaje cobre sentido, el personal docente realiza un ejercicio de reflexión sobre el porqué de lo que se propone. Cada experiencia surge de un reto, un problema o una necesidad concreta de los estudiantes, y busca que estos generen un producto, una solución o un aprendizaje aplicable a su vida cotidiana. Nada es improvisado. El profesorado analiza el contexto, el momento del curso, el grupo con el que trabaja, los contenidos que deben abordarse y, especialmente, la manera en que estos pueden conectarse con situaciones reales que hagan que aprender sea algo vivo y significativo. Este nivel de profundidad suele pasar inadvertido para quienes no están dentro de la dinámica escolar, pero es fundamental para garantizar que la enseñanza no se limite a transmitir información, sino que forme pensamiento crítico, creatividad, autonomía y capacidad de resolver problemas.

    Las experiencias de aprendizaje que se diseñan en las escuelas exigen un dominio amplio del currículo, de los objetivos formativos y de las competencias que las y los estudiantes deben desarrollar. El personal docente estudia cuidadosamente los saberes esenciales, analiza los criterios que permiten evaluar el avance y selecciona las estrategias más adecuadas para que cada actividad tenga un propósito claro. Esto requiere no sólo conocimientos teóricos, sino la capacidad de interpretar la realidad del grupo, anticipar dificultades, prever apoyos y elegir herramientas que respondan tanto al contenido como a la diversidad que existe en el aula. En cada decisión se refleja la formación profesional, la experiencia acumulada y la sensibilidad pedagógica, elementos que, aunque no siempre se reconocen públicamente, sostienen el proceso educativo.

    Asimismo, la organización del trabajo escolar implica planificar tiempos, espacios, materiales y recursos tecnológicos que permitan que cada situación de aprendizaje se desarrolle de manera efectiva. Nada se deja al azar: se piensa en la secuencia de actividades, en los momentos de trabajo individual o colaborativo, en las formas en que se guiará al grupo y en los instrumentos que permitirán valorar el progreso. La evaluación no se reduce a un resultado final; también se observa el proceso, se acompañan las dificultades y se ajustan las estrategias para asegurar que todos avancen. Este acompañamiento constante exige una mirada profesional capaz de identificar oportunidades, reconocer avances y ofrecer retroalimentación que impulse el crecimiento de cada estudiante.

    Un aspecto especialmente relevante es la atención a la diversidad, un compromiso pedagógico y ético que implica reconocer que cada estudiante aprende de manera distinta y que, por ello, requiere apoyos específicos. El personal docente adapta materiales, propone alternativas metodológicas y diseña medidas que permitan que todos participen y aprendan con equidad. Estas decisiones, basadas en marcos como el Diseño Universal para el Aprendizaje, no sólo favorecen la inclusión, sino que enriquecen la experiencia educativa al valorar las múltiples maneras de comprender el mundo.

    Cuando la sociedad comprende la enorme labor que implica preparar una situación de aprendizaje —desde la planeación, la reflexión, la evaluación, la organización y la atención a las diferencias individuales—, se vuelve evidente que el trabajo docente va mucho más allá de “dar clases”. Se trata de un ejercicio profesional complejo, que requiere estudios, conocimiento profundo, capacidad de análisis, creatividad y una experiencia que sólo se construye con dedicación y compromiso. Reconocer este esfuerzo es reconocer el verdadero valor de la educación y de quienes la hacen posible cada día. Porque la educación es el camino…

    Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann

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    El Aprendizaje Experiencial en el Aula

    “Para las cosas que debemos aprender antes de hacerlas, en realidad aprendemos haciéndolas.”  Aristóteles en «Ética a Nicómaco»

    Desde fuera de un centro educativo, puede parecer que la enseñanza se limita a explicar contenidos y revisar cuadernos; sin embargo, en realidad, cada día se construyen experiencias formativas pensadas para que niñas, niños y adolescentes aprendan a partir de la vivencia, la exploración y la reflexión consciente.

