La escuela no puede vivir conectada las 24 horas

“El burnout es una respuesta prolongada a estresores emocionales e interpersonales crónicos en el trabajo.” Christina Maslach, Wilmar Schaufeli y Michael Leiter, investigadores fundamentales en el estudio del burnout Durante años se ha normalizado una idea peligrosa en el trabajo educativo: que una buena maestra, un buen maestro o un buen director es aquel que…

“El burnout es una respuesta prolongada a estresores emocionales e interpersonales crónicos en el trabajo.” Christina Maslach, Wilmar Schaufeli y Michael Leiter, investigadores fundamentales en el estudio del burnout

Durante años se ha normalizado una idea peligrosa en el trabajo educativo: que una buena maestra, un buen maestro o un buen director es aquel que siempre está disponible. El teléfono encendido después de la jornada, los mensajes nocturnos, los grupos de WhatsApp que continúan activos durante la cena, las solicitudes administrativas enviadas por la tarde para entregarse al día siguiente, las llamadas de familias durante el fin de semana y la revisión permanente de avisos institucionales han ido convirtiendo la disponibilidad en una especie de virtud profesional. Pero estar siempre disponible no significa necesariamente trabajar mejor. En ocasiones significa, simplemente, no dejar nunca de trabajar.

La transformación digital facilitó muchas cosas. Hoy una dirección escolar puede comunicarse en segundos con decenas de docentes y una maestra puede informar simultáneamente a todas las familias de su grupo. El problema comienza cuando una herramienta creada para hacer más eficiente la comunicación termina ampliando silenciosamente la jornada laboral. Investigaciones mexicanas sobre el uso de WhatsApp en las escuelas han documentado que esta aplicación se incorporó a la vida del magisterio dentro y fuera de los horarios destinados a enseñar, aprender y descansar. Es decir, el espacio digital comenzó a borrar una frontera que antes era mucho más visible: la que separaba la escuela de la casa.

Después de la pandemia ese fenómeno dejó de ser excepcional. Muchas prácticas surgidas durante la educación remota permanecieron incluso después del regreso a las aulas. Grupos de WhatsApp con familias, chats de docentes, mensajes de supervisión, fotografías de evidencias, formularios, documentos que deben reenviarse, avisos que requieren confirmación y comunicaciones cuya aparente sencillez esconde un costo acumulativo. Una investigación realizada con docentes de la Universidad Autónoma de Tamaulipas encontró que la sobrecarga de mensajes, la redundancia informativa y el exceso de comunicación mediante WhatsApp se relacionaban significativamente con el estrés laboral. Otra investigación mexicana sobre tecnoestrés encontró entre sus factores la intensidad del trabajo diario, la sobrecarga tecnológica, la “tecnoinvasión” y las consecuencias socioemocionales de continuar trabajando fuera del horario laboral.

El problema, sin embargo, sería simplificado si culpáramos al teléfono. WhatsApp no manda mensajes por sí solo. El correo electrónico tampoco exige respuestas a medianoche. Son las culturas organizacionales las que determinan si una herramienta facilita el trabajo o invade la vida privada. Cuando una autoridad envía instrucciones a cualquier hora, cuando un director siente que debe responder inmediatamente a su supervisor, cuando una familia considera legítimo consultar al docente un domingo por la noche y cuando el silencio digital se interpreta como falta de compromiso, la disponibilidad deja de ser voluntaria y comienza a convertirse en una expectativa laboral implícita.

México ya reconoce jurídicamente que existe un problema detrás de esa hiperconectividad, aunque la protección no sea uniforme para todo el personal educativo. La Ley Federal del Trabajo establece expresamente para las personas que laboran bajo la modalidad de teletrabajo el derecho a la desconexión al concluir la jornada. La NOM-037-STPS-2023 incluso ordena establecer reglas que permitan desconectarse durante horarios no laborables, vacaciones, permisos y licencias y que eviten interferencias indebidas entre trabajo y familia. Esto no significa que actualmente exista, con idéntico alcance jurídico, un derecho general de desconexión digital aplicable automáticamente a todas las maestras, maestros y directivos del país; el régimen laboral del personal educativo público depende de disposiciones federales, estatales, condiciones generales de trabajo y situaciones laborales específicas. Pero el principio que subyace es difícil de ignorar: tener un teléfono inteligente no convierte a una persona trabajadora en alguien disponible permanentemente.

También existe otra referencia normativa relevante. La NOM-035-STPS-2018 identifica entre los factores de riesgo psicosocial las cargas de trabajo excesivas, determinadas características de las jornadas laborales y la interferencia entre trabajo y familia. No es un detalle menor. El propio marco mexicano de prevención de riesgos reconoce que cuando el trabajo invade persistentemente la vida personal puede convertirse en un problema de salud ocupacional. En el régimen federal de servidores públicos, además, la Ley Federal de los Trabajadores al Servicio del Estado fija límites de duración para las jornadas ordinarias y considera extraordinario el trabajo que, por circunstancias especiales, prolonga esos máximos.

La evidencia educativa obliga también a mirar más allá de la pantalla. TALIS 2018, que estudió en México a docentes y directivos de secundaria dentro de su población específica, encontró que las tareas administrativas estaban entre las principales fuentes de estrés reportadas por ambos grupos. Para los directores aparecían, además, las responsabilidades adicionales derivadas del ausentismo docente y la presión asociada a los resultados de los estudiantes. Internacionalmente, la OCDE ha encontrado que el estrés docente aumenta con mayor intensidad cuando crece el tiempo dedicado a tareas administrativas, planeación y evaluación que cuando aumenta exclusivamente el tiempo de enseñanza.

