La importancia de los primeros años de escuela

«La mano es el órgano de la inteligencia. El niño, para desarrollar su mente, necesita el movimiento de sus manos.» Maria Montessori

El aprendizaje de las matemáticas y el desarrollo del pensamiento lógico no inician con el primer libro de texto o la memorización de la tabla del uno; su verdadera fundamentación se establece en la etapa de la educación preescolar y los primeros grados de primaria. 

Es en este periodo crucial donde las maestras y los maestros implementan estrategias que son el andamiaje invisible de las futuras habilidades académicas. La sociedad, a menudo, subestima el valor de las actividades lúdicas realizadas en estas aulas, sin comprender que son la vía regia para desarrollar las destrezas que el cerebro necesita para manejar el simbolismo abstracto.

El trabajo en el aula se centra en habilidades pre-numéricas y espaciales que son prerrequisitos cognitivos. Por ejemplo, al involucrar a los niños en el reconocimiento y manejo de formas (círculos, triángulos, cuadrados) o al pedirles que clasifiquen materiales por color, tamaño o función, el docente está entrenando la capacidad de identificar atributos, comparar y categorizar. Esta habilidad de clasificación no es solo una manualidad; es la base de la teoría de conjuntos y la estructura de los sistemas numéricos. De igual modo, cuando se les pide emparejar cartas o elementos, se establece la noción de correspondencia uno a uno y equivalencia, conceptos fundamentales para el conteo y la aritmética.

Además, el desarrollo del razonamiento secuencial y la lógica espacial se estimula de forma activa. Actividades como apilar bloques o construir estructuras no solo mejoran la coordinación visomotora, sino que introducen intuitivamente la geometría y la comprensión de espacio, volumen y estabilidad. De manera crítica, la creación de patrones (por color, forma o sonido) ejercita la habilidad de identificar regularidades, predecir y generalizar reglas, habilidades esenciales para el pensamiento algebraico futuro. La manipulación de rompecabezas y el trabajo con cuentas, por su parte, fortalece la percepción visual, la lógica para resolver problemas y la capacidad de analizar un todo a partir de sus partes.

La experiencia del personal de preescolar y los primeros grados es, por tanto, insustituible. Son estos profesionales quienes poseen la sensibilidad y el timing pedagógico para saber exactamente qué herramienta usar y en qué momento del desarrollo del niño es más efectiva. Su labor no es simplemente enseñar a contar; es construir las conexiones neuronales necesarias a través del juego dirigido y la experiencia concreta. Reconocer y valorar esta labor es entender que la calidad de la educación temprana determina la solidez del fundamento sobre el cual se edificará todo el aprendizaje futuro, asegurando que el paso al simbolismo abstracto de la matemática formal sea un proceso significativo y exitoso.  

Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann

Docente y Abogado. Doctor en Gerencia Pública y Política Social

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manuelnavarrow@gmail.com

Aprender y Recordar: un camino para fortalecer la función directiva

El aprendizaje no es un acto mecánico ni un proceso aislado, sino un trayecto que involucra captar la atención, organizar las ideas y darles un sentido práctico que permita recordarlas y aplicarlas. Cuando este proceso se comprende en profundidad, se convierte en una herramienta poderosa para transformar no solo la experiencia personal de quien aprende, sino también el ambiente de trabajo y el clima escolar en el que se desenvuelven directivos, docentes y estudiantes.

Para quienes ejercen la función directiva, este enfoque resulta esencial. La labor de guiar a una institución educativa requiere mucho más que conocimientos técnicos: implica la capacidad de atraer la atención de los equipos de trabajo, despertar en ellos la relevancia de los temas abordados y establecer conexiones claras con lo que ya conocen. Una vez logrado este primer paso, corresponde organizar la información en patrones accesibles, de manera que los integrantes de la comunidad puedan apropiarse de ella y aplicarla en la práctica diaria.

La memoria y la retención del conocimiento no se alcanzan únicamente por repetición, sino por el uso consciente de estrategias que permitan poner en palabras propias lo aprendido, explicarlo a otros y relacionarlo con situaciones de la vida cotidiana. Esto significa que un directivo escolar no solo debe procurar que la información llegue a su personal, sino que debe propiciar espacios de diálogo, reflexión y práctica donde esa información cobre vida, se consolide y se convierta en acción compartida.

La base de todo aprendizaje sólido es comprender lo esencial antes de profundizar, vincular lo nuevo con lo que ya se conoce y finalmente llevarlo a la acción mediante la práctica, la discusión y la enseñanza. Estos tres elementos son también piedras angulares en la construcción de un liderazgo educativo que promueve el trabajo en equipo, que genera confianza en las relaciones laborales y que fomenta un clima de aprendizaje positivo para niñas, niños y adolescentes.

