Mirar desde sus ojos

“Si podemos compartir nuestra historia con alguien que responde con empatía y comprensión, la vergüenza no puede sobrevivir.” – Brené Brown La salud mental adolescente exige una conversación pública más amplia, más sensible y menos reducida a explicaciones inmediatas. Con frecuencia, se afirma que el principal problema está en las redes sociales, en el uso…

“Si podemos compartir nuestra historia con alguien que responde con empatía y comprensión, la vergüenza no puede sobrevivir.” – Brené Brown

La salud mental adolescente exige una conversación pública más amplia, más sensible y menos reducida a explicaciones inmediatas. Con frecuencia, se afirma que el principal problema está en las redes sociales, en el uso excesivo del celular o en la exposición permanente a las pantallas.

Sin embargo, la mirada de las y los adolescentes revela una realidad más compleja. De acuerdo con Pew Research Center, en el estudio Teens, Social Media and Mental Health publicado en 2025, mientras el 44% de los padres identifica a las redes sociales como el factor que más afecta negativamente la salud mental adolescente, solo el 22% de los propios adolescentes lo considera así. Para ellos, el malestar también se relaciona con el acoso escolar, la presión social, las expectativas, la escuela y otros aspectos de su vida cotidiana.

Esta diferencia importa porque muestra que adultos y adolescentes no siempre están observando el mismo problema desde el mismo lugar. Para muchas familias, la tecnología aparece como el rostro más visible de la preocupación: el tiempo frente a la pantalla, los contenidos que consumen, la comparación social, la necesidad de aprobación y la dependencia emocional de las interacciones digitales. Todo ello merece atención. Pero limitar la explicación puede impedirnos ver aquello que las y los adolescentes están intentando decir: que su salud mental también se afecta por lo que viven en sus grupos, en la escuela, en sus relaciones familiares, en sus responsabilidades académicas y en las expectativas que sienten sobre quiénes deben ser.

El dato central no es solamente que padres e hijos respondan distinto, sino que esas diferencias obligan a escuchar mejor. Cuando un adolescente señala el acoso escolar, la presión o las expectativas como factores relevantes, está hablando de experiencias que pueden ser silenciosas, acumulativas y difíciles de expresar. No siempre se trata de rebeldía, apatía o exceso de tecnología. A veces se trata de cansancio emocional, miedo a no pertenecer, temor al rechazo, angustia por cumplir, dificultad para pedir ayuda o sensación de no ser comprendido.

Por eso la escuela y el hogar deben actuar de manera coordinada. En la escuela, cuidar la salud mental implica construir ambientes seguros, detectar señales de alerta, atender el acoso, fortalecer la convivencia y acompañar emocionalmente. En el hogar, implica pasar del control a la conversación, de la sospecha a la escucha y del regaño inmediato a la comprensión del contexto.

Visibilizar estas diferencias no significa restar importancia a la tecnología, sino colocarla en su justa dimensión. Cuidar a las y los adolescentes exige preguntar menos solo cuánto tiempo están conectados y preguntar más cómo se sienten, qué les preocupa, qué les duele y qué necesitan para saberse acompañados. Porque la educación es el camino…

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