    Este enfoque, conocido como aprendizaje experiencial, transforma el aula en un espacio vivo donde el conocimiento se descubre y se aplica en situaciones que dialogan con la vida real. Detrás de cada experiencia existe un proceso profesional que rara vez se aprecia. Cuando una maestra organiza una visita formativa, cuando un docente guía un proyecto práctico, cuando se lleva a cabo un experimento, una simulación o un estudio de caso, nada de ello es fruto de la improvisación.

    Cada actividad tiene un propósito pedagógico claro, se apoya en teorías del aprendizaje, considera los ritmos y características del desarrollo infantil y requiere analizar qué tipo de experiencia permitirá potenciar mejor las habilidades del grupo. El personal educativo debe anticipar escenarios, prever riesgos, seleccionar materiales, evaluar necesidades y establecer cómo orientar la reflexión para convertir cada vivencia en aprendizaje significativo.

    La labor docente exige mucho más que transmitir conocimientos. Supone crear oportunidades para que los estudiantes observen, indaguen, comparen, resuelvan problemas auténticos, colaboren entre sí y descubran el valor de pensar por sí mismos. Implica decidir cuándo intervenir para guiar y cuándo permitir que exploren con autonomía, desarrollando criterio propio. En este proceso, la experiencia profesional del personal escolar y su capacidad para interpretar el contexto marcan la diferencia entre una actividad aislada y una verdadera experiencia formativa.

    Por ello resulta fundamental que la sociedad reconozca el nivel de estudio, preparación y compromiso que implica el diseño de estos aprendizajes. El profesorado no solo conoce estrategias, sino que sabe cuándo y cómo aplicarlas, entendiendo que cada niño y cada adolescente vive y aprende de manera distinta. Valorar el aprendizaje experiencial es también valorar la dedicación de quienes, con conocimiento y sensibilidad, construyen diariamente oportunidades para que los estudiantes comprendan el mundo, amplíen sus posibilidades y fortalezcan sus habilidades para la vida.

    Reconocer este trabajo es reconocer que la escuela es mucho más que un edificio: es un espacio donde se forman miradas, se despiertan curiosidades y se siembran futuros posibles. Cada experiencia diseñada en el aula es una invitación a aprender desde la vida misma y a descubrir que el conocimiento tiene sentido cuando se convierte en una herramienta para entender, actuar y transformar. Porque la educación es el camino…

    La Metacognición en la Escuela

    “La capacidad de una persona para pensar sobre sus propios procesos mentales constituye el núcleo de un aprendizaje consciente y autorregulado. John H. Flavell”

    En los centros educativos, las y los docentes realizan diariamente un trabajo silencioso y altamente especializado que no siempre es comprendido por la sociedad. Mientras desde fuera puede parecer que la lectura es solo cuestión de sentarse frente a un texto y recorrerlo con la vista, en realidad, detrás del acto de comprender hay procesos mentales complejos que requieren orientación experta. Uno de los más importantes es la metacognición, una herramienta pedagógica que permite que niñas, niños y adolescentes aprendan a pensar sobre su propio pensamiento y, con ello, desarrollen habilidades profundas para comprender, analizar y reflexionar sobre lo que leen.

    La metacognición implica que el estudiante sea consciente de lo que hace cuando lee, de cómo se enfrenta a un texto y de qué estrategias puede utilizar para avanzar en su comprensión. Esto no ocurre de manera automática; es el resultado de una enseñanza cuidadosa en la que el personal docente, con base en estudios especializados y amplia experiencia, guía a cada alumno para que aprenda a regular su propio proceso lector. Para ello, antes de empezar a leer, enseñan a definir una intención clara: comprender para qué se lee permite enfocar la mente y dirigir la atención hacia lo esencial. Esta orientación inicial es un acto pedagógico intencional cuyo propósito es conducir al estudiante a un aprendizaje más profundo.