Ese dato debería preocuparnos porque en educación existe una paradoja frecuente: quienes deberían dedicar mayor energía intelectual y emocional a enseñar, acompañar y dirigir terminan consumiendo una parte creciente de ella administrando información. El director responde mensajes mientras cena. La maestra revisa fotografías de tareas a las diez de la noche. El supervisor escribe porque necesita concentrar información que a su vez le solicitaron urgentemente. Nadie necesariamente pretende perjudicar a nadie, pero la cadena organizacional produce un resultado igualmente nocivo: cada nivel transfiere presión hacia el siguiente hasta que la jornada aparentemente termina, aunque el trabajo continúe dentro del teléfono.

Las consecuencias no son sólo laborales. Son familiares. La persona está físicamente en casa, pero mentalmente continúa en la escuela. Interrumpe conversaciones para revisar notificaciones, posterga actividades personales, responde mientras atiende a sus hijos o lleva problemas escolares al espacio que debería servir para recuperarse de ellos. Poco a poco se instala una sensación difícil de cuantificar: nunca haber terminado. Y descansar con la expectativa de que en cualquier momento llegará una nueva instrucción tampoco es descansar plenamente.

La investigación reciente en México refuerza la preocupación. Un estudio publicado en 2026 con 637 docentes mexicanos de preescolar y primaria encontró niveles moderados de burnout y señaló al apoyo del director como el factor protector más importante entre los analizados, mientras que las demandas excesivas se asociaron con mayor desgaste. El hallazgo resulta especialmente significativo: la dirección escolar no sólo administra recursos y procesos; también puede construir condiciones laborales que protejan o deterioren el bienestar de quienes trabajan en la escuela.

No debe confundirse esto con promover escuelas incomunicadas. Hay emergencias reales. Existen situaciones relacionadas con la seguridad de niñas, niños y adolescentes que requieren intervención inmediata. Algunas funciones directivas pueden demandar disponibilidad excepcional. Precisamente por eso deberían distinguirse las verdaderas emergencias de aquello que simplemente puede esperar hasta el siguiente día laboral. Cuando todo se declara urgente, nada lo es realmente.

La Organización Mundial de la Salud recomienda intervenir sobre la organización del trabajo para prevenir riesgos de salud mental, incluyendo sobrecargas, horarios prolongados, escaso control laboral y conflictos entre responsabilidades laborales y familiares. Incluso la OMS y la OIT han advertido, para la población trabajadora en general y no específicamente para docentes, que las jornadas de 55 horas semanales o más se asocian con mayores riesgos cardiovasculares. El tiempo importa porque el organismo humano necesita recuperación; también la necesita la mente.

Por ello quizá debamos comenzar a cambiar algunas reglas no escritas de nuestras escuelas: horarios definidos para comunicaciones ordinarias, criterios explícitos sobre lo que constituye una emergencia, reducción de grupos institucionales innecesarios, eliminación de mensajes redundantes, planeación suficiente para evitar instrucciones de última hora, canales formales de atención a familias y acuerdos para que nadie tenga que demostrar compromiso respondiendo mensajes durante su descanso. Una organización educativa saludable no depende de personas permanentemente disponibles, sino de procesos suficientemente bien diseñados para no necesitar esa disponibilidad.

Proteger el tiempo personal del docente no significa otorgarle un privilegio frente a las familias; significa preservar las condiciones humanas necesarias para ejercer adecuadamente una profesión que demanda atención, paciencia, juicio y equilibrio emocional. Lo mismo ocurre con quienes dirigen las escuelas. Un director agotado difícilmente puede acompañar serenamente a su colectivo; un maestro emocionalmente exhausto tendrá menos recursos para responder a la complejidad cotidiana del aula. El bienestar profesional no compite con el aprendizaje: crea mejores condiciones para hacerlo posible.

Tal vez ha llegado el momento de preguntarnos algo elemental: ¿por qué hemos convertido la disponibilidad permanente en sinónimo de responsabilidad? ¿Cuántas de las comunicaciones que llegan después del horario realmente no podían esperar? ¿Quién protege al director cuando es la propia estructura administrativa la que extiende su jornada? ¿Qué derecho tienen las familias a comunicarse y qué límites razonables deben acompañarlo? ¿Qué protocolos deberían construir las escuelas para atender situaciones extraordinarias sin transformar cada teléfono personal en una oficina abierta las veinticuatro horas? ¿Y qué mensaje estamos transmitiendo a niñas, niños y adolescentes cuando quienes les enseñan la importancia del equilibrio, el autocuidado y la convivencia son obligados a vivir profesionalmente conectados de manera permanente?

Quizá una transformación educativa profundamente humana pueda comenzar con algo aparentemente sencillo: permitir que, cuando termina la jornada, también termine realmente el trabajo. Porque detrás de cada pantalla que se apaga hay una maestra, un maestro o un director recuperando tiempo para descansar, convivir y volver al día siguiente con mejores condiciones para realizar aquello que ninguna tecnología puede sustituir: educar. Porque la educación es el camino…

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