No es el celular: es la infancia que dejamos sola

“Las nuevas tecnologías alteran la estructura de nuestros intereses: las cosas sobre las que pensamos.” Neil Postman La tentación de nuestro tiempo consiste en buscar un culpable con pantalla táctil. Si los adolescentes están ansiosos, si la escuela pierde concentración, si la conversación familiar se debilita y si la autoridad adulta parece cada vez menos…

“Las nuevas tecnologías alteran la estructura de nuestros intereses: las cosas sobre las que pensamos.” Neil Postman

La tentación de nuestro tiempo consiste en buscar un culpable con pantalla táctil. Si los adolescentes están ansiosos, si la escuela pierde concentración, si la conversación familiar se debilita y si la autoridad adulta parece cada vez menos eficaz, entonces el teléfono aparece como sospechoso perfecto. Cabe en la mano, emite notificaciones, invade la noche, fragmenta la atención y organiza buena parte de la vida social juvenil. Pero quizá la pregunta más seria no sea si los teléfonos inteligentes, las tabletas y las redes sociales dañan, sino ¿Por qué encontraron una infancia tan disponible para ser capturada?

Jonathan Haidt puso sobre la mesa un argumento poderoso: la infancia pasó de estar basada en el juego a estar organizada por el teléfono. Su diagnóstico identifica privación del sueño, comparación social, adicción conductual y fragmentación de la atención como mecanismos de deterioro. No es una preocupación menor. El propio movimiento derivado de su obra sostiene que la infancia tecnológica desplazó juego libre, independencia y conexión humana presencial. Además, la advertencia sanitaria estadounidense sobre redes sociales y salud mental juvenil recordó que el uso de plataformas es casi universal entre adolescentes y que todavía no existe evidencia suficiente para afirmar que ese entorno sea seguro para ellos.

Sin embargo, convertir el celular en causa única puede producir una política cómoda y una pedagogía incompleta. Candice Odgers, en Nature, señaló que la evidencia sobre pantallas y salud mental adolescente sigue siendo equívoca y que la alarma pública puede distraer de causas más profundas. Peter Gray empuja esa crítica hacia otro terreno: antes de perderse en las redes, muchos niños ya habían perdido la calle, el juego libre, la autonomía, el derecho a equivocarse sin supervisión permanente y la posibilidad de construir confianza en sí mismos. Su investigación sobre la caída del juego infantil vincula esa pérdida con el aumento de ansiedad, depresión y sensación de indefensión en niños y adolescentes. Si sumamos el tema de la emergencia sanitaria el escenario empeora.

La escuela aparece entonces no solo como víctima de las pantallas, sino como parte del problema que debe revisar. Durante décadas, muchas instituciones se volvieron más academiscistas, sustituyeron juego por rendimiento, multiplicaron evaluaciones y estrecharon el margen de decisión de niñas, niños y adolescentes. Luego se sorprendieron de que esos mismos estudiantes buscaran en el mundo digital la autonomía que el mundo físico les negó. El teléfono no inventó la ansiedad, pero sí encontró una subjetividad cansada, vigilada, comparada, medida y frecuentemente sola.

Eso no significa defender una escuela sin reglas. La OCDE reportó en PISA 2022 que alrededor de 30% de los estudiantes se distraen con dispositivos digitales en la mayoría o en todas sus clases de matemáticas, y que la distracción se asocia con menor desempeño; pero el mismo informe advierte que el uso moderado y con propósito educativo puede relacionarse con mejores resultados.

PISA 2025 por su parte, aporta elementos para sostener esa cautela sin minimizar el problema. En promedio, en los países de la OCDE, el 28 % de los estudiantes señaló que sus compañeros se distraían con dispositivos digitales en la mayoría o en todas las clases de ciencias. Esa distracción se relaciona con menor rendimiento y un sentido más débil de pertenencia escolar. El informe reconoce que la desconexión con la escuela y la distracción podrían reforzarse mutuamente.

Asimismo, las prohibiciones de celulares se asocian con menos distracción, pero su expansión desde 2022 no muestra una asociación, a escala de los sistemas educativos, con mejoras en ciencias o lectura. PISA no permite establecer causalidad. La conclusión sería que proteger la atención requiere límites acompañados de experiencias educativas significativas. La clave, por tanto, no está en elegir entre prohibición total o permisividad ingenua. Está en construir una cultura escolar donde la tecnología tenga sentido pedagógico, límites claros y responsabilidad compartida.

En casa también se construyen las condiciones de este problema. Cuando el teléfono interrumpe cada conversación, se vuelve la respuesta habitual al aburrimiento o sustituye el acompañamiento ante la frustración, la convivencia pierde oportunidades de escucha y aprendizaje emocional. Los adultos participan de esa dinámica: una revisión publicada en JAMA Pediatrics en 2025 encontró asociaciones pequeñas entre el uso parental de tecnología en presencia de menores de cinco años, mayores dificultades socioemocionales y más tiempo infantil de pantalla, sin establecer causalidad. Esa responsabilidad debe entenderse dentro de jornadas laborales extensas, necesidad de trabajo de ambos padres, agotamiento y escasez de apoyos para cuidar. Recuperar comidas y conversaciones sin interrupciones, ofrecer juego compartido y permitir responsabilidades acordes con la edad exige coherencia adulta y condiciones materiales para estar presentes. Pedir a los hijos que suelten el celular pierde fuerza cuando sienten que deben competir con él por nuestra atención.

La UNESCO ha sido particularmente prudente: reconoce que la tecnología puede ampliar oportunidades, pero advierte que la evidencia robusta sobre su valor educativo es limitada, que el exceso puede perjudicar y que la política pública debe preguntarse siempre “una herramienta, ¿en manos de quién y para qué?”. Esa pregunta debería ordenar el debate mexicano. No basta con decir “fuera celulares” si la escuela sigue sin ofrecer conversación, lectura profunda, juego, arte, comunidad, deliberación y proyectos que hagan sentir al estudiante parte de algo más grande que su perfil digital.

La respuesta alternativa tendría que moverse en cuatro direcciones. Primero, regular a las plataformas, no solo a los niños. Si el diseño algorítmico premia la permanencia compulsiva, la comparación y la reacción emocional, la responsabilidad no puede recaer exclusivamente en familias y docentes. Segundo, recuperar el tiempo humano de la escuela: recreos dignos, juego libre, clubes, deportes menos adultocéntricos, tutoría, lectura lenta, conversación y experiencias comunitarias. Tercero, formar ciudadanía digital desde la práctica: privacidad, verificación, autocontrol, sueño, reputación, violencia digital, inteligencia artificial y ética de la comunicación. Cuarto, devolver autonomía gradual: que los estudiantes aprendan a decidir, reparar, negociar, esperar, frustrarse y responder por sus actos.

El fondo del asunto es cultural. Una sociedad que no confía en sus niños termina vigilándolos; una escuela que no confía en sus estudiantes termina administrándolos; una familia que no sabe cómo acompañar termina comprando tranquilidad mediante control. Después, cuando aparece el teléfono, se le acusa de haber robado una autonomía que los adultos ya habían confiscado.

El verdadero desafío no es salvar a la infancia de la tecnología, sino salvar la infancia dentro de una sociedad tecnológica. Eso exige límites, sí, pero también imaginación pública. Exige escuelas con autoridad pedagógica, no solo reglamentos. Exige familias menos solas. Exige comunidades donde jugar, caminar, conversar y equivocarse no parezcan actos peligrosos. Y exige entender que el problema no está únicamente en la pantalla encendida, sino en todo lo que dejamos apagarse alrededor de ella. Porque la educación es el camino…

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