¿Hasta dónde llega la responsabilidad docente?

La escuela debe ser un espacio seguro no solo para los estudiantes, sino también para quienes enseñan. Sin condiciones mínimas de certeza jurídica, la educación se debilita. Philippe Meirieu

El caso del maestro Esteban, en Mexicali, ha estremecido al magisterio nacional. Se trata de un docente con más de 25 años de servicio que hoy enfrenta una condena por omisión de cuidados tras la muerte de un alumno que sufrió una caída jugando fútbol dentro del plantel escolar. 

Lo que duele no es solo la tragedia de perder a un niño, sino el hecho de que, pese a haber actuado conforme a los protocolos establecidos, el maestro haya sido responsabilizado legalmente. Las evidencias apuntan a que Esteban atendió la situación como correspondía: auxilió al menor, notificó a los padres, acompañó el proceso médico y se mantuvo presente. Sin embargo, esto no fue suficiente para evitar una sentencia que pone en duda no solo su libertad, sino el sentido mismo de justicia hacia quienes dedican su vida a la educación.

La historia remueve nuevamente las entrañas de una profesión que, día a día, entrega todo por los alumnos, pero que también se enfrenta a riesgos invisibles. ¿Hasta qué punto recae sobre un maestro la responsabilidad de lo que sucede dentro de la escuela, incluso fuera del horario oficial de clases? ¿Qué margen existe para el error humano, para los imprevistos, para aquello que escapa a cualquier previsión? Lo más preocupante no es solo la sentencia en sí, sino el mensaje que deja: incluso haciendo lo correcto, incluso actuando con diligencia, el personal docente pueden ser penalizados. Este hecho no solo vulnera al maestro en cuestión, sino que siembra miedo entre quienes educan. ¿Quién querrá asumir responsabilidades cuando sabe que una desgracia podría convertirse en una condena?

El caso de Esteban no es aislado. Hace apenas unos meses, en Querétaro, la maestra Tere fue detenida injustamente por supuestos malos tratos, en un proceso marcado por irregularidades. Ambos casos revelan un patrón doloroso: la criminalización de la función docente, la facilidad con la que se les acusa sin pruebas contundentes y la ausencia de protocolos que los respalden ante situaciones críticas. En una época donde se demanda tanto del personal docente —que sean guías, mediadores, cuidadores, consejeros— resulta paradójico que, cuando más necesitan del respaldo institucional, se les deje solos.

La tragedia de un alumno nunca debe tomarse a la ligera. Pero el dolor no puede traducirse en castigos ejemplares sin base ni análisis justo. Necesitamos con urgencia protocolos claros y específicos de actuación legal que delimiten responsabilidades en situaciones de emergencia al interior de los centros escolares. No es justo que se espere que los maestros actúen como médicos, abogados o rescatistas, sin contar con la formación, recursos ni respaldo institucional para ello. La educación no puede seguir avanzando sobre la base del sacrificio desmedido y el abandono legal de quienes la sostienen.

Hoy más que nunca se requiere que el Estado, las autoridades educativas así como la Organización Sindical revisen este tipo de circunstancias y se abone en la construcción de un andamiaje jurídico que se ubique en este tipo de circunstancias al interior de los centros educativos. No se trata de eximir a nadie de responsabilidades reales, sino de reconocer que existen circunstancias comunes que se comparten a lo largo y ancho del país, en donde un maestro que actúa conforme a su deber debe ser protegido, no perseguido. Porque mientras eso no ocurra, cada maestro que entra a un aula lo hará con la sombra de la incertidumbre sobre su cabeza. Y una escuela donde reina el miedo, difícilmente puede ser un lugar seguro para aprender. Justicia para Esteban no es solo justicia para uno. Es justicia para todos los que, con vocación y humanidad, enseñan con el corazón. Porque la educación es el camino…

Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann

Docente y Abogado. Doctor en Gerencia Pública y Política Social

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manuelnavarrow@gmail.com

El error como aprendizaje

Quienes ejercen funciones directivas en los centros escolares enfrentan diariamente el reto de acompañar procesos de aprendizaje que no solo implican dominar contenidos académicos, sino también crear condiciones humanas, emocionales y pedagógicas que favorezcan el crecimiento integral de toda la comunidad educativa. En este contexto, uno de los elementos más poderosos para transformar las prácticas en las escuelas es la actitud que se asume frente al error.

