La evaluación formativa: el trabajo invisible que fortalece el aprendizaje en nuestras escuelas.

“La evaluación formativa no es un tipo de evaluación, sino el uso de la evidencia sobre el aprendizaje para adaptar la enseñanza a las necesidades del estudiante.” – Dylan Wiliam

Cuando la sociedad observa el funcionamiento de una escuela, suele concentrarse en aquello que es más evidente: la clase en marcha, el grupo trabajando, la tarea que se envía a casa o la calificación que aparece en una boleta. Sin embargo, detrás de cada jornada escolar existe un proceso sistemático de análisis, reflexión y toma de decisiones pedagógicas que rara vez se percibe desde fuera. La quinta sesión del Consejo Técnico Escolar del mes de febrero es una muestra clara de ese trabajo profesional que, aunque no siempre es visible, resulta decisivo para el aprendizaje de niñas, niños y adolescentes.

En estos espacios de trabajo colegiado, directivos y docentes analizan con profundidad cómo están aprendiendo sus estudiantes. La evaluación formativa, eje central de la sesión, no se entiende como un momento final para asignar una nota, sino como un proceso permanente que acompaña el aprendizaje desde su inicio hasta su consolidación. Evaluar formativamente implica observar no solo qué sabe el estudiante, sino cómo construye ese conocimiento, cómo lo aplica, cómo dialoga con sus pares y cómo avanza a su propio ritmo. Este enfoque reconoce que aprender es un proceso dinámico, situado y diverso, y que cada estudiante requiere acompañamiento diferenciado.

Uno de los aspectos fundamentales de la evaluación formativa es la centralidad del estudiante. Esto significa que la enseñanza y la valoración del aprendizaje se organizan considerando sus necesidades, intereses, contextos y formas particulares de aprender. No se trata de medir a todos con el mismo parámetro rígido, sino de generar información que permita al docente ajustar su intervención pedagógica y ofrecer apoyos pertinentes. Desde esta perspectiva, la evaluación deja de ser un mecanismo de clasificación y se convierte en una herramienta para garantizar el derecho a aprender.

Otro elemento esencial es la retroalimentación oportuna, clara y constructiva. En el marco de la evaluación formativa, no basta con registrar avances o dificultades; es indispensable dialogar con el estudiante y ofrecer orientaciones concretas sobre lo que ha logrado y los pasos que puede dar para mejorar. Esta retroalimentación fortalece la confianza, mantiene la motivación y construye un puente entre lo alcanzado y lo que aún está por lograrse. Se trata de una comunicación pedagógica que orienta, acompaña y evita que el error sea visto como fracaso definitivo, entendiéndolo más bien como oportunidad de aprendizaje.

La evaluación formativa también se sustenta en los principios de inclusión y equidad. Reconoce que los grupos escolares son heterogéneos y que las condiciones sociales, culturales y personales influyen en los procesos de aprendizaje. Por ello, el colectivo docente revisa instrumentos y estrategias que permitan valorar los aprendizajes desde distintos ángulos: observaciones de desempeño, portafolios, rúbricas, registros anecdóticos y conversaciones pedagógicas. Esta diversidad de herramientas permite que cada estudiante tenga oportunidades reales de mostrar lo que sabe y puede hacer.

Otro aspecto clave es su estrecha articulación con el currículo y la planeación didáctica. Evaluar formativamente no es una actividad aislada que ocurre al final del proceso, sino parte de un ciclo continuo: se planifica, se implementa, se observa, se analiza, se retroalimenta y se ajusta. En las sesiones del Consejo Técnico Escolar se revisa precisamente esa coherencia entre lo que se propone enseñar y la forma en que se valora el aprendizaje. Este análisis permite que la evaluación esté alineada con los contenidos y procesos de desarrollo establecidos en el Plan de Estudio 2022 y que responda a los propósitos formativos de cada fase educativa.

Un elemento adicional, profundamente relevante, es la participación activa del estudiante a través de la autoevaluación y la coevaluación. Cuando el alumnado reflexiona sobre su propio desempeño y valora el trabajo de sus compañeros, desarrolla metacognición, responsabilidad y autonomía. La evaluación deja entonces de ser un acto unilateral y se convierte en una experiencia compartida que fortalece el aprendizaje colaborativo y la conciencia sobre el propio proceso formativo.

Todo este trabajo se desarrolla, en buena medida, en momentos en los que no hay clases frente a grupo. Sin embargo, lejos de representar una pausa en la labor educativa, estos espacios constituyen instancias estratégicas de mejora continua. En ellos se analizan evidencias, se identifican desafíos, se comparten experiencias exitosas y se construyen acuerdos institucionales. Son procesos que exigen profesionalismo, preparación y compromiso ético por parte del personal directivo y docente.

Comprender la importancia de estas acciones permite dimensionar que la educación es mucho más que el tiempo visible en el aula. La evaluación formativa, con sus principios de centralidad del estudiante, retroalimentación constructiva, inclusión, coherencia curricular y participación activa, es uno de los pilares que sostienen la calidad del aprendizaje. Reconocer este esfuerzo es reconocer que, detrás de cada avance de una niña, niño o adolescente, existe un trabajo reflexivo y constante que busca no solo enseñar contenidos, sino formar personas capaces de aprender a lo largo de la vida. Porque la educación es el camino…

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