La función directiva en los centros escolares suele estar atravesada por una alta carga de responsabilidad, expectativas constantes y una disponibilidad casi permanente. En ese contexto, muchas personas que asumen la dirección avanzan sin detenerse a revisar cómo se sienten, qué están sacrificando y hasta dónde están forzando sus propios límites. Detenerse a formular ciertas preguntas personales no es un acto de debilidad, sino una práctica de conciencia que permite sostener el trabajo directivo con mayor equilibrio y sentido humano.
Cuando una persona en la dirección normaliza el cansancio extremo, la renuncia al descanso o la necesidad de decir siempre que sí, se va construyendo un desgaste silencioso que termina afectando la convivencia cotidiana. Preguntarse por el costo real de estar siempre disponible, por las veces que se minimiza el propio malestar o por las fronteras personales que se han dejado de cuidar abre la puerta a una revisión profunda del modo en que se ejerce la responsabilidad directiva. Estas reflexiones permiten distinguir entre lo verdaderamente prioritario y aquello que podría reorganizarse desde una lógica de mejora continua y cuidado colectivo.
También resulta relevante cuestionar qué motiva ciertas decisiones: si se actúa desde el compromiso genuino o desde la culpa, el miedo o la necesidad de validación. Cuando la persona directiva se da permiso de revisar estas tensiones internas, puede redefinir su manera de acompañar al equipo de trabajo, favoreciendo relaciones más sanas, realistas y sostenibles. Esto impacta directamente en la mejora del clima escolar, ya que un liderazgo agotado tiende a reproducir tensión, urgencias innecesarias y desajustes en la convivencia.
Cuidar a quien dirige no es un asunto individual aislado, sino una condición para fortalecer el trabajo colaborativo y el ambiente institucional. Una dirección que se pregunta, que reconoce sus límites y que prioriza el equilibrio personal contribuye a crear entornos más estables, empáticos y coherentes. Todo ello repercute en mejores relaciones laborales y, de manera indirecta pero decisiva, en la mejora del clima de aprendizaje de niñas, niños y adolescentes, quienes perciben y viven el tono emocional de la escuela día a día.
Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann
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