Siete trampas emocionales que agotan a quienes dirigen escuelas

La función directiva en los centros escolares conlleva una enorme responsabilidad emocional, intelectual y social. Quienes asumen este rol no solo deben orientar procesos escolares y acompañar a sus equipos, sino también sostener emocionalmente a la comunidad, dar respuestas oportunas y mantener la mirada puesta en la construcción de entornos seguros y enriquecedores para el aprendizaje de niñas, niños y adolescentes. Sin embargo, en este camino muchas veces se cae en dinámicas mentales que agotan, consumen y debilitan, sin que siquiera se reconozcan como tales. Identificarlas es el primer paso para cuidarse y ejercer un liderazgo más sano, humano y consciente.

Una de las trampas más comunes es la de la perfección. La idea de tener que hacer todo impecablemente, sin margen de error, produce una presión constante que deteriora la salud física y emocional. Esta exigencia, lejos de motivar, termina bloqueando la creatividad, limita la espontaneidad y dificulta la toma de decisiones. La función directiva debe reconocer que errar también forma parte del proceso, y que ser flexibles consigo mismos permite liderar con mayor autenticidad y empatía.

Otra trampa es la disponibilidad constante. Contestar mensajes a toda hora, estar presente en todos los espacios, atender cada conflicto personalmente, se convierte en un modelo de trabajo insostenible. Esta hiperconexión impide el descanso, nubla el juicio y erosiona el vínculo con las demás personas del equipo. Delegar, confiar y establecer límites claros en los tiempos y formas de comunicación no solo es legítimo, sino necesario para sostener el bienestar personal y colectivo.

La búsqueda continua de aprobación externa es otra trampa silenciosa. Cuando se trabaja esperando el reconocimiento o validación de otros, se pierde el foco del verdadero sentido de la tarea. El liderazgo escolar requiere tomar decisiones que, aunque no siempre sean populares, respondan a principios y convicciones profundas. Reforzar la autoestima desde el compromiso propio, más allá de los aplausos o las críticas, fortalece la seguridad y la claridad en la acción.

En el mismo sentido, esperar constantemente la autorización o el permiso de instancias superiores para avanzar puede frenar iniciativas valiosas. La función directiva implica asumir con responsabilidad la toma de decisiones, evaluar los contextos y actuar con autonomía cuando sea necesario. El miedo a equivocarse no puede ser mayor que la necesidad de responder a las realidades concretas de cada comunidad.

Compararse con otras escuelas, con otros directivos o con modelos ideales también desgasta profundamente. Cada institución tiene su propia historia, su contexto, sus retos y sus posibilidades. Mirar solo los logros de los demás puede generar frustración, desánimo y una sensación de insuficiencia permanente. En cambio, reconocer los propios avances, por pequeños que parezcan, devuelve perspectiva y permite valorar el camino recorrido.

Sentir culpa por no hacer más, por no llegar a todo o por priorizar el descanso, es una trampa que mina la autoestima y desvaloriza los esfuerzos. La función directiva implica múltiples tareas, pero también exige saber parar, respirar y recargar energía. Reconocer que el descanso es parte del trabajo es clave para sostener la motivación y la claridad necesarias para liderar.

Otra más, es la de creer que el único camino hacia el éxito es el sacrificio permanente conduce inevitablemente al vacío. Dejar de lado el cuidado personal, la vida familiar o los intereses propios en nombre del trabajo, termina desconectando a las personas de su propósito. El verdadero impacto de un liderazgo no se mide solo por lo que logra, sino también por la huella humana que deja en quienes lo rodean.

Reconocer estas trampas y empezar a desmontarlas es una forma poderosa de fortalecer el ejercicio de la dirección escolar. Hacerlo no solo mejora la experiencia personal de quienes lideran, sino que también transforma la cultura institucional, favorece mejores relaciones laborales y crea ambientes más sanos para aprender y convivir.

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