Cuando las y los directivos logran transmitir de esta manera los conocimientos y experiencias, no solo fortalecen a su personal docente, sino que siembran un ambiente más colaborativo y armónico en el que cada integrante de la comunidad escolar encuentra motivación para seguir aprendiendo. De este modo, aprender y recordar deja de ser una tarea individual para convertirse en un proceso colectivo que impulsa la mejora continua, el fortalecimiento del trabajo directivo y la construcción de espacios escolares donde el aprendizaje se vive como una experiencia compartida y significativa.

Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann

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Aprender para transformar: el compromiso permanente de quien dirige una escuela

La tarea de liderar una escuela no se limita a coordinar esfuerzos o tomar decisiones organizativas. Implica una responsabilidad profunda con el aprendizaje colectivo, que comienza por el aprendizaje personal. Un líder escolar que deja de aprender, también deja de inspirar. Como bien señala Michael Fullan (2001), quien asume la función directiva comprende que su propio crecimiento impacta directamente en el desarrollo de la comunidad educativa.

Este enfoque transforma la idea tradicional de autoridad. El directivo ya no es quien tiene todas las respuestas, sino quien sabe formular las preguntas adecuadas, quien aprende junto a su equipo, quien escucha, reflexiona, se actualiza, reconoce errores y se atreve a innovar. Esta disposición al aprendizaje continuo fortalece la labor de conducción, pues permite adaptar la práctica a las realidades cambiantes de la escuela y del contexto en el que se inserta.

Además, cuando el equipo docente percibe a su directivo como alguien que estudia, investiga, se capacita y mejora su forma de acompañar, se genera un clima propicio para el crecimiento profesional compartido. Esta actitud promueve relaciones laborales más horizontales, basadas en el respeto mutuo y en la convicción de que todas y todos pueden y deben seguir aprendiendo. De esta forma, se construyen ambientes escolares donde predomina la confianza, el reconocimiento de saberes diversos, la colaboración genuina y el compromiso con el desarrollo integral del estudiantado.

Para quienes ejercen la función directiva, la formación permanente no debe ser vista como una carga adicional, sino como una fuente de sentido, motivación y posibilidad. Aprender como líder no es solo un acto individual, es una forma de sostener la esperanza, contagiar entusiasmo, resolver problemas con creatividad y construir comunidad desde la humildad intelectual. Porque cuando una directora o un director aprende, toda la escuela se transforma.

Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann

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Pensar antes de asumir: una oportunidad para fortalecer la función directiva

En el ejercicio de la dirección escolar, uno de los retos más complejos es la manera en que se interpretan las situaciones cotidianas y las relaciones interpersonales. Quienes asumen esta responsabilidad se enfrentan de manera constante a escenarios que, más allá de la claridad de los reglamentos o la fuerza de las normas, se construyen desde percepciones, emociones, interpretaciones y significados. Por ello, resulta esencial detenerse un momento antes de asumir, reaccionar o responder, y reflexionar en torno a lo que se piensa, se siente y se percibe en las interacciones diarias.

El punto de partida está en cuestionar la validez de los supuestos: ¿es realmente cierto lo que creo?, ¿qué datos objetivos tengo para sostenerlo? Este ejercicio no solo invita a un pensamiento más claro, sino que evita caer en juicios apresurados que pueden afectar el clima de confianza en la escuela. Unido a ello, la empatía se convierte en un pilar indispensable. Ponerse en el lugar de la otra persona, reconocer que detrás de una conducta puede haber emociones, presiones o realidades invisibles, ayuda a construir vínculos más humanos y sólidos en la vida escolar.

Asimismo, es vital reconocer que toda acción o palabra puede tener múltiples interpretaciones. La apertura a contemplar diferentes lecturas de una misma situación amplía la visión directiva, permitiendo encontrar alternativas que favorezcan la mejora en el trabajo colaborativo y reduzcan tensiones innecesarias. En este mismo sentido, resulta fundamental prestar atención a lo que se experimenta interiormente: identificar las emociones, reconocer si estas nublan el juicio y aprender a responder desde la serenidad es un signo de madurez en quienes tienen la misión de guiar a una comunidad escolar.

Por último, la amabilidad no debe entenderse como debilidad, sino como una forma poderosa de liderazgo. Tratarse con respeto a uno mismo y responder de manera considerada a los demás favorece un ambiente en el que las diferencias se abordan con apertura y donde se fortalecen las relaciones laborales. Cuando las niñas, niños y adolescentes perciben que sus docentes y directivos resuelven los conflictos con equilibrio, respeto y comprensión, encuentran un espacio que favorece la mejora del clima escolar y, con ello, mejores condiciones para su propio aprendizaje.

En este sentido, pensar antes de asumir se convierte en un principio fundamental para quienes ejercen la función directiva. No solo porque evita errores de juicio, sino porque abre caminos para construir comunidades educativas más justas, colaborativas y orientadas hacia la mejora continua en todos sus ámbitos. La dirección escolar no se limita a la toma de decisiones administrativas, sino que es, sobre todo, un espacio de relaciones humanas donde la reflexión, la empatía y la amabilidad tienen un impacto directo en la vida de cada integrante de la comunidad.

Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann

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El lenguaje que construye escuela

La manera en que una directora o un director se comunica no es un asunto menor ni se limita a transmitir información. Cada palabra, cada tono, cada pausa, cada conversación, construye vínculos, genera certezas o dudas, alienta o desalienta, promueve la participación o el silencio. Antonio Bolívar (2006) lo expresa con claridad al señalar que el lenguaje del directivo no solo comunica, sino que también construye realidad. Esta afirmación implica una profunda responsabilidad para quienes ejercen la función directiva en los centros escolares.

Cuando el lenguaje se vuelve autoritario, unilateral o despectivo, los espacios educativos se vuelven rígidos, tensos y desmotivadores. Por el contrario, cuando el lenguaje nace del respeto, la escucha y el deseo de construir comunidad, se abren caminos para el entendimiento, la colaboración, la solución conjunta de problemas y, sobre todo, para fortalecer el trabajo conjunto de las y los docentes, personal de apoyo y familias. Hablar desde la comunidad no es solo utilizar un tono amable, sino posicionarse como parte de un colectivo que busca lo mejor para las y los estudiantes.

Para quienes dirigen escuelas, comprender la dimensión formativa del lenguaje es un paso esencial para impulsar procesos de mejora en todos los niveles de la vida institucional. El modo en que se recibe a una madre o padre de familia, el tono que se emplea con el equipo docente, la forma en que se aborda un conflicto, la manera en que se celebra un logro o se enfrenta un error, todo ello configura el ambiente de trabajo y, con ello, el ambiente en el que aprenden las niñas, niños y adolescentes.

El lenguaje del directivo, cuando es consciente, respetuoso y orientado al bien común, no solo mejora las relaciones laborales y la colaboración entre pares, sino que permite transformar la escuela en un espacio de encuentro, corresponsabilidad y sentido colectivo. Porque crear escuela con otros es, antes que nada, reconocer que lo que decimos y cómo lo decimos, deja huella.

Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann

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Lo incierto como oportunidad para fortalecer la función directiva

El ejercicio de la dirección escolar conlleva una enorme responsabilidad que no siempre transita por caminos claros ni certezas absolutas. En el quehacer diario, las y los directivos se enfrentan con frecuencia a situaciones en las que las respuestas no son blancas o negras, sino escenarios llenos de matices, contradicciones y posibilidades diversas. Lejos de ser un obstáculo, lo incierto puede convertirse en un terreno fértil para el crecimiento personal, el fortalecimiento del trabajo colectivo y la construcción de ambientes más favorables para el aprendizaje.

Aceptar que no todo puede resolverse desde una mirada rígida implica cultivar la apertura, la capacidad de escuchar con empatía y la disposición para considerar que distintas perspectivas pueden enriquecer las decisiones que se toman. La flexibilidad y la curiosidad ante lo incierto permiten a las y los directivos ampliar su visión y encontrar soluciones creativas que fortalezcan tanto la vida escolar como la convivencia cotidiana. Esto abre la puerta a un proceso de mejora continua en el que se valoran las diferencias y se construyen respuestas conjuntas, lo cual impacta de manera positiva en el clima escolar.

Lo incierto, cuando se asume con serenidad y apertura, ayuda a disminuir tensiones y favorece que los equipos de trabajo se sientan escuchados y valorados. Así, la función directiva se convierte en un espacio donde las diferencias no generan ruptura, sino posibilidades de diálogo y acuerdos compartidos. De este modo, se mejora la colaboración entre docentes, se fortalecen las relaciones laborales y se impulsa un ambiente armónico que repercute directamente en el aprendizaje y bienestar de niñas, niños y adolescentes.

En este sentido, la dirección escolar se consolida como un proceso de acompañamiento y construcción colectiva, en el que la diversidad de ideas, experiencias y expectativas se transforma en una riqueza que fortalece la tarea educativa. Las y los directivos que desarrollan la capacidad de convivir con lo incierto y lo cambiante, no solo toman mejores decisiones, sino que también modelan una actitud de apertura y resiliencia que inspira a toda la comunidad escolar.

Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann

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Adolescentes conectados, emociones fragmentadas

La presencia creciente de dispositivos móviles en la vida cotidiana de niñas, niños y adolescentes ha abierto muchas posibilidades: acceso a la información, comunicación inmediata, entretenimiento sin fronteras, entre otros. Sin embargo, también ha traído consigo desafíos profundos que impactan directamente el entorno escolar, familiar y social. Jean Twenge ha documentado con claridad una tendencia preocupante: el incremento en el uso de pantallas coincide con un aumento alarmante en los niveles de ansiedad, depresión y aislamiento en las juventudes.

Para quienes ejercen la función directiva, esta realidad no puede pasar desapercibida. Las escuelas no son islas aisladas de lo que ocurre en la vida digital de sus estudiantes. Por el contrario, son uno de los principales espacios donde se pueden identificar los efectos emocionales, sociales y académicos de esta hiperconectividad. En este sentido, es crucial reflexionar y actuar desde una perspectiva que priorice la construcción de ambientes protectores, la mejora del clima de aprendizaje y la creación de vínculos sólidos entre estudiantes, docentes, directivos y familias.

