Errores que debilitan la función directiva escolar

En el trabajo educativo, quienes asumen la función directiva tienen en sus manos la enorme responsabilidad de guiar no solo los procesos académicos, sino también de generar un ambiente donde prevalezca la confianza, el respeto y la colaboración. Sin embargo, existen actitudes y prácticas que, lejos de fortalecer el trabajo colegiado, pueden deteriorar las relaciones entre compañeros de trabajo, afectar la cohesión del equipo y obstaculizar la mejora del clima escolar.

Uno de los errores más frecuentes se encuentra en el exceso de supervisión, que lejos de orientar termina por desgastar y generar desconfianza. Cuando se limita la autonomía del personal, el trabajo deja de fluir y se instala la sensación de que nada será suficiente. A esto se suma la presión constante que surge cuando las prioridades se multiplican sin un rumbo claro, lo que provoca un estado de tensión que se acumula y se traduce en agotamiento.

Otra práctica dañina es la falta de reconocimiento hacia el esfuerzo. En los centros escolares, la motivación de cada maestra y maestro se nutre de pequeñas muestras de valoración, y cuando estas no existen, el desgaste emocional se hace presente. Algo similar ocurre cuando no se respetan los espacios personales de quienes integran el equipo: la incapacidad de marcar límites entre lo laboral y lo personal termina por generar cansancio y un ambiente poco saludable.

El papel del directivo tampoco puede desligarse de su responsabilidad de brindar acompañamiento. Negar el acceso a información, recursos o apoyo genera sensación de abandono y desorientación. En ese mismo sentido, la comunicación confusa o poco clara abre la puerta a malentendidos, bloquea la toma de decisiones y aumenta la frustración de los compañeros de trabajo. Además, ignorar la retroalimentación que surge de las voces del propio equipo erosiona la confianza, rompe vínculos y transmite la idea de que sus aportes carecen de valor.

En ocasiones, el problema no es la falta de información, sino lo contrario: cuando se concentra y no se comparte con quienes la necesitan, se genera incertidumbre y errores evitables. Del mismo modo, las decisiones apresuradas e impulsivas no solo desgastan a los equipos, sino que hacen sentir que los esfuerzos carecen de sentido. A ello se agrega la permisividad hacia conductas dañinas dentro del grupo, que envían el mensaje de que el bienestar colectivo no es prioridad, debilitando la cohesión y afectando directamente la mejora del clima de aprendizaje.

El fortalecimiento del trabajo directivo requiere, por tanto, estar atento a estas prácticas para transformarlas en oportunidades de crecimiento. Cuando quienes dirigen una escuela promueven la mejora en el trabajo colaborativo, el respeto mutuo y la construcción de un entorno saludable, se potencia no solo el desarrollo profesional del equipo docente, sino también la formación integral de niñas, niños y adolescentes, quienes se benefician de un ambiente positivo y estimulante para aprender.

Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann

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