    A lo largo de la lectura, el docente también enseña a anticipar lo que puede ocurrir en el texto, un ejercicio que activa el pensamiento y favorece conexiones significativas entre lo nuevo y lo ya conocido. Esta capacidad de prever, lejos de ser intuitiva, se fortalece mediante una práctica guiada que solo un profesional preparado puede desarrollar en sus estudiantes. Lo mismo ocurre cuando se invita a los alumnos a construir conclusiones basadas en aquello que no se expresa de manera directa. La habilidad de inferir requiere comprensión lectora avanzada y se construye mediante estrategias que los docentes conocen, seleccionan y aplican con precisión.

    Otro trabajo fundamental en este proceso es enseñar a sintetizar. Resumir un texto no es repetirlo en menos palabras, sino identificar ideas clave, ordenarlas, comprenderlas y reconstruirlas. Esta competencia, que resulta esencial para el aprendizaje en todas las áreas, se enseña paso a paso gracias al acompañamiento experto del personal escolar. A ello se suma la capacidad de relacionar lo nuevo con lo previamente aprendido, lo cual solo es posible cuando el docente fomenta la reflexión, la conexión y la activación de conocimientos previos, elementos indispensables para una comprensión profunda.

    Además, quienes enseñan promueven la formulación consciente de preguntas, no solo aquellas que buscan información literal, sino también las que permiten analizar, inferir y evaluar. Guiar a los estudiantes a hacerse las preguntas correctas es una de las tareas pedagógicas más complejas y más valiosas en el desarrollo del pensamiento crítico. Y, finalmente, también se enseña a detenerse ante la duda, a reconocer cuando algo no se entiende, a pedir aclaraciones y a construir nuevas comprensiones a partir de esa pausa reflexiva.

    Todo este proceso exige preparación profesional, entendimiento profundo de la lectura como construcción cognitiva y habilidades pedagógicas basadas en la experiencia. La metacognición no es una estrategia improvisada; es un conocimiento científico aplicado en el aula por quienes dedican años a formarse, estudiar y perfeccionar su práctica. Por ello, es importante que la sociedad reconozca que detrás de cada estudiante que lee, comprende y reflexiona, existe un trabajo experto que sostiene ese logro. La escuela, a través de sus profesionales, convierte la lectura en una herramienta para pensar, para interpretar el mundo y para construir futuros más conscientes y más libres. Porque las educación es el camino…

    Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann

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    La teoría de la carga cognitiva

    «La carga cognitiva es un factor fundamental en la enseñanza; la memoria de trabajo solo puede procesar una cantidad limitada de información nueva antes de saturarse.» — John Sweller

    La educación es uno de los pilares esenciales del desarrollo social, pero pocas veces se reflexiona sobre la complejidad que implica diseñar experiencias de aprendizaje verdaderamente significativas. Detrás de cada clase, actividad o material didáctico existe un andamiaje construido con base en estudios, estrategias y principios pedagógicos que buscan potenciar el aprendizaje de niñas, niños y adolescentes. En este sentido, una de las mayores preocupaciones de docentes y directivos es asegurar que el alumnado no solo reciba información, sino que sea capaz de procesarla, comprenderla y aplicarla en contextos diversos

    embargo, lograr este propósito no es una tarea sencilla, sobre todo cuando el cerebro humano tiene límites naturales para asimilar nueva información. Aquí entra en escena la Teoría de la Carga Cognitiva, un concepto clave en la pedagogía contemporánea que explica cómo funciona la mente al momento de aprender. De acuerdo con esta teoría, la memoria opera en distintos niveles: la memoria sensorial, que recibe estímulos; la memoria de trabajo, que procesa activamente la información; y la memoria a largo plazo, que almacena el conocimiento consolidado. La memoria de trabajo, especialmente, tiene una capacidad reducida. Cuando se satura con demasiados estímulos o información irrelevante, el aprendizaje se ve comprometido. Por ello, el diseño de la clase debe favorecer la claridad y reducir todo aquello que entorpezca la comprensión.