Como lo señala Stenhouse (1987), aprender del error requiere humildad y apertura, pero también un entorno que promueva la reflexión como herramienta de transformación. Esto cobra especial relevancia en el ámbito directivo, ya que no basta con exigir resultados o implementar cambios sin considerar las condiciones humanas que los rodean. Se vuelve fundamental construir espacios en los que el error no se castigue, sino que se analice, se dialogue y se convierta en una oportunidad para avanzar.

Desde esta mirada, el papel del liderazgo escolar se orienta hacia el fortalecimiento del trabajo colaborativo, la mejora del clima escolar y el impulso de relaciones más horizontales entre quienes conforman la comunidad. Un entorno directivo que valora la reflexión por encima de la perfección fomenta la confianza, la participación activa del personal docente, y con ello, la mejora del ambiente de aprendizaje de niñas, niños y adolescentes.

En última instancia, comprender y asumir esta perspectiva transforma la forma en que se lideran los centros escolares: ya no desde la búsqueda de controlar todo, sino desde el compromiso de construir colectivamente mejores condiciones para aprender, enseñar y convivir.

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Acompañar al docente: clave para un mejor clima escolar

 La labor docente es una de las tareas más complejas dentro de los centros escolares. Enseñar no es un acto mecánico ni rutinario, sino una práctica profundamente humana que exige sensibilidad, conocimiento, compromiso y, sobre todo, acompañamiento respetuoso por parte de quienes tienen una función directiva.

Michael Fullan (2007) nos recuerda que acompañar al docente implica reconocer la complejidad de su tarea y ofrecer apoyo genuino, no juicio. Este planteamiento, lejos de ser una consigna teórica, se convierte en una guía esencial para quienes ejercen liderazgo en las escuelas. Brindar apoyo al profesorado desde una mirada empática y comprometida no solo fortalece el ejercicio de la función directiva, sino que impacta positivamente en el trabajo en equipo, mejora el clima escolar y genera relaciones laborales más saludables y colaborativas.

Cuando las y los directivos asumen el acompañamiento como parte de su quehacer cotidiano, se fomenta un ambiente en el que se valora la mejora continua, se promueve la reflexión conjunta y se construyen puentes de diálogo entre todos los actores educativos. Esto no solo beneficia al personal docente, sino que incide directamente en la creación de entornos más cálidos, seguros y propicios para el aprendizaje de niñas, niños y adolescentes.

Una dirección escolar que acompaña y no fiscaliza, que escucha antes de señalar, y que construye junto con su equipo de trabajo, es una dirección que transforma. Por eso, conocer, reflexionar y actuar con base en esta premisa resulta clave para quienes ya dirigen, están por asumir el rol directivo o aspiran a hacerlo. Porque en la educación, el acompañamiento verdadero no es un lujo, sino una necesidad.

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La evaluación formativa. Un proceso profundo

“La evaluación no debe limitarse a registrar resultados, sino a comprender procesos; su finalidad no es sancionar, sino transformar la enseñanza”. Ángel Díaz Barriga

En cada rincón del país, las escuelas se erigen no solo como espacios de enseñanza, sino como escenarios vivos donde se construye día a día el tejido más fino del desarrollo humano. Aunque muchas veces invisibilizado, el trabajo que se realiza en estos centros escolares es monumental. Las maestras, los maestros y el personal educativo no solo cumplen con planes de estudio, sino que forjan posibilidades. 

Uno de los cambios más significativos y urgentes que vive la educación en México tiene que ver con la forma en que se concibe y se practica la evaluación del aprendizaje. Durante décadas, se operó bajo una lógica numérica, mecanicista, que redujo el esfuerzo de niñas, niños y adolescentes a una calificación, vender planeaciones y exámenes ya elaborados, a un promedio, a una etiqueta. Esa mirada fragmentaria deja de lado los procesos, las emociones, los avances individuales, los contextos culturales y las diversas formas de aprender.

Hoy, sin embargo, en muchas escuelas se respira otro aire. Una transformación profunda está en marcha. Una que propone una evaluación distinta: humana, cercana, constante, dialogada. Una evaluación que no se limita a señalar aciertos o errores, sino que entiende el error como una oportunidad de crecimiento. Que no mide solamente cuánto se sabe, sino cómo se aprende, cómo se construyen significados, cómo se vincula lo aprendido con la vida.