La dirección escolar tiene un papel central en la construcción de acuerdos colectivos para regular el uso de dispositivos dentro de los centros educativos. Esta regulación no debe ser punitiva, sino formativa, con base en el diálogo, la escucha activa y el acompañamiento emocional. Es necesario que las escuelas se conviertan en lugares donde se promueva una convivencia digital responsable, donde se fomente el bienestar emocional y donde se valore el uso consciente de la tecnología.

Además, esta reflexión debe ir de la mano con el fortalecimiento del trabajo colaborativo entre los diferentes actores escolares. Solo desde una mirada conjunta y sensible a las realidades de los estudiantes, se podrán diseñar estrategias que verdaderamente transformen la experiencia escolar en una experiencia humana, significativa y segura. Esto no solo permitirá prevenir afectaciones a la salud mental, sino también mejorar el clima escolar y potenciar las condiciones para que todas y todos puedan aprender en un entorno respetuoso, saludable y armonioso.

Hoy más que nunca, liderar implica cuidar. Cuidar lo que se dice, lo que se promueve, lo que se permite y lo que se ignora. Y también implica abrir espacios para pensar juntos cómo queremos vivir y convivir, tanto dentro como fuera de las pantallas.

Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann

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El descanso como herramienta para fortalecer la función directiva

Dormir bien no solo es un acto de recuperación física, también es un factor decisivo para la claridad mental, la estabilidad emocional y la construcción de relaciones sanas. En la función directiva, donde las decisiones, la interacción constante con equipos de trabajo y la conducción de procesos educativos forman parte de la vida cotidiana, el descanso adecuado se convierte en un aliado indispensable para mantener el rumbo y proyectar confianza en la comunidad escolar.

Un sueño reparador contribuye de manera significativa al equilibrio emocional, lo que permite que quienes asumen la dirección escolar afronten con mayor serenidad los retos diarios. El buen descanso favorece la producción de sustancias en el cerebro que están asociadas con el bienestar, lo cual se refleja en un estado de ánimo más positivo y en la capacidad de transmitir calma a los equipos de trabajo. Esta disposición positiva genera un círculo virtuoso que impacta directamente en la mejora del clima escolar, pues los conflictos se abordan con mayor paciencia y apertura al diálogo.

Además, dormir bien potencia la concentración y la toma de decisiones. En la vida directiva, donde es necesario discernir entre múltiples situaciones y elegir caminos que influyen en la vida de estudiantes, docentes y familias, contar con una mente descansada permite analizar con mayor claridad, prever consecuencias y actuar con firmeza. La memoria, el juicio crítico y la capacidad de planear acciones a mediano y largo plazo encuentran un soporte sólido en un cuerpo y una mente que han recuperado energías.

El descanso también actúa como un escudo contra el estrés, reduciendo los niveles de tensión que suelen acompañar a quienes tienen responsabilidades de conducción escolar. Un director o directora que logra conciliar un sueño suficiente afronta los problemas con más serenidad, lo cual evita respuestas precipitadas o reacciones que puedan deteriorar las relaciones laborales. Esta serenidad abre la puerta a una mejora en el trabajo colaborativo, pues un líder tranquilo inspira confianza y promueve un ambiente de cooperación entre los distintos actores escolares.

Otro aspecto fundamental es que el sueño favorece la empatía y la capacidad de escucha. Quienes duermen adecuadamente muestran más paciencia y apertura al momento de interactuar, lo cual fortalece los lazos con el equipo docente y con las familias. Este factor se traduce en la construcción de comunidades escolares más cohesionadas y en la consolidación de un clima de aprendizaje en el que las niñas, niños y adolescentes perciben un entorno armónico y seguro.

Finalmente, el descanso brinda resiliencia, es decir, la capacidad de levantarse tras los fracasos y aprender de las dificultades. La función directiva no está exenta de tropiezos, pero contar con una reserva física y mental producto de un sueño reparador permite enfrentar las adversidades sin desgastarse en exceso. Así, el descanso se convierte en una estrategia silenciosa pero poderosa que sostiene la mejora continua del trabajo directivo y potencia la construcción de un entorno más favorable para todos los miembros de la comunidad escolar.

Dormir bien no es un lujo, es una necesidad vital que incide directamente en la manera en que se conduce una escuela. Por ello, quienes ejercen la función directiva deben reconocer que el descanso es una inversión en su propio bienestar y en el de toda la comunidad educativa.

Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann

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La clave está en unir, no solo en sumar

En el día a día de las escuelas, es común que surjan múltiples propuestas, proyectos e ideas para atender distintas necesidades: desde lo pedagógico hasta lo comunitario, pasando por lo administrativo y lo emocional. Sin embargo, cuando estas acciones caminan por separado, sin diálogo ni propósito compartido, es fácil que se diluyan los esfuerzos, se generen tensiones y se pierda el sentido de lo que realmente se quiere lograr como institución.

