El liderazgo educativo no solo implica guiar, inspirar o tomar decisiones acertadas; también exige la habilidad de disentir con respeto y construir acuerdos en medio de las diferencias. La dirección escolar es un espacio en el que convergen múltiples voces, visiones pedagógicas y maneras de entender el propósito educativo. En este contexto, saber manejar los desacuerdos con serenidad y apertura se convierte en una competencia esencial para fortalecer la convivencia, preservar la armonía institucional y promover el desarrollo profesional de toda la comunidad educativa.
Disentir no significa imponerse ni demostrar superioridad, sino reconocer que en la diversidad de perspectivas se encuentra la posibilidad del crecimiento. Cuando una directora o un director escolar enfrenta una opinión contraria, su respuesta puede marcar el rumbo de la interacción. Escuchar con empatía, comprender el trasfondo de las palabras y mostrarse dispuesto a aprender del otro crea un clima de confianza que favorece el diálogo y la construcción conjunta de soluciones. En cambio, responder desde la confrontación o el juicio rompe los puentes y debilita las relaciones laborales, afectando el bienestar colectivo.
El modo en que se expresa una diferencia de opinión determina la forma en que será recibida. Usar un lenguaje cuidadoso, claro y respetuoso permite mantener el intercambio dentro de un marco de cordialidad. Las palabras tienen un peso emocional y pueden ser herramientas para construir o para destruir. En el ámbito educativo, donde las emociones son parte del quehacer diario, la prudencia verbal del directivo no solo refleja madurez profesional, sino también sensibilidad humana. Cuando el líder educativo logra decir lo que piensa sin herir, ofrece un ejemplo poderoso de comunicación asertiva que impacta directamente en el clima escolar.
Reconocer los puntos de coincidencia antes de abordar las diferencias ayuda a crear un terreno común. En toda discrepancia, por mínima que parezca, existen elementos compartidos: el deseo de mejorar, el compromiso con los estudiantes o la búsqueda de soluciones. Subrayar esos aspectos compartidos no significa evitar el conflicto, sino abordarlo desde la colaboración y no desde la oposición. Esta práctica convierte el diálogo en un acto de construcción colectiva, donde el propósito es encontrar caminos que beneficien a todos.
El directivo que pregunta, en lugar de acusar, fomenta una cultura de reflexión. Formular interrogantes genuinas en lugar de juicios anticipados abre la posibilidad de comprender las razones del otro y de ampliar la perspectiva propia. Las preguntas adecuadas generan pensamiento crítico, impulsan la creatividad y permiten identificar causas más profundas de los problemas escolares. Así, la conversación deja de centrarse en quién tiene la razón para enfocarse en qué alternativas pueden generar mejores resultados para la comunidad educativa.
Distinguir entre las ideas y las personas es otro principio fundamental para quien ejerce la dirección. Cuando se critica una propuesta sin descalificar a quien la emite, se preserva la dignidad de todos los participantes y se protege la relación profesional. Separar el desacuerdo de la valoración personal es una señal de madurez emocional y ética, indispensable en quienes tienen la responsabilidad de liderar instituciones formadoras de ciudadanos.
El uso de afirmaciones en primera persona, que parten desde la propia experiencia o percepción, también contribuye a disminuir la tensión. Expresiones como “yo pienso”, “yo siento” o “yo observo” reflejan apertura y autenticidad, en lugar de imponer verdades absolutas. Este tipo de comunicación promueve el respeto mutuo y facilita que los demás se sientan escuchados, valorados y parte de la conversación.
Culminar una discrepancia reafirmando el respeto por la otra persona fortalece los lazos humanos dentro del centro escolar. Mostrar gratitud por el intercambio de ideas y reconocer la importancia del otro, incluso en la diferencia, deja una huella positiva en la cultura institucional. Quienes observan a un líder capaz de debatir sin perder la calma aprenden que el respeto es una forma de autoridad mucho más poderosa que la imposición.
El ejercicio de disentir con inteligencia, empatía y prudencia convierte al directivo escolar en un referente de convivencia democrática. Su ejemplo no solo moldea la relación entre docentes, sino también la manera en que el alumnado aprende a dialogar, resolver conflictos y convivir. En la educación, donde las palabras tienen la fuerza de modelar conductas, el modo en que el líder escucha, responde y acompaña define la atmósfera emocional del centro y, por ende, el bienestar de quienes lo habitan.
Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann
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