“Acompañar consiste en estar presente ante el dolor de otra persona, no en eliminar ese dolor”. Alan D. Wolfelt — Especialista en duelo y acompañamiento emocional
Cada 1 y 2 de noviembre, México se encuentra con una de sus tradiciones más profundas: recordar a quienes han partido. Las flores de cempasúchil, las ofrendas, las fotografías y los recuerdos nos permiten establecer un diálogo simbólico entre la vida y la muerte. Sin embargo, detrás de esta celebración cultural existe una realidad que merece mayor atención: la manera en que millones de niñas, niños y adolescentes enfrentan la ausencia definitiva de alguien a quien aman. Porque mientras los adultos encontramos en estas fechas oportunidades para recordar, muchos menores todavía intentan comprender qué significa que una madre, un padre, un hermano, un abuelo o un amigo nunca regresará.
La muerte suele abordarse como un acontecimiento familiar, pero sus consecuencias trascienden las paredes del hogar. Cuando un niño pierde a alguien significativo, no solamente experimenta tristeza; también puede modificarse su percepción de seguridad, su manera de relacionarse, su comportamiento y sus posibilidades de aprender. Una ausencia puede transformar silenciosamente su vida cotidiana. Y mientras la sociedad espera que continúe creciendo, jugando y estudiando, ese niño intenta reorganizar un mundo que, repentinamente, ha dejado de ser el mismo.
La dimensión del problema resulta considerable. El modelo estadounidense de estimación del duelo infantil, desarrollado por Judi’s House, señala en su actualización de 2026 que aproximadamente uno de cada once menores experimentará la muerte de su padre, madre o algún hermano antes de cumplir dieciocho años. Se trata de alrededor de 6.6 millones de personas. Aunque estos resultados no pueden trasladarse automáticamente a México, permiten reconocer que el duelo infantil constituye un fenómeno social de grandes proporciones, frecuentemente invisible para las políticas públicas.
Las investigaciones internacionales confirman que sus consecuencias pueden alcanzar la trayectoria educativa. Un estudio publicado en JAMA Network Open, basado en una cohorte de más de 900 mil personas nacidas en Suecia, encontró una asociación entre la muerte de alguno de los progenitores durante la infancia y menores calificaciones escolares, incluso al comparar hermanos de una misma familia. Aunque estas relaciones no significan que todos los menores en duelo tendrán dificultades académicas, evidencian que la pérdida puede convertirse en una condición de vulnerabilidad educativa que requiere atención.
Para comprenderlo resulta indispensable reconocer que la infancia no interpreta la muerte como lo hacemos los adultos. UNICEF explica que los menores de cinco años pueden tener dificultades para comprender su carácter irreversible y esperar el regreso de quien murió. Durante la primaria comienzan a entender su significado, aunque pueden experimentar miedo a perder a otras personas cercanas. En la adolescencia, cuando existe mayor comprensión de la muerte, aparecen interrogantes sobre el sentido de la vida, la injusticia, la identidad y el futuro. Ninguna de estas respuestas sigue necesariamente un calendario emocional.
El duelo tampoco se manifiesta únicamente mediante el llanto. Puede expresarse como irritabilidad, aislamiento, dificultades para dormir, temor a separarse de sus cuidadores, molestias físicas, desinterés o cambios repentinos de conducta. Algunos menores parecen continuar normalmente sus actividades y posteriormente manifiestan su sufrimiento. Otros alternan momentos de tristeza con juegos y alegría. Interpretar estas expresiones como indiferencia, indisciplina o falta de madurez constituye uno de los errores más frecuentes de los adultos.
Aquí aparece una responsabilidad fundamental de los centros educativos. La escuela recibe diariamente a estudiantes cuyas experiencias personales desconoce parcialmente. Detrás de una tarea incumplida, una calificación descendente o una conducta desafiante puede encontrarse una pérdida reciente. El problema surge cuando la institución observa solamente el resultado escolar sin preguntarse qué circunstancias están afectando al estudiante. No todo bajo rendimiento es consecuencia del duelo, pero tampoco toda dificultad de aprendizaje encuentra su explicación exclusivamente en lo académico.
La Academia Estadounidense de Pediatría advierte que las dificultades escolares relacionadas con una pérdida pueden aparecer semanas o meses después del fallecimiento. Por ello, la respuesta educativa necesita superar las condolencias iniciales. El acompañamiento requiere seguimiento, comunicación con la familia y ajustes razonables en las exigencias escolares. Ampliar temporalmente plazos, reorganizar actividades, ofrecer oportunidades de recuperación y mantener expectativas realistas no significa renunciar al aprendizaje, sino reconocer las condiciones necesarias para hacerlo posible.
