«Los abuelos son un deleite para los niños y un abuelo es un niño deleitado.» Gene Perret
Desde la perspectiva de los recuerdos de la infancia, mis abuelos siempre han sido torres inquebrantables, pilares fundamentales que cimentaron mi ser. Aunque fueron distintos entre sí, cada uno dejó huellas indelebles en mi alma y en mi historia.
Mis abuelos maternos, fruto de una historia que entrelaza mundos y tiempos distintos: él, con raíces alemanas y una estampa majestuosa, talló su vida en las tierras chihuahuenses, surcando esperanzas y esperando la caricia de la lluvia. Ella, con un espíritu indomable a pesar de las adversidades de la salud, me mostró que el amor y la fortaleza van de la mano. Los paisajes de las Cruces en Namiquipa y sus rincones se pintan con los colores de mi niñez, y evocan imágenes de primos jugando, de días laboriosos y de sonrisas compartidas.
Del lado paterno, abuelos que superaban la cincuentena cuando unieron nuestras familias, pero cuyo carácter y vivacidad trascienden el tiempo. Mi abuelo, con manos artesanas que transformaban la madera en arte y un porte que inspiraba respeto; y mi abuela, con la sabiduría de la enseñanza y el amor por el hogar, han dejado eco en rincones de Jiménez, Juárez y en los espacios de mi memoria. Sus risas, sus historias y sus enseñanzas se convierten en el himno de mi recuerdo.
Más allá de lo que pude aprender de ellos, lo que verdaderamente atesoro es el legado inmaterial que dejaron en mí: valores, principios y, sobre todo, un amor inmenso. En mi corazón, mantengo viva la gratitud y el amor que siento por Teresa, Julio, Rafael y Josefa. Aunque ya descansan en el sueño eterno, su esencia sigue vibrando en cada uno de mis pasos.
Hoy, y siempre, les envío un susurro lleno de cariño, amor y agradecimiento que se eleva hasta el cielo. Con sus enseñanzas, sigo forjando el camino, esperando que mis hijos también hereden esa chispa eterna que ustedes me regalaron. Gracias, mis queridos abuelos, por ser faros luminosos en mi vida.
Con mucho cariño… Meny…