    Para lograrlo, es indispensable considerar los tres tipos de carga cognitiva. La intrínseca se relaciona con la dificultad inherente del contenido. Algunos temas, por su naturaleza compleja, requieren descomponer la información en partes más manejables. La carga pertinente, por su parte, incluye los recursos que facilitan la comprensión: esquemas, organizadores gráficos, videos, analogías o explicaciones estructuradas. Un buen diseño debe favorecer esta carga para potenciar la construcción del conocimiento. Por último, la carga extrínseca surge de elementos innecesarios o distractores: materiales saturados, instrucciones confusas o actividades irrelevantes que pueden abrumar al estudiante. Reducir esta carga es esencial para que la atención se dirija al aprendizaje significativo.

    El equilibrio entre estos tres tipos de carga es un desafío y exige una intervención pedagógica consciente y fundamentada. Diseñar clases adecuadas no es un acto improvisado, sino un proceso profesional que requiere conocimientos sólidos, habilidades didácticas y comprensión profunda de cómo aprende la mente humana. Por ello, la labor docente suele estar subestimada. Un profesor no solo expone información: analiza la estructura del contenido, selecciona herramientas, anticipa dificultades y adapta estrategias a las necesidades del grupo. La didáctica es una disciplina que demanda experiencia, reflexión continua y actualización constante.

    En este proceso, el papel del personal directivo es igualmente crucial. Son quienes generan las condiciones necesarias para una mejor enseñanza: proporcionan recursos didácticos, organizan horarios y espacios, impulsan una organización laboral adecuada y favorecen ambientes de aprendizaje estructurados y motivadores. La gestión escolar, por tanto, se convierte en un elemento indispensable para que las estrategias basadas en la Teoría de la Carga Cognitiva puedan implementarse de manera adecuada.

    Si aspiramos a mejorar la educación, es indispensable reconocer el valor de la formación pedagógica tanto del personal docente como directivo. Aplicar principios derivados de la evidencia científica no es un lujo, sino una necesidad para garantizar aprendizajes profundos y duraderos. La sociedad debe comprender que enseñar va más allá de la vocación: implica preparación, práctica reflexiva y dominio de metodologías que optimizan el aprendizaje.Mirar más allá del aula nos permite reconocer el enorme esfuerzo que implica construir mejores experiencias educativas. Enseñar no es simplemente hablar frente a un grupo; es diseñar caminos hacia el conocimiento, cuidando cada detalle para que las niñas, niños y adolescentes desarrollen su máximo potencial. Porque la educación, es el camino…

    Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann.

    Docente y Abogado. Doctor en Gerencia Pública y Política Social

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    manuelnavarrow@gmail.com

    Educar para la verdad en tiempos de la IA

    Las Imágenes o videos falsos generados por inteligencia artificial son relativamente nuevos y han evolucionado con una sofisticación mucho más rápida de lo que esperábamos.” — Hany Farid

    Es común ver en las redes imágenes que simulan fotografías o incluso videos elaborados con base en Inteligencia Artificial de personas, ya sea políticos, deportistas o personalidades de diferemtes ámbitos que se usan de manera tendenciosa para situaciones que si se los hicieran a quienes los producen, resultarían por lo menos ofendidos.

    El avance de la inteligencia artificial ha transformado profundamente la manera en que entendemos la realidad. Hoy, una imagen o un video pueden ser generados con una precisión tal que resulta casi imposible distinguir lo verdadero de lo fabricado. Lo que antes requería de una gran producción técnica, ahora puede hacerse desde un teléfono. Dinamarca ha entendido la magnitud del desafío y ha dado un paso decisivo: reconocer que cada persona tiene derechos sobre su rostro, su voz y su cuerpo, incluso en el mundo digital. Esta medida no solo es una decisión jurídica, sino también un acto pedagógico, un recordatorio de que la tecnología debe estar al servicio de la verdad y de la dignidad humana, no del engaño ni de la manipulación.