Las maestras y los maestros ocupan una posición especialmente importante. No necesitan convertirse en terapeutas ni asumir responsabilidades clínicas que corresponden a profesionales especializados. Su aportación consiste en ofrecer estabilidad, escucha, confianza y condiciones pedagógicas sensibles. Preguntar cómo se siente un estudiante, respetar sus silencios, evitar exposiciones públicas innecesarias y disponer de momentos de acompañamiento puede resultar más significativo que cualquier discurso sobre la muerte. La sensibilidad pedagógica comienza cuando comprendemos que enseñar también implica reconocer la humanidad de quien aprende.
Asimismo, resulta necesario abandonar expresiones que, aunque bienintencionadas, pueden profundizar la confusión: decir que alguien se quedó dormido, que se fue de viaje o que debe dejar de llorar. Las orientaciones de UNICEF y del Sistema Nacional de Protección Integral de Niñas, Niños y Adolescentes recomiendan hablar con claridad, utilizar un lenguaje adecuado a la edad, escuchar las preguntas y evitar imponer maneras particulares de sentir. El propósito no consiste en eliminar la tristeza, sino en evitar que se transforme en soledad, culpa o incomprensión.
La escuela también puede contribuir desde sus contenidos curriculares. La literatura, la historia, las artes, la educación socioemocional y el conocimiento de las tradiciones ofrecen oportunidades para comprender la finitud de la vida, expresar sentimientos y reconocer distintas formas culturales de recordar. Los relatos, dibujos, conversaciones y actividades artísticas pueden favorecer esa comprensión, siempre que la participación personal sea voluntaria y se respeten las creencias familiares. Una educación verdaderamente integral no debería excluir una experiencia humana tan inevitable como la muerte.
En este contexto, el Día de Muertos adquiere una dimensión pedagógica extraordinaria. Reconocida por la UNESCO como patrimonio cultural inmaterial, esta tradición permite acercarse a la memoria, la identidad y los vínculos intergeneracionales. Pero conviene distinguir entre celebrar culturalmente a nuestros muertos y acompañar emocionalmente a quienes sufren su ausencia. Elaborar una ofrenda puede representar una experiencia reconfortante para algunos estudiantes y dolorosa para otros. Ninguna actividad escolar debería obligarlos a compartir pérdidas personales, exhibir fotografías familiares o participar en rituales contrarios a sus convicciones.
Existe, además, una dimensión de desigualdad que no puede ignorarse. La muerte de una persona cuidadora puede significar también pérdida de ingresos, cambios de residencia, separación familiar o nuevas responsabilidades domésticas. En contextos de pobreza, violencia y limitada cobertura de servicios psicológicos, estas circunstancias pueden comprometer la permanencia escolar. Por ello, las respuestas institucionales requieren articular educación, salud, protección social y atención familiar. Acompañar el duelo también supone prevenir que una pérdida afectiva se convierta en una trayectoria de exclusión.
México necesita incorporar esta perspectiva a la formación docente, los protocolos escolares y los mecanismos de atención socioemocional. Las autoridades educativas deberían promover orientaciones para actuar ante fallecimientos, mecanismos confidenciales de seguimiento, coordinación con servicios especializados y estrategias de prevención del abandono. Especial cuidado requieren las muertes violentas, los suicidios y las pérdidas traumáticas, situaciones en las que puede ser indispensable la intervención profesional. Asimismo, reconocer señales persistentes de sufrimiento, deterioro funcional o riesgo de autolesión exige atención oportuna.
Quizá la enseñanza más importante de estas fechas consista en reconocer que el duelo no tiene una duración uniforme ni concluye cuando desaparecen las manifestaciones visibles de tristeza. Una ausencia puede adquirir nuevos significados al ingresar a secundaria, celebrar una graduación o alcanzar cualquier acontecimiento importante. Acompañar significa comprender que el crecimiento también transforma nuestra manera de recordar.
Este noviembre, mientras México llena de flores sus altares y celebra la memoria de quienes partieron, convendría dirigir también la mirada hacia quienes permanecen, especialmente los más pequeños. Porque una sociedad que enseña a recordar a sus muertos también debe aprender a cuidar a sus vivos. Y una escuela que pretende formar integralmente a sus estudiantes necesita comprender que, en ocasiones, antes de aprender una nueva lección, una niña o un niño necesita descubrir que puede seguir viviendo, creciendo y construyendo su futuro sin dejar de amar a quien ya no está. Porque la educación es el camino…

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