“Quienes aprovechan más oportunidades en línea, no menos, son también quienes encuentran más riesgos asociados con el uso de Internet”—Sonia Livingstone (2007)
El pasado mes de marzo, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE, publicó el documento Growing up in the social media age, dedicado a la juventud en las redes sociales. El estudio, elaborado por Hanna Pawelec y Molly Lesher, con aportaciones de Angela Attrey, obliga a abandonar dos simplificaciones frecuentes: pensar que las redes sociales son, por sí mismas, enemigas del aprendizaje, o suponer que su uso carece de consecuencias. Los hallazgos muestran una relación más compleja. Entre adolescentes de 15 años, el uso es prácticamente universal y alcanza, en promedio, cerca de 35 horas semanales, más tiempo que el destinado a las clases regulares o a las tareas. Sin embargo, no todo uso produce los mismos efectos: la navegación moderada se asocia con mejores resultados académicos y con mayor pensamiento creativo, mientras que el uso intensivo, especialmente por encima de tres horas diarias, coincide con descensos sostenidos en matemáticas, lectura, ciencias y creatividad.
Las rutas explicativas no conducen a una sola causa. El tiempo de exposición puede desplazar el estudio, fragmentar la atención, alterar el sueño o amplificar la comparación social, el ciberacoso y la percepción negativa del propio cuerpo. Pero también puede ampliar el acceso a información, favorecer la expresión creativa y sostener vínculos. Incluso se observa que quienes conviven más con sus amistades también usan más redes, lo que cuestiona la idea de que lo digital siempre sustituye lo presencial. A la vez, quienes se sienten solos en la escuela tienden a conectarse más, quizá como refugio, aunque esa práctica puede reforzar su aislamiento. El género, la condición socioeconómica, la integración escolar, el acompañamiento familiar y las vulnerabilidades previas modifican los efectos; por ello, las correlaciones no deben confundirse con causalidad.
Para México, el reto no puede reducirse a prohibir teléfonos. Las restricciones escolares muestran problemas de cumplimiento y un efecto limitado sobre el tiempo total de conexión. La cuestión de fondo es educativa, familiar, regulatoria y cultural: ¿estamos enseñando a niñas, niños y adolescentes a gestionar su atención, reconocer contenidos dañinos y construir criterios propios? ¿existe la capacitación adecuada para que las escuelas cuenten con una alfabetización digital que incluya bienestar, privacidad, convivencia y pensamiento crítico? ¿Las familias poseen tiempo y herramientas para acompañar sin vigilar de manera invasiva? ¿Las plataformas asumen responsabilidades proporcionales al poder que ejercen sobre la vida juvenil? Y, sobre todo, ¿queremos formar usuarios obedientes o ciudadanos digitales capaces de decidir con libertad, cuidado y responsabilidad? Porque la educación es el camino…