Esta nueva manera de evaluar no es una moda pedagógica ni un simple ajuste técnico. Es, en realidad, el eje de una transformación educativa con rostro humano. Se trata de una evaluación formativa, una práctica profesional que requiere observar con atención, escuchar con respeto, interpretar con criterio y actuar con ética. Implica construir junto con sus estudiantes un camino que permita reconocer sus avances, identificar sus retos y encontrar nuevas formas de enfrentarlos.

La evaluación formativa es una forma de confianza. En que cada estudiante puede mejorar si se le acompaña con herramientas pertinentes. En que el proceso vale tanto como el resultado. En que el aprendizaje no es una línea recta ni un estándar universal, sino una trayectoria única y valiosa.

Pero esta transformación no ocurre sola. Está sostenida por la formación, la experiencia y el compromiso de las y los docentes. Quienes, desde su conocimiento pedagógico y desde el análisis cotidiano de lo que ocurre en el aula, diseñan nuevas formas de enseñar, retroalimentar y acompañar. Quienes entienden que evaluar no es calificar, sino intervenir pedagógicamente para abrir nuevas puertas al aprendizaje.

También es un cambio que se construye colectivamente. En los espacios de diálogo profesional como los Consejos Técnicos Escolares, se intenta encontrar un espacio vital para reflexionar, compartir estrategias, discutir avances y consolidar una cultura de mejora continua. Se busca una nueva ética pedagógica: la que pone en el centro no el producto, sino el proceso; no el número, sino la experiencia; no la sanción, sino el acompañamiento.

Este cambio, sin duda, es uno de los más trascendentes del presente educativo. Porque una evaluación justa, situada, pertinente y formativa no sólo transforma la manera de enseñar: transforma la manera de mirar a las y los estudiantes, de reconocer su diversidad, de dignificar su esfuerzo, y de construir esperanza desde la escuela.

A quienes aún observan la educación desde fuera, vale la pena recordarles que lo que ocurre en las aulas no es repetición ni rutina. Es transformación en marcha. Es resistencia creativa frente a las inercias. Es una apuesta por la justicia desde lo más esencial: el aprendizaje. Porque la educación es el camino…

Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann

Docente y Abogado. Doctor en Gerencia Pública y Política Social

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El Aprendizaje Basado en Problemas

«El Aprendizaje Basado en Problemas permite que los estudiantes construyan activamente su conocimiento a partir de situaciones auténticas, desarrollando habilidades cognitivas, sociales y afectivas.» — Savery, J. R., & Duffy, T. M.

En el día a día de los centros educativos, se despliegan prácticas pedagógicas complejas, innovadoras y profundamente transformadoras que muchas veces no son percibidas por quienes se encuentran fuera del entorno escolar. Una de estas prácticas es el Aprendizaje Basado en Problemas (ABP), una metodología que no solo favorece la adquisición de conocimientos, sino que potencia el pensamiento crítico, la colaboración, la creatividad y la construcción colectiva del saber.

Esta metodología no es improvisada ni arbitraria. Se fundamenta en un profundo conocimiento didáctico que el personal docente despliega a lo largo de seis momentos articulados que dan estructura al proceso. Desde una primera etapa de sensibilización donde se reflexiona sobre el contenido desde una mirada individual y colectiva, hasta la organización final de hallazgos y acuerdos, el ABP propone una ruta formativa rigurosa y creativa, que permite a los estudiantes adquirir conocimientos de forma significativa. En este sentido, el profesorado actúa como guía, facilitador y mediador, creando ambientes propicios para el pensamiento crítico, la autonomía y el trabajo colaborativo.

El esfuerzo que implica implementar este tipo de metodologías exige del personal docente una preparación constante y una sensibilidad profunda hacia las dinámicas del aula. No se trata solo de aplicar una técnica, sino de leer con atención los intereses del grupo, seleccionar los recursos pertinentes, articular objetivos de aprendizaje con problemas reales y acompañar el desarrollo de las habilidades investigativas. Todo ello requiere de un alto nivel de profesionalismo, experiencia y una vocación formativa que muchas veces escapa a los estereotipos que simplifican la labor docente.

Resulta necesario destacar que este tipo de enfoques pedagógicos no solo favorece el aprendizaje de contenidos curriculares, sino que también promueve habilidades esenciales para la vida en sociedad: aprender a escuchar, a negociar, a proponer, a colaborar, a organizar la información y a construir consensos. Así, mientras se desarrolla una secuencia didáctica basada en problemas, también se está educando para la ciudadanía, para el pensamiento ético y para la resolución creativa de conflictos.

En un contexto en el que las exigencias educativas son cada vez más complejas y donde las problemáticas sociales, emocionales y culturales de los estudiantes atraviesan el aula, reconocer y valorar estas herramientas pedagógicas es un acto de justicia hacia el trabajo docente. Los centros escolares no son espacios de simple instrucción, sino laboratorios vivos de conocimiento, en donde cada estrategia como el ABP se convierte en una oportunidad para transformar la experiencia educativa en una vivencia significativa.Por ello, resulta fundamental que la sociedad reconozca el valor de estas metodologías y del trabajo que se realiza en las aulas. Lo que ocurre al interior de las escuelas no es solo la transmisión de conocimientos, sino la construcción de ciudadanías críticas, responsables y comprometidas. Cada problema abordado desde esta metodología es una oportunidad para sembrar en las y los estudiantes una actitud transformadora frente al mundo. Y detrás de cada una de esas oportunidades, hay una maestra o un maestro que, con sabiduría y compromiso, lo hizo posible. Porque la educación es el camino….

Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann

Docente y Abogado. Doctor en Gerencia Pública y Política Social

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📌 La importancia de vivir el presente para fortalecer el liderazgo escolar

En la vida escolar, quienes ejercen la función directiva se enfrentan constantemente a decisiones que requieren equilibrio emocional, pensamiento claro y capacidad para generar vínculos saludables. En muchas ocasiones, el estrés y la ansiedad surgen cuando la atención se centra demasiado en errores del pasado o en preocupaciones excesivas por el futuro. Esta actitud no solo impacta el bienestar de quien dirige, sino que también influye de forma directa en el ambiente escolar y, por ende, en los procesos de aprendizaje.

Thich Nhat Hanh, maestro zen y defensor de la atención plena, nos recuerda que la clave para manejar el estrés es regresar al momento presente con calma y claridad. Esta enseñanza es particularmente valiosa para quienes tienen bajo su responsabilidad la conducción de una comunidad educativa. Estar presentes permite no solo tomar decisiones más acertadas, sino también escuchar con mayor empatía, atender con mayor profundidad y relacionarse de forma más humana con cada miembro del colectivo escolar.

Cuando una directora o director logra habitar el presente con serenidad, se favorece el fortalecimiento del trabajo colegiado, se mejora el clima escolar y se generan condiciones más saludables para el diálogo y la resolución de conflictos. Esto, a su vez, repercute en mejores relaciones laborales entre el personal docente, administrativo y de apoyo, generando un entorno más armónico que favorece el aprendizaje de las niñas, niños y adolescentes.

Vivir el presente no es una frase vacía. Es una práctica que puede transformar los espacios escolares en comunidades más humanas, conscientes y comprometidas. Porque una dirección serena, empática y presente, es el inicio de una escuela más justa, más amable y más significativa para todos.

🟠 Si te resultó útil esta reflexión, compártela. Fortalecer el liderazgo desde el interior es también construir escuelas más humanas.

Cincuenta años de historia viva

“La escuela pública no solo educa, también construye ciudadanía, cohesiona comunidades y da sentido a la vida colectiva.” Emilio Tenti Fanfani

Como millones en este país, soy producto de la escuela pública. En ella no solo aprendimos a leer y escribir, sino también a soñar, a respetar, a convivir y a construir comunidad. Recuerdo con claridad mis primeros años en la escuela primaria Ángel Castellanos, en la Colonia Rosario. Aquel trayecto diario, largo pero con afecto, era posible gracias a mi madrina, la Maestra Blanca Olivia García, quien además fue mi primera guía académica y emocional que hasta la fecha agradezco. 

Poco después, me inscribieron en la primaria Ángel Trías, en mi colonia, ubicada entonces en un edificio provisional frente a la Facultad de Derecho de la UACH sobre la Avenida Universidad. Hay sucesos que marcan nuestras vidas y son imborrables, ese fue uno de ellos. Todavía hoy puedo cerrar los ojos y revivir con nitidez ese día en que nuestras maestras nos formaron y, caminando nos condujeron hacia lo que sería nuestra “escuela nueva”. Ese breve pero emocionante recorrido de apenas seis cuadras fue suficiente para marcar un antes y un después. Aquel edificio, aún modesto, pero completamente nuevo, se convirtió en el escenario de una de las etapas más formativas y felices de mi vida.

Ahí, en esa escuela que luego adoptaría con orgullo el nombre del ilustre educador chihuahuense “Luis Urías Belderráin”, nos sentamos por primera vez en pupitres intactos, tocamos la superficie tersa de aquellos mesabancos binarios, olía el yeso fresco, barniz reciente y pizarrones nuevos. Todo olía a futuro. No éramos conscientes entonces, pero estábamos presenciando el nacimiento de una institución que, con el tiempo, transformaría la vida de miles de familias. Mis hermanos, amigos de la infancia, sus hijos y los míos… todos pasamos por esas aulas. 

Conservo el nombre de muchas maestras que sembraron vocación y conocimiento con enorme dignidad: Laura, Julieta, Mirna… y por supuesto, la directora de aquella época, la Maestra Ma. Elisa Yáñez, de carácter firme pero de trato noble, cuya huella es indeleble en la memoria de muchas generaciones. Recuerdo con especial emoción cómo, en sexto grado, bajo la guía de la Maestra de música Licha y su enorme acordeón, con nuestra escuela ganamos el concurso municipal y estatal de canto coral y ganamos el primer lugar en el certamen nacional como base de los “Niños Cantores de Chihuahua”.

Volví años después a esas mismas aulas como docente en formación, para realizar mis prácticas profesionales y valorar aún más a quienes han hecho de esta escuela un referente de calidad: maestras comprometidas, padres y madres de familia participativos, niñas y niños dispuestos a aprender, algunos incluso en medio de carencias. También volví como padre, y tuve el honor de ser representante de grupo con la Maestra Gaby, organizando enchiladas para la kermesse, y participando en las tareas de mantenimiento y apoyo.

Hoy, con motivo del cincuentenario de la Escuela Primaria “Luis Urías Belderráin” No. 2005, no solo conmemoramos un aniversario: celebramos una historia viva, un crisol de aprendizajes, valores y comunidad. Bajo la atinada conducción de su actual directora, la Maestra Alicia Hernández, la escuela sigue siendo una institución pública ejemplar, de alta demanda en la ciudad. Su legado se construye día a día, en silencio, en cada clase, en cada recreo, en cada esfuerzo compartido.

En México existen miles de escuelas como esta, que han sido pilares de desarrollo individual y colectivo. Son instituciones que, lejos del reflector mediático, sostienen el presente y construyen el porvenir. Por eso, celebrar 50 años de vida escolar no es un acto nostálgico, sino una afirmación de futuro. ¡Felicidades!. Porque la educación es el futuro…

Docente y Abogado.

Doctor en Gerencia Pública y Política Social

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Dirección para el futuro

En el ejercicio de la función directiva dentro de los centros escolares, uno de los desafíos más constantes es el equilibrio entre atender lo inmediato y, al mismo tiempo, mantener la mirada puesta en aquello que aún no ha ocurrido, pero que es deseable construir. En este sentido, resulta sumamente reveladora la afirmación de Ronald Heifetz, quien expresa que “el liderazgo es una conversación constante entre el presente y el futuro”. Esta idea nos invita a comprender que liderar no se trata solo de resolver los problemas del día a día, sino también de proyectar, imaginar y construir escenarios que favorezcan el bienestar integral de nuestras comunidades escolares.

Cuando una persona directora asume su rol desde esta conciencia, es capaz de propiciar condiciones para el fortalecimiento del trabajo colaborativo entre docentes, personal administrativo, estudiantes y familias. De esta forma, se genera una sinergia que no solo permite atender con mayor sensibilidad y acierto los desafíos cotidianos, sino que también allana el camino hacia transformaciones más profundas y sostenidas. El liderazgo entendido así, como un diálogo entre lo que se es y lo que se aspira a ser, permite avanzar hacia la mejora del clima escolar, la construcción de relaciones laborales más sanas y respetuosas, y, en consecuencia, la creación de ambientes de aprendizaje mucho más favorables para niñas, niños y adolescentes.

Quienes ocupan cargos directivos deben recordar que su labor tiene una dimensión ética, pedagógica y humana que impacta directamente en la manera en que se vive la escuela. Dirigir una institución educativa no es solo una tarea técnica, sino una responsabilidad profundamente vinculada con la esperanza. Una esperanza que se encarna en cada estrategia de acompañamiento docente, en cada espacio de escucha a las y los estudiantes, en cada esfuerzo por construir una comunidad que sepa convivir, aprender y crecer junta.

Por ello, este llamado a mantener abierta la conversación entre el presente y el futuro no es menor. Es una invitación a reflexionar, a repensar y a actuar desde la convicción de que la escuela puede ser un espacio de transformación social si quienes la dirigen asumen con claridad y compromiso su papel como promotores de un horizonte más justo, más humano y más pleno para todas y todos.

Espacio, poder y género en las escuelas

“La escuela transmite y legitima una cultura dominante a través de prácticas invisibles que perpetúan las desigualdades.” – Bourdieu, P. y Passeron, J.C.

En pocas ocasiones nos detenemos a ver como lo que sucede al interior de los centros educativos es, tanto un reflejo de lo que se advierte al interior de los hogares, cómo el efecto que tiene por la manera en que, en forma aparentemente inocente e inadvertida, se desarrolla la configuración de espacios de apropiación que toman al moverse las niñas, niños y adolescentes en los patios de recreo y espacios escolares.

Cada día, miles de niñas, niños y adolescentes transitan los espacios de los centros escolares, sin que nos detengamos a pensar en cómo estos entornos físicos también educan y modelan conductas, valores y percepciones sobre el mundo y sobre sí mismos. Los patios escolares, por ejemplo, lejos de ser simples lugares de recreo, funcionan como escenarios donde se reflejan y reproducen patrones sociales profundamente arraigados. Al observar cómo se distribuyen en ellos los cuerpos, cómo se ocupan los espacios y quiénes acceden al centro o se mantienen en los márgenes, podemos advertir dinámicas que perpetúan desigualdades y, sin proponérselo, refuerzan roles de género que luego se trasladan a otros ámbitos de la vida social.

Es común encontrar que los niños tienden a ocupar el centro del patio, dominando las zonas de mayor visibilidad y movimiento, mientras que las niñas se desplazan en los bordes, en espacios secundarios o menos dinámicos. Esta distribución espacial no es trivial. Habla de cómo se internalizan desde edades tempranas las jerarquías de poder, la apropiación del espacio público, la visibilidad y el protagonismo. Lo que parece una elección libre es, muchas veces, resultado de una estructura que ha sido pensada desde una mirada poco sensible a la equidad, que no se ha cuestionado el valor simbólico y funcional de cada rincón del entorno escolar.

Al permitir y no cuestionar estas ocupaciones desiguales, se siembran semillas que germinan en relaciones de pareja marcadas por el control, la invisibilización o la sumisión, en ambientes laborales donde algunas voces tienen más peso que otras, en vínculos sociales donde la presencia de unas y otros no tiene el mismo valor ni genera las mismas posibilidades. De ahí que visibilizar esta realidad sea el primer paso hacia la transformación. No se trata únicamente de rediseñar los patios, sino de rediseñar nuestras prácticas, nuestras formas de mirar y de intervenir en lo cotidiano, para que todos y todas tengan acceso equitativo a los espacios y a lo que estos simbolizan: la oportunidad de jugar, convivir, aprender y expresarse con libertad.

Incorporar esta perspectiva en el diseño escolar no es una tarea menor. Implica voluntad institucional, formación docente con enfoque de género, participación de la comunidad educativa y sobre todo, una sensibilidad social que nos permita entender que la equidad comienza en los detalles. Reconfigurar el uso de los espacios no solo mejora el ambiente escolar, sino que incide en la construcción de una sociedad más justa, en donde hombres y mujeres puedan establecer relaciones más sanas, basadas en el respeto, la corresponsabilidad y el reconocimiento mutuo.

Conscientes de ello, es momento de pasar de la observación a la acción. No basta con notar la desigualdad; hay que intervenir sobre ella. Redistribuir espacios, promover juegos inclusivos, diversificar las actividades, revisar las normas implícitas del recreo y, sobre todo, dialogar con niñas y niños para hacerlos parte de una transformación que les pertenece. Así, el patio escolar puede convertirse en un verdadero laboratorio de equidad y convivencia democrática, sembrando desde la infancia las bases de una sociedad más armoniosa y respetuosa. Porque la educación es el camino…

Dr. Manuel Alberto Navarro Weckmann

Docente y Licenciado en Derecho.

Doctor en Gerencia Pública y Política Social

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