“La identidad ya no es algo que se descubre, sino algo que se construye y se reconstruye continuamente.” – Zygmunt Bauman
Últimamente se ha destacado en algunas redes sociales, cierta terminología relacionada con este tipo de personalidad identitaria que hace que nos preguntemos sobre a qué hacen referencia, lo que significa y de alguna manera cuáles son los elementos que impactan en nuestro derredor de acuerdo con la forma en cómo algunas personas, especialmente jóvenes se perciben y que ha generado una ola en algunos países de nuestra región.
El fenómeno denominado “therian” debe entenderse como una expresión cultural situada en el ecosistema digital contemporáneo, más que como un hecho aislado o una simple “moda”. Se inscribe en un contexto histórico en el que la identidad dejó de concebirse como algo fijo y heredado para convertirse en un proceso dinámico, narrado y compartido en tiempo real a través de plataformas sociales. En este sentido, más que centrarnos en la etiqueta, resulta pertinente analizar qué significa para quienes la adoptan y qué condiciones socioculturales hacen posible su expansión. Las redes sociales no solo amplifican prácticas, sino que proveen lenguaje, comunidad y reconocimiento simbólico; permiten que experiencias subjetivas que antes quedaban en el ámbito privado encuentren validación colectiva y visibilidad pública.
En términos de significado, la identificación therian suele articularse como una vivencia interna que combina elementos de autopercepción, imaginación simbólica y pertenencia comunitaria. Para algunos jóvenes, puede funcionar como narrativa organizadora de su experiencia, un modo de explicar sensaciones de diferencia o desconexión. En la adolescencia y juventud temprana —etapas caracterizadas por la búsqueda activa de identidad, pertenencia y diferenciación— estas narrativas pueden adquirir especial fuerza. La pregunta por “quién soy” se convierte en un eje central del desarrollo psicosocial, y las comunidades digitales ofrecen espacios donde ensayar respuestas, probar roles y explorar sentidos de sí mismo sin las restricciones inmediatas del entorno presencial.
Desde la perspectiva personal, el fenómeno puede tener efectos ambivalentes. Por un lado, puede ofrecer sensación de comunidad, reconocimiento y coherencia interna, lo cual contribuye a la autoestima y al sentido de pertenencia. Por otro, cuando la identidad se construye principalmente en entornos altamente performativos y comparativos, como las redes sociales, puede aumentar la dependencia del reconocimiento externo y la vulnerabilidad frente a la burla o el estigma. La exposición pública de prácticas o símbolos asociados a esta identidad puede generar hostilidad, aislamiento o conflictos interpersonales, especialmente en contextos donde la diferencia es poco tolerada. El punto crítico no es la etiqueta en sí misma, sino el impacto que tenga en el bienestar, la funcionalidad cotidiana y la capacidad de sostener relaciones saludables.
En el plano social, el fenómeno refleja tensiones más amplias de la cultura contemporánea. Por una parte, evidencia una creciente apertura a la diversidad identitaria y la posibilidad de que los jóvenes articulen narrativas no convencionales sobre sí mismos. Por otra, activa dinámicas de polarización y “pánico moral” cuando ciertos sectores interpretan estas expresiones como amenaza o síntoma de descomposición social. La circulación acelerada de información, rumores y exageraciones contribuye a distorsionar la comprensión del fenómeno, generando debates cargados de emocionalidad que muchas veces carecen de base empírica. Así, el caso therian se convierte en un espejo de cómo la sociedad procesa lo emergente: entre la fascinación, la preocupación y la desinformación.
En el ámbito educativo, el fenómeno interpela directamente a las instituciones escolares. No tanto por la identidad declarada, sino por los efectos que pueda tener en la convivencia, la atención en clase y el clima escolar. La escuela se enfrenta al desafío de distinguir entre identidad personal y conducta observable, regulando aquello que afecte la seguridad, el orden o el proceso de aprendizaje, sin convertir la diferencia en objeto de sanción automática. Además, abre una oportunidad pedagógica relevante: trabajar la alfabetización digital, la construcción de identidad en entornos virtuales, el pensamiento crítico frente a tendencias virales y el fortalecimiento de habilidades socioemocionales como la empatía y el respeto.
Finalmente, el análisis de este fenómeno invita a una reflexión más amplia sobre la juventud contemporánea. Las nuevas generaciones crecen en un entorno de hiperconectividad, exposición constante y multiplicidad de discursos identitarios. En ese escenario, explorar formas simbólicas de autodefinición puede ser parte del proceso natural de desarrollo. La tarea de la familia, la escuela y la sociedad no es reaccionar desde el alarmismo, sino comprender los significados subyacentes, acompañar los procesos personales con criterio profesional cuando sea necesario y fortalecer contextos educativos que promuevan identidad sólida, pensamiento crítico y bienestar integral. Más que juzgar etiquetas, el reto está en atender las necesidades humanas que estas expresiones buscan articular. Porque comprender la realidad es el primer paso para decidir con responsabilidad…