En este contexto, Hargreaves y Fink (2006) ofrecen una reflexión clave: el verdadero liderazgo educativo no consiste únicamente en impulsar muchas acciones, sino en ser capaz de tejerlas en una estrategia común, comprensible, accesible, coherente y significativa para todas las personas que conforman la comunidad escolar. Quien ejerce la dirección tiene la posibilidad —y la responsabilidad— de construir una visión colectiva que ordene, inspire y conecte los esfuerzos que emergen desde distintos espacios, tiempos y actores.

Esa capacidad de integración no se logra con órdenes ni con imposiciones, sino escuchando, interpretando, priorizando y facilitando condiciones para que las iniciativas dialoguen entre sí. Requiere de una sensibilidad profunda hacia el contexto, una apertura permanente al trabajo en equipo, y una claridad ética y profesional sobre lo que verdaderamente importa para el bienestar y el aprendizaje de las y los estudiantes.

Cuando esta articulación ocurre, el trabajo docente se revitaliza, las relaciones laborales se fortalecen, y se crea un ambiente más saludable y propicio para enseñar y aprender. Las personas dejan de sentirse fragmentadas en múltiples tareas inconexas, y comienzan a sentirse parte de un proyecto común, donde cada esfuerzo suma, pero además está conectado con una meta institucional clara y compartida.

Para quienes ejercen la función directiva, cultivar esta capacidad de integrar, de simplificar sin empobrecer, de enfocar sin excluir, es parte esencial de su quehacer profesional. Porque cuando la escuela encuentra una ruta común, cada paso, cada voz, cada iniciativa cobra sentido.

Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann

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La importancia de la rendición de cuentas en la función directiva escolar

Quienes asumen la responsabilidad de dirigir una institución educativa saben que gran parte del éxito de su labor no depende únicamente de la capacidad para organizar procesos, sino también de su compromiso personal y del ejemplo que ofrecen a su comunidad escolar. El fortalecimiento del trabajo directivo comienza con la convicción de que cada acción realizada impacta en el clima escolar, en la manera en que se construyen las relaciones laborales y, sobre todo, en la forma en que se abre camino a un ambiente favorable para que niñas, niños y adolescentes logren aprendizajes significativos.

Un primer aspecto esencial es la iniciativa. Las directoras y directores que dan pasos firmes para anticiparse a las necesidades de su escuela, sin esperar siempre a que alguien más lo indique, transmiten un mensaje de confianza y seguridad al equipo. A ello se suma la integridad, entendida como la coherencia entre lo que se piensa, se dice y se hace. Cuando la comunidad percibe que la persona al frente mantiene principios sólidos incluso en momentos de dificultad, se fortalece la confianza colectiva y se genera un ejemplo que inspira al resto del personal.

El fortalecimiento del trabajo directivo también implica la capacidad de reflexión, un espacio para mirar las propias acciones, reconocer los avances y ajustar aquello que no esté funcionando. Esta disposición a aprender de la experiencia, lejos de ser un signo de debilidad, se convierte en una fuerza que impulsa la mejora continua. Cada reflexión abre paso a nuevas formas de construir un mejor clima de aprendizaje y de mantener al equipo motivado.

Del mismo modo, quienes asumen la función directiva necesitan apropiarse de cada tarea, comprender que no basta con delegar, sino que deben acompañar el proceso hasta el final. Esa actitud de responsabilidad plena evita la fragmentación del trabajo y muestra a las y los docentes que el liderazgo es compartido y se respalda con hechos. Al mismo tiempo, este compromiso fortalece la cohesión en el equipo, promueve relaciones laborales más sanas y garantiza que los esfuerzos se traduzcan en bienestar colectivo.

En el plano del trabajo colaborativo, la claridad en los acuerdos y la definición de roles es indispensable. Cuando todas las personas saben qué se espera de ellas, disminuyen los malentendidos y aumenta la armonía en la comunidad escolar. Un liderazgo que acompaña, orienta y brinda retroalimentación con respeto permite que el personal crezca, aprenda y se comprometa de manera más genuina con la misión de la escuela. Además, el abordaje de los conflictos de manera directa y oportuna, sin permitir que se acumulen tensiones innecesarias, asegura un ambiente de trabajo más saludable y un espacio de aprendizaje más positivo para las y los estudiantes.

La rendición de cuentas en la dirección escolar, por tanto, no es solo un acto administrativo, sino una manera de fortalecer la confianza, el respeto mutuo y la construcción de una comunidad educativa sólida. En la medida en que las y los directivos asumen esta responsabilidad con apertura, compromiso y disposición para aprender, se logran avances reales en la mejora del clima escolar y se abre camino a relaciones laborales que impulsan de manera directa la mejora del ambiente para el aprendizaje de niñas, niños y adolescentes.

Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann

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Equivocarse también enseña: una mirada directiva que construye comunidad

En el camino del liderazgo educativo, uno de los aprendizajes más poderosos y transformadores es comprender que el error no representa un fracaso, sino una posibilidad. Esta visión, expuesta por Bolívar (2012), abre la puerta a una comprensión mucho más humana y constructiva del trabajo en los centros escolares. Reconocer el error como una oportunidad y no como una amenaza es una práctica esencial para quienes ejercen la función directiva y desean fortalecer su comunidad educativa.

Cuando el liderazgo escolar promueve una cultura donde el error se analiza en colectivo, sin juicios ni sanciones innecesarias, lo que se genera es una atmósfera de confianza, apertura y corresponsabilidad. El error se convierte entonces en un punto de partida para revisar prácticas, repensar decisiones, escuchar otras voces y plantear alternativas de manera conjunta. Esto no solo enriquece las decisiones que se tomen, sino que fortalece la cohesión del equipo de trabajo.

En lugar de operar bajo la lógica del castigo o la perfección inalcanzable, este enfoque invita a mirar al error como un peldaño más en la construcción de procesos cada vez más sólidos. Desde esta perspectiva, el trabajo colaborativo se consolida porque cada integrante sabe que puede aportar, equivocarse y volver a intentar, sin perder su valor dentro del colectivo. Esta dinámica repercute de manera directa en la mejora del clima laboral, en la generación de vínculos más sanos y en la consolidación de una comunidad profesional que se siente acompañada y respetada.

Para quienes dirigen escuelas, adoptar esta postura tiene un impacto profundo. Permite dejar de lado la exigencia individualista, dar ejemplo de humildad y aprendizaje constante, y construir una cultura institucional que se sostiene en el diálogo, la autocrítica y la mejora continua. Y lo más importante: este ambiente termina beneficiando directamente a las y los estudiantes, quienes aprenden también que equivocarse es parte del proceso de aprender, que pueden expresar sus dudas sin miedo, y que su escuela es un lugar seguro para crecer.

Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann

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Reestructurar el pensamiento para fortalecer la función directiva

En la vida de quienes asumen responsabilidades de dirección en los centros escolares, no solo se enfrentan a la toma de decisiones organizativas, sino también a situaciones emocionales y conductuales que pueden influir de manera decisiva en el clima de trabajo y en la construcción de relaciones sanas con el equipo docente, el personal administrativo, las madres y padres de familia, y por supuesto, con las niñas, niños y adolescentes. Comprender cómo se generan los pensamientos y cómo estos impactan en las emociones y en las acciones, constituye un recurso fundamental para quienes desean avanzar hacia la mejora continua de su labor directiva.

Cuando una persona al frente de una escuela se enfrenta a un acontecimiento que genera malestar —una crítica, una diferencia con el equipo, un resultado inesperado— suele aparecer un pensamiento automático que puede ser negativo. Estos pensamientos influyen en el ánimo, en la percepción de sí mismos y en la forma en que se aborda la relación con los demás. Sin embargo, detenerse a analizar la creencia que se desprende de ese hecho, cuestionarla y ponerla en perspectiva, permite abrir paso a interpretaciones más constructivas. Esta reestructuración del pensamiento es una práctica que ayuda a no caer en suposiciones dañinas, como creer que no se es capaz o que el equipo no está comprometido, cuando en realidad existen múltiples explicaciones alternativas que pueden enriquecer la visión de lo ocurrido.

En el terreno directivo, este ejercicio no se limita a lo personal, sino que repercute en todo el clima laboral y escolar. Una emoción negativa no trabajada puede proyectarse en la interacción con los docentes, generar tensiones innecesarias o transmitir desconfianza al alumnado. En cambio, cuando se logra identificar la raíz de los pensamientos y transformarlos en emociones más equilibradas, se construye un ambiente más armónico, que favorece la mejora en el trabajo colaborativo, el fortalecimiento de la comunicación y la apertura a la retroalimentación.

La práctica de cuestionar creencias limitantes y reemplazarlas por interpretaciones más realistas y saludables permite a los directivos no solo sentirse más serenos, sino también guiar con mayor claridad. Este tipo de autocontrol emocional se traduce en mejores relaciones interpersonales, en la disminución de conflictos internos y en un mayor compromiso compartido por alcanzar propósitos comunes. En consecuencia, el clima escolar mejora, los vínculos laborales se fortalecen y se abre un espacio más propicio para que los estudiantes encuentren un entorno de confianza y motivación para aprender.

Asumir la dirección escolar requiere también asumir un trabajo interno constante. La reestructuración de pensamientos es una herramienta que no solo favorece el crecimiento personal de quienes dirigen, sino que también fortalece el tejido humano y profesional de toda la comunidad educativa. En ella se encuentra un camino hacia la mejora del clima de aprendizaje y hacia la construcción de entornos escolares donde predomine la empatía, la serenidad y la apertura al diálogo.

Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann

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El equilibrio emocional: base del liderazgo escolar consciente

Liderar una escuela va mucho más allá de cumplir con actividades administrativas o de supervisión institucional. Quien ejerce la función directiva en un centro educativo enfrenta, a diario, una gran cantidad de decisiones, tensiones, demandas, y situaciones que requieren respuestas no solo racionales, sino profundamente humanas. En este contexto, lo expresado por Weinstein (2011) cobra pleno sentido: sin equilibrio emocional, ni el conocimiento ni la autoridad alcanzan para conducir procesos con sentido y profundidad.

El equilibrio emocional no es un atributo decorativo ni una cualidad secundaria; se trata de una herramienta indispensable para ejercer el liderazgo de forma auténtica, empática y sostenida. Es la base que permite responder ante el conflicto sin quebrarse, acompañar a otros sin imponer, tomar decisiones firmes sin perder la humanidad. Un directivo que cultiva este equilibrio está en mejores condiciones para contener emocionalmente a su equipo, escuchar con apertura, inspirar con su ejemplo y establecer vínculos de confianza.

Este equilibrio interior se traduce en la construcción de relaciones laborales más saludables, en una comunicación más asertiva y en una convivencia escolar menos tensa y más respetuosa. Desde esta perspectiva, cuidar el estado emocional de quienes dirigen escuelas es también cuidar el bienestar de toda la comunidad educativa. Cuando el clima escolar se ve influido por una dirección emocionalmente estable y consciente, las condiciones para aprender y enseñar mejoran sustancialmente.

Una escuela no se transforma solo por decretos o estructuras, sino por las personas que en ella interactúan día a día. Y si quienes lideran esas interacciones no logran sostenerse emocionalmente, difícilmente podrán acompañar a otros en sus trayectos de aprendizaje, en sus desafíos y en su desarrollo profesional y humano. Apostar por el equilibrio emocional como parte del fortalecimiento del trabajo directivo es, en definitiva, apostar por escuelas más humanas, más cercanas, más vivibles.

Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann

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Señales que reflejan un liderazgo auténtico en la función directiva

Cuando se piensa en lo que significa ejercer la función directiva en un centro escolar, a menudo se cree que basta con tomar decisiones y dar indicaciones. Sin embargo, el verdadero fortalecimiento del trabajo directivo está profundamente vinculado con actitudes, valores y formas de relacionarse que impactan directamente en el clima escolar y en la construcción de una comunidad de aprendizaje más sólida y humana. Una de las primeras características que distingue a quienes ejercen un liderazgo auténtico es la comunicación clara y honesta. No se trata solo de transmitir información, sino de hacerlo con transparencia, generando confianza y permitiendo que todas las voces puedan ser escuchadas. De la misma forma, cuando surgen errores o situaciones difíciles, el director que sabe orientar de manera privada y reflexiva demuestra que su propósito no es exhibir ni señalar, sino construir y guiar desde la confianza.

El fortalecimiento del trabajo directivo también implica tomar decisiones con inteligencia y apertura al riesgo, comprendiendo que avanzar siempre supone asumir retos y que de cada error se extraen aprendizajes valiosos. Esto se relaciona con la resiliencia, entendida como la capacidad de levantarse, adaptarse y seguir adelante sin perder de vista el propósito educativo. Los directores que inspiran son aquellos que saben medir los resultados de las acciones, no desde la cantidad de tareas realizadas, sino a partir del impacto positivo que estas tienen en la convivencia escolar y en el aprendizaje de niñas, niños y adolescentes.

Otro elemento fundamental es la creación de un ambiente donde se valore el talento de cada integrante de la comunidad escolar. Atraer y retener a personas comprometidas no depende únicamente de recompensas materiales, sino de la construcción de una cultura donde la inteligencia emocional, la empatía y la innovación se convierten en pilares que impulsan la mejora continua. El director que reconoce la importancia de la inteligencia emocional logra generar un ambiente de respeto y confianza, indispensable para mejorar las relaciones laborales y fortalecer el trabajo colaborativo.

La labor directiva también se caracteriza por una fuerte orientación a la integridad y a la humildad. Estos rasgos no solo consolidan la credibilidad, sino que promueven la formación de otros líderes dentro del mismo espacio escolar, multiplicando las capacidades y propiciando un entorno de aprendizaje compartido. Quien se reconoce como aprendiz constante, que sabe escuchar activamente y que valora la retroalimentación, demuestra que el liderazgo no es un lugar de imposición, sino un camino de mejora continua.

Los directores que dejan huella son aquellos que saben reconocer públicamente el esfuerzo de los demás, que no se esconden tras máscaras ni se pierden en juegos de poder, y que comprenden que el trabajo educativo requiere de relaciones genuinas y cercanas. Su ejemplo inspira, no por el cargo que ocupan, sino por la manera en que fortalecen el clima escolar y generan un ambiente favorable para que todos puedan aprender y desarrollarse.

