El liderazgo que se ejerce dentro de los centros educativos no solo determina el rumbo institucional, también influye de manera directa en la vida diaria de quienes integran la comunidad escolar. Las y los directores, al asumir su responsabilidad, enfrentan distintos caminos en la forma de conducir a sus equipos, y cada una de esas elecciones deja huellas en la construcción del ambiente laboral, en la fortaleza del trabajo colaborativo y en la manera en que se consolidan espacios de aprendizaje favorables para niñas, niños y adolescentes.
Existen estilos de conducción que se basan en el control y en la imposición. Bajo esta perspectiva, el temor se convierte en un recurso de mando, las ideas se sofocan y la presión constante genera un ambiente cargado de desconfianza y agotamiento. En este tipo de entornos, la creatividad y la innovación se ven limitadas, mientras que el desgaste emocional de los equipos se incrementa, afectando directamente la convivencia escolar y el desarrollo armónico de las actividades educativas.
En el otro extremo, hay quienes buscan agradar más que conducir, lo cual genera una forma de dirección donde los conflictos son evitados a toda costa, aun cuando estos son necesarios para mejorar. Se crea así un ambiente de comodidad que, lejos de fortalecer, debilita la posibilidad de crecimiento. Los equipos sienten respaldo, pero carecen de retos que los impulsen a avanzar. De esta forma, se protege momentáneamente la armonía, pero se sacrifica la oportunidad de fomentar aprendizajes más sólidos, tanto en el plano académico como en el de las relaciones laborales.
Un estilo de liderazgo que resulta fundamental para la mejora del clima escolar y la construcción de equipos resilientes es aquel que combina la claridad con la empatía. Esta forma de dirigir da lugar a conversaciones difíciles, pero las sostiene con respeto; reconoce y valora el esfuerzo de los demás, a la vez que asume la responsabilidad de los resultados. Este estilo también entiende los errores como parte del proceso formativo, no como fallas irreparables, lo que abre la posibilidad de aprender de las experiencias y de consolidar una cultura escolar que promueva la mejora continua y la confianza mutua.
Para quienes asumen la dirección escolar, conocer y reflexionar sobre estas formas de liderazgo no es un ejercicio teórico, sino una necesidad práctica. Se trata de reconocer cómo el estilo de conducción impacta directamente en las relaciones laborales, en el trabajo colaborativo y en el ambiente en el que niñas, niños y adolescentes desarrollan sus aprendizajes. Construir un clima escolar positivo no depende únicamente de las estrategias pedagógicas, sino de la manera en que se conduce a los equipos docentes y administrativos, pues de ello surge un espacio donde todos se sienten parte, respetados y motivados.
Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann
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