    Desde la educación, este acontecimiento nos interpela de manera directa. Las escuelas, las universidades y los espacios de formación deben incorporar una reflexión ética y crítica sobre el uso de la inteligencia artificial. No basta con enseñar a usar las herramientas tecnológicas; es necesario enseñar a discernir, a cuestionar y a comprender las implicaciones humanas detrás de cada imagen o sonido que circula en las redes. Educar en tiempos de inteligencia artificial significa formar ciudadanos capaces de distinguir entre la realidad y la simulación, entre la creatividad legítima y el fraude digital. Se trata de dotar a las nuevas generaciones de una brújula moral que les permita navegar en un océano de información donde no todo lo que se ve es real.

    Como sociedad, también tenemos la responsabilidad de aprender y de adaptarnos a este nuevo escenario. No podemos seguir siendo espectadores pasivos ante el uso malintencionado de la tecnología. La regulación es importante, pero el cambio más profundo proviene de la conciencia colectiva, de la comprensión de que cada rostro y cada voz son parte de una identidad que merece respeto. Aprender a convivir con la inteligencia artificial exige una mirada crítica, empática y responsable que se nutre de la educación y del diálogo social.

    Dinamarca nos muestra que es posible establecer límites sin frenar la innovación, que la tecnología puede coexistir con la ética y que los derechos humanos deben extenderse al entorno digital. En un mundo donde lo falso puede parecer más convincente que lo real, la educación se erige como el faro más confiable para no extraviarnos. Porque la educación es el camino…

    Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann

    Docente y Abogado. Doctor en Gerencia Pública y Política Social

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    Prevención, comunicación y responsabilidad

    “La prevención es el primer acto de cuidado docente: identificar y disminuir riesgos antes de cada jornada.” — Protocolos de Protección Integral Escolar.

    Ante los recientes acontecimientos en donde se han visto involucrados personal educativo y en tanto se fortalecen los marcos legales de protección del magisterio, hay que extremar precauciones para no exponerse a una problemática mayor.

    En la actualidad, el personal educativo enfrenta una realidad que exige no solo vocación y compromiso educativo, sino también una conciencia plena sobre la responsabilidad legal, ética y humana que conlleva el trabajo con niñas, niños y adolescentes. Cada acción dentro del entorno escolar puede tener implicaciones significativas, por lo que la prevención, la actuación oportuna y la documentación responsable se han convertido en pilares fundamentales para proteger tanto la integridad de los estudiantes como la del propio personal educativo.

    Las escuelas son espacios donde convergen múltiples riesgos: accidentes, conflictos, emergencias y situaciones imprevistas. Por ello, la observancia estricta de los protocolos de seguridad, la revisión constante de las instalaciones, la capacitación en primeros auxilios y la comunicación clara con las familias son acciones indispensables. Los protocolos oficiales en su mayoría, establecen la obligación de todos los integrantes de la comunidad de actuar con diligencia, transparencia y apego a la normativa. No hacerlo puede derivar en responsabilidades administrativas o incluso legales.

    La prevención se inicia en la planeación y en la vigilancia. Revisar los espacios, prever contingencias, supervisar en todo momento e informar a la autoridad de los posibles riesgos son actos que fortalecen la seguridad institucional. Pero cuando ocurre un incidente, la respuesta inmediata y la transparencia son esenciales: atender al estudiante, notificar a la autoridad escolar y a la familia, y registrar los hechos en una bitácora o acta circunstanciada constituyen una evidencia de actuación responsable. La documentación es, en muchos casos, el único respaldo que demuestra que se actuó conforme al deber profesional.

    Asimismo, mantener una comunicación clara y respetuosa con las familias fortalece la confianza y evita malentendidos. Informar de manera precisa sobre los protocolos, los seguros escolares y las medidas de prevención, así como conservar constancias de las decisiones de los padres, son prácticas que protegen tanto al personal como a la institución.

    Los nuevos tiempos demandan del personal docente y directivo una actuación profesional basada en la previsión, la comunicación y la evidencia. Anticiparse a los riesgos, actuar con prontitud y dejar constancia de lo realizado son hoy las mejores herramientas para salvaguardar la integridad de estudiantes y la seguridad jurídica de quienes los educan. Porque la educación, es el camino…

    Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann

    Docente y Abogado. Doctor en Gerencia Pública y Política Social

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    La escuela y las familias

    “La labor del maestro se extiende más allá del aula: implica comprender el contexto, los saberes familiares y las condiciones que acompañan al aprendizaje.”- Laura Petrelli.

    En el entramado de la vida escolar, la relación entre docentes y familias constituye uno de los pilares más significativos del proceso educativo. En los centros escolares, la labor cotidiana de maestras y maestros no se limita a la enseñanza formal, sino que se extiende a la construcción de vínculos que fortalecen las trayectorias formativas de sus estudiantes. 

    Estas relaciones no son estáticas ni homogéneas, se transforman conforme cambian las realidades sociales, culturales y económicas de las comunidades, y demandan del personal educativo una sensibilidad particular para reconocer las condiciones, expectativas y posibilidades de cada familia.

    Establecer una relación sólida con las familias exige del personal un alto nivel de conocimiento, preparación y experiencia. No se trata únicamente de invitarles a participar en actos escolares o reuniones informativas, sino de crear espacios de diálogo genuino donde puedan compartir saberes, preocupaciones y propuestas. La escuela es hoy un núcleo de relaciones pedagógicas que debe propiciar encuentros basados en el respeto y la corresponsabilidad. En este sentido, el docente se convierte en mediador entre saberes escolares y comunitarios, reconociendo que las familias poseen también conocimientos valiosos que nutren la enseñanza y favorecen el aprendizaje.

    La diversidad de estructuras familiares contemporáneas exige a la escuela una apertura que reconozca y valore las múltiples formas de acompañamiento que adultos ofrecen a sus hijos. Este reconocimiento implica dejar atrás visiones que idealizan un solo modelo de familia y avanzar hacia prácticas inclusivas, empáticas y contextualizadas. Cada familia aporta una manera distinta de entender la educación y de vincularse con la escuela; por ello, la labor educativa requiere una lectura crítica del entorno para comprender factores que inciden en la participación familiar y en los aprendizajes de estudiantes.

    El trabajo con familias también revela tensiones. En ocasiones, la distancia, el desconocimiento o las condiciones socioeconómicas dificultan el acercamiento. No obstante, incluso en contextos adversos, las y los docentes buscan alternativas para integrar a las familias a los proyectos escolares, fortaleciendo la confianza y el sentido de comunidad. Estos esfuerzos evidencian que el aprendizaje no ocurre únicamente dentro de las aulas, sino que se construye de manera colectiva entre escuela, familia y comunidad.

    La escuela, en este horizonte, deja de ser un espacio cerrado para convertirse en una comunidad viva, diversa y reflexiva. Cuando los vínculos con las familias se tejen desde la empatía, el diálogo y la cooperación, el aprendizaje se enriquece y la educación se convierte en un proceso compartido. Porque la educación, es el camino…

    Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann

    Docente y Abogado. Doctor en Gerencia Pública y Política Social

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    Pantallas y desobediencia

    El tiempo excesivo frente a pantallas en la infancia puede alterar la capacidad de atención, el desarrollo emocional y las habilidades de interacción social, comprometiendo el aprendizaje escolar. Sigman, A. (2012)

    Un elemento por demás perceptible en los centros educativos es que la conducta de las niñas, niños y adolescentes se ha hecho más complicada, generando con ello dificultades adicionales para el desarrollo de los procesos de enseñanza y de aprendizaje.

    En los centros educativos de hoy, el trabajo que realizan maestras y maestros va mucho más allá de enseñar a leer, escribir o resolver operaciones matemáticas. Cada día, los equipos escolares enfrentan desafíos cada vez más complejos para garantizar que niñas, niños y adolescentes aprendan de forma integral, en contextos marcados por cambios sociales, culturales y tecnológicos vertiginosos. Sin embargo, muchas de estas acciones cotidianas que se realizan dentro de las aulas suelen pasar desapercibidas para la sociedad, especialmente cuando se trata de prevenir o atender problemáticas que surgen fuera del ámbito escolar pero que afectan directamente los procesos de enseñanza y aprendizaje.

    Un ejemplo claro de ello se relaciona con los efectos que el uso excesivo de pantallas puede tener en la conducta y en el desarrollo socioemocional de niñas y niños. De acuerdo con un estudio reciente realizado por la Dra. Tori Lynn Traxler, investigadora de la Universidad de Carolina del Norte, se identificó una correlación preocupante entre el tiempo de exposición a dispositivos electrónicos y la manifestación de comportamientos como el retraimiento, la desobediencia o las conductas agresivas. El análisis, que incluyó a más de 12,000 niños en edad preescolar, sugiere que quienes pasan más de dos horas al día frente a una pantalla presentan un mayor riesgo de desarrollar problemas de conducta y dificultades para relacionarse con otros niños o para seguir instrucciones .

    En las escuelas, esta realidad se vuelve palpable. Docentes y directivos observan con frecuencia cómo algunos estudiantes muestran menor tolerancia a la frustración, escasa atención sostenida, impulsividad y dificultades para convivir. Estos comportamientos no surgen en el aula, pero sí se expresan ahí. Y es en ese mismo entorno donde el personal escolar, con conocimiento, experiencia y sensibilidad, despliega estrategias pedagógicas que permiten canalizar estas conductas hacia aprendizajes significativos y constructivos. No se trata simplemente de disciplinar o contener: se trata de entender las causas, crear vínculos afectivos, establecer rutinas claras y diseñar experiencias de aprendizaje que favorezcan el desarrollo emocional y cognitivo de cada estudiante.

    Este tipo de situaciones requiere de una profunda preparación docente. Es aquí donde cobra sentido la formación continua, el dominio de enfoques pedagógicos actualizados y la capacidad de leer el contexto para aplicar en el momento preciso las herramientas más adecuadas. Por eso, no se puede subestimar el valor del trabajo docente y directivo. Se necesita de profesionales comprometidos que no solo conozcan el currículo, sino que comprendan a fondo las necesidades de su comunidad escolar.

    Frente a este panorama, es indispensable que madres, padres, cuidadores y sociedad en general reconozcan la complejidad del entorno educativo. Las pantallas, los dispositivos móviles y la hiperconectividad son parte de la vida cotidiana, pero no pueden sustituir la interacción humana, la contención emocional ni las dinámicas de juego y exploración que son fundamentales en la infancia. El trabajo que se hace en las escuelas es un esfuerzo colectivo por recuperar esos espacios, fomentar la convivencia, cultivar el pensamiento crítico y acompañar el desarrollo integral de las nuevas generaciones.

    Revalorizar la labor educativa implica también confiar en el criterio profesional de quienes están al frente de los centros escolares, abrir espacios de diálogo entre familia y escuela, y construir puentes de corresponsabilidad. Solo así podremos transformar esa visión limitada de la escuela como un lugar donde “solo se enseña”, para reconocerla como un espacio de construcción social, de cuidado y de desarrollo humano. Porque la educación es el camino…

    Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann

    Docente y Abogado. Doctor en Gerencia Pública y Política Social

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