Cambiar en una escuela no significa simplemente introducir nuevas disposiciones, procedimientos o formas de trabajo. Todo cambio toca prácticas construidas durante años, certezas profesionales, relaciones entre las personas e incluso maneras de comprender lo que significa enseñar, dirigir y participar en una comunidad educativa. Por ello, la resistencia no siempre debe interpretarse como falta de compromiso; muchas veces expresa incertidumbre, temor, experiencias anteriores poco satisfactorias o, sencillamente, la necesidad de comprender.
John P. Kotter (1996) aporta una idea especialmente valiosa: las transformaciones requieren construir comprensión y sentido. En el ámbito escolar, esto supone que quien ejerce la función directiva no puede limitarse a comunicar qué habrá de modificarse. Necesita conversar con su equipo acerca del porqué, para qué y, especialmente, de qué manera ese cambio puede contribuir al propósito educativo compartido.
Cuando las personas comprenden las razones, pueden dejar de sentirse únicamente receptoras de decisiones y comenzar a reconocerse como participantes de la transformación. Ahí cobra especial importancia escuchar dudas, reconocer desacuerdos, abrir espacios de diálogo y permitir que el colectivo aporte desde su experiencia.
Una dirección que explica, escucha y acompaña fortalece la confianza. Y donde existe confianza resulta más posible construir trabajo colaborativo, mejores relaciones laborales, acuerdos compartidos y un clima escolar favorable. El cambio deja entonces de percibirse exclusivamente como una exigencia externa y puede convertirse en una oportunidad de aprendizaje colectivo y mejora continua.
Para quienes ejercen la función directiva, comprender estos procesos es fundamental. No se trata de vencer resistencias, sino de comprenderlas y trabajar con ellas. Porque transformar una escuela requiere transformar con las personas, nunca a pesar de ellas.
Y cuando el equipo encuentra sentido a lo que hace, también se fortalecen las condiciones para que niñas, niños y adolescentes aprendan y se desarrollen en ambientes escolares más humanos, colaborativos y esperanzadores.
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Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann
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