La función directiva no es, por tanto, un asunto de autoridad rígida, sino un proceso de construcción colectiva que requiere sensibilidad, visión y compromiso. Reconocer estas señales y ponerlas en práctica contribuye no solo al crecimiento personal del director, sino también a la mejora del clima escolar, a relaciones laborales más humanas y, sobre todo, a la creación de un entorno en el que niñas, niños y adolescentes encuentren un espacio seguro para aprender y crecer.

Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann

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Entre la obligación y la vulnerabilidad del magisterio

“Criminalizar al docente es el camino más corto para destruir la confianza en el sistema educativo” (Gairín, 2015).

En el estado de Nuevo León, el Congreso local aprobó recientemente una reforma a la Ley para Prevenir, Atender y Erradicar el Acoso y la Violencia Escolar que obliga a los docentes a denunciar ante el Ministerio Público cualquier situación de acoso o violencia que pudiera constituir un delito, so pena de ser acusados de encubrimiento si omiten hacerlo.

La propuesta fue impulsada con el argumento de que el magisterio es la primera autoridad en el aula y, por tanto, tiene la responsabilidad de salvaguardar la integridad y el bienestar de los estudiantes. Sin embargo, la medida ha despertado una profunda inquietud entre el personal educativo, que la percibe más como una criminalización de su función que como un apoyo real a la prevención de la violencia escolar.

El malestar generalizado entre maestras y maestros no se origina en la falta de compromiso con la protección de los alumnos, sino en la sensación de que se les ha cargado una nueva responsabilidad sin ofrecerles los medios, el acompañamiento o la seguridad necesarios para ejercerla. En un contexto en el que los docentes ya enfrentan precariedad laboral, falta de reconocimiento social y condiciones adversas dentro de las escuelas, la amenaza de ser acusados de encubrimiento añade un elemento de vulnerabilidad jurídica y emocional. La preocupación no solo es por las posibles sanciones, sino por el riesgo real de represalias de parte de agresores o familiares al momento de denunciar, sin que existan mecanismos claros de protección.

A nivel federal, la legislación mexicana ya contempla la obligación de actuar ante casos de acoso escolar. Los protocolos de la Secretaría de Educación Pública y la Ley General de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes establecen que, cuando un hecho pueda constituir delito, debe darse vista al Ministerio Público. Sin embargo, la diferencia en Nuevo León es que esta omisión podría derivar en responsabilidad penal, marcando un precedente inédito en el país. En otras entidades como la Ciudad de México o el Estado de México, la omisión puede acarrear sanciones administrativas, pero no se tipifica como encubrimiento. Por ello, lo ocurrido en Nuevo León abre un debate nacional sobre los límites de la función docente y las garantías que el Estado debe ofrecer antes de exigir responsabilidades de índole penal.

Este tipo de medidas pone en evidencia un riesgo creciente en la interacción docente con niñas, niños y adolescentes. La falta de claridad en los protocolos, la presión social y el miedo a ser malinterpretados o denunciados injustamente generan un clima de incertidumbre que erosiona la confianza entre docentes, estudiantes y familias. Resulta indispensable recordar que la formación y protección de los estudiantes es una tarea compartida entre escuela, familia y autoridades. No puede exigirse al profesorado una función de investigador o fiscal sin dotarle de las herramientas profesionales, la protección institucional y la capacitación integral que ello requiere.

De ahí la necesidad de documentarse, conocer las rutas de actuación y mantener registro de cada paso que se realice en situaciones de acoso escolar. El docente no necesita ser abogado, pero sí debe saber qué hacer, cómo hacerlo y ante quién. Registrar incidentes, informar por escrito a la dirección escolar y notificar a las autoridades competentes son medidas básicas que pueden marcar la diferencia entre una intervención adecuada y un conflicto legal injusto. A su vez, es vital que los equipos directivos asuman su papel de respaldo institucional, protejan al personal y activen los protocolos con seriedad, evitando delegar toda la carga de acción al profesorado.

El Estado y las autoridades educativas deben garantizar la presencia de profesionales especializados —psicólogos, trabajadores sociales, orientadores— capaces de detectar y atender oportunamente los casos de acoso, complementando la labor docente. No se puede seguir improvisando capacitaciones superficiales de unas cuantas horas cuando se trata de un fenómeno tan complejo y sensible.Combatir el acoso escolar es una meta impostergable, pero no puede lograrse criminalizando al magisterio. Es necesario construir un enfoque de corresponsabilidad donde familia, escuela y Estado compartan el deber de prevenir y atender la violencia escolar. Los docentes deben ser aliados, no sospechosos. La protección de la infancia no puede implicar la desprotección de quienes dedican su vida a educarla. Por ello, urge un compromiso integral: leyes justas, capacitación seria, estructuras de apoyo profesional y un auténtico respaldo institucional que dignifique la tarea docente y garantice la seguridad de todos los actores del proceso educativo. Porque la educación, es el futuro…

Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann

Docente y Abogado. Doctor en Gerencia Pública y Política Social

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