“Las funciones ejecutivas permiten jugar mentalmente con las ideas, pensar antes de actuar, afrontar desafíos nuevos y mantener la atención.” – Adele Diamond
En los últimos años, la educación ha avanzado de manera importante en la comprensión de las diferencias individuales que existen entre las niñas, niños y adolescentes. Entre estos avances destaca el reconocimiento de las funciones ejecutivas, un conjunto de habilidades cognitivas que permiten planificar, organizar, regular emociones, controlar impulsos, mantener la atención, resolver problemas y adaptarse a situaciones nuevas. Cuando estas habilidades presentan dificultades, ya sea en estudiantes con trastorno del espectro autista, trastorno por déficit de atención e hiperactividad, condiciones del neurodesarrollo o incluso en alumnos que enfrentan determinadas circunstancias emocionales o sociales, los efectos suelen reflejarse de manera evidente en la dinámica escolar y en los procesos de aprendizaje.
En los centros educativos es frecuente observar estudiantes que poseen conocimientos, capacidades e incluso un adecuado nivel intelectual, pero que encuentran obstáculos para demostrar lo que saben. Un alumno puede comprender perfectamente una actividad y, sin embargo, no iniciar la tarea porque no logra organizar los pasos necesarios para comenzar. Otro puede mostrar una gran resistencia cuando se modifica una rutina o cuando surge un cambio inesperado en el horario escolar. Algunos estudiantes presentan dificultades para esperar turnos, controlar impulsos o permanecer concentrados durante periodos prolongados. También existen quienes olvidan instrucciones aparentemente sencillas, no porque no hayan escuchado, sino porque les resulta complicado mantener la información activa en su memoria de trabajo mientras realizan una actividad.
Estas situaciones suelen ser malinterpretadas por quienes desconocen el funcionamiento de estos procesos cognitivos. Con frecuencia se atribuyen a falta de interés, pereza, desobediencia o ausencia de disciplina. Sin embargo, la evidencia científica y la experiencia educativa muestran que en muchos casos no se trata de falta de voluntad, sino de una dificultad real para desarrollar determinadas habilidades ejecutivas. Esta diferencia de comprensión es fundamental, porque cuando un problema es interpretado incorrectamente, las respuestas que se ofrecen suelen ser insuficientes o incluso contraproducentes.
Las dificultades en las funciones ejecutivas pueden influir de manera significativa en el aprovechamiento académico. Un estudiante que no logra planificar adecuadamente una actividad puede tardar más tiempo en concluir sus trabajos o presentar productos incompletos. Quien tiene problemas de atención sostenida puede perder información relevante durante una explicación. Las dificultades de autorregulación emocional pueden provocar episodios de frustración que interfieran con la convivencia y el aprendizaje. Del mismo modo, la falta de flexibilidad cognitiva puede hacer que algunos alumnos enfrenten con angustia situaciones que para otros resultan cotidianas, como el cambio de salón, una actividad diferente o una modificación en la secuencia habitual de trabajo.
No obstante, la experiencia acumulada en los centros educativos, sobre todo en aquellas aulas que cuentan con personal con experiencia y que se ha preocupado por comprender este tipo de problemáticas, demuestra que estas dificultades pueden ser atendidas con éxito cuando existe conocimiento profesional, sensibilidad y estrategias pedagógicas adecuadas. Estas maestras y los maestros han desarrollado durante décadas una enorme capacidad para adaptar sus prácticas a la diversidad presente en las aulas. A través de la formación inicial, la capacitación continua, la experiencia cotidiana y el trabajo colaborativo con familias y especialistas, este personal docente ha incorporado herramientas que favorecen el desarrollo de las funciones ejecutivas y mejoran las oportunidades de aprendizaje. La realidad es que, afortunadamente, no son pocos.
Así, es común encontrar maestras y maestros que utilizan apoyos visuales para anticipar actividades y reducir la ansiedad que pueden generar los cambios. Otros organizan las tareas en secuencias más pequeñas y manejables para facilitar la planificación y la ejecución. Las instrucciones suelen presentarse de forma breve y clara, acompañadas de ejemplos concretos, imágenes o demostraciones prácticas. También se implementan rutinas estables que proporcionan seguridad y predictibilidad, especialmente valiosas para estudiantes que requieren una estructura más definida para desenvolverse con éxito.
La observación profesional constituye otra herramienta fundamental. Los buenos docentes desarrollan la capacidad de identificar cuándo una conducta representa un problema de disciplina y cuándo puede estar relacionada con dificultades en las funciones ejecutivas. Esta distinción permite intervenir de manera más efectiva, evitando etiquetas injustas y favoreciendo respuestas educativas pertinentes. En lugar de centrar la atención únicamente en el error, se busca comprender qué habilidad necesita fortalecerse para que el estudiante pueda alcanzar un mejor desempeño.
La educación inclusiva ha contribuido también a transformar la mirada sobre estas situaciones. Hoy se reconoce que las estrategias que benefician a estudiantes con dificultades ejecutivas suelen favorecer a todo el grupo. La utilización de agendas visuales, listas de verificación, organizadores gráficos, tiempos estructurados, pausas activas, actividades multisensoriales y mecanismos de retroalimentación constante mejora el aprendizaje de la mayoría de los alumnos, independientemente de que presenten o no una condición específica.
Resulta importante destacar que el desarrollo de las funciones ejecutivas no es un proceso que dependa exclusivamente de la escuela. La familia, la comunidad, las experiencias sociales y el entorno emocional influyen profundamente en su fortalecimiento. Por ello, la colaboración entre padres, madres de familia, docentes, personal de apoyo y especialistas representa uno de los factores más importantes para generar avances significativos. Cuando todos los actores trabajan con objetivos compartidos y estrategias coherentes, los resultados suelen ser notablemente más favorables.
La realidad cotidiana de las aulas muestra que detrás de muchas conductas aparentemente problemáticas existe una necesidad educativa específica que merece comprensión y atención profesional. Esta es una realidad que merece atención en virtud de aquellas situaciones en donde este tipo de problemáticas se convierten solamente en llamadas de atención, quejas, reportes, amenazas o incluso expulsiones del centro escolar que lejos de resolver el problema lo acrecentan.
Lejos de constituir una limitación definitiva, las dificultades en las funciones ejecutivas representan un área de oportunidad para que las escuelas continúen fortaleciendo prácticas pedagógicas cada vez más inclusivas, humanas y efectivas. Las maestras y los maestros de a lo largo de décadas han demostrado una y otra vez que su preparación, experiencia y compromiso les permiten construir puentes entre las necesidades individuales de sus estudiantes y las metas educativas que la sociedad demanda. Este es un esfuerzo que muchas veces pasa desapercibido para las familias o para quienes no tienen un contacto cercano con los centros escolares. Gracias a ese esfuerzo silencioso y cotidiano, miles de niñas, niños y adolescentes encuentran cada día mejores condiciones para aprender, desarrollarse y alcanzar su máximo potencial. Porque la educación es